Los años de plomo del terrorismo Europeo y el caso Español

Autor:Florencio Domínguez
Cargo del Autor:Vascopress
Páginas:175-194

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El final de la década de los setenta supone en Europa el fin de los "años románticos del terrorismo"1y el comienzo de una edad de plomo y sangre que poco tenía que ver con las utopías del 68 en las que habían tenido su origen muchos de los grupos armados.

Un decenio antes, los dirigentes políticos de Europa y Estados Unidos habían contemplado sorprendidos las revueltas estudiantiles a través de las cuales los hijos de las clases medias cuestionaban el modelo de sociedad que habían levantado sus padres después de la II Guerra Mundial, un modelo de sociedad que hasta ese momento había funcionado con eficiencia proporcionando un amplio crecimiento económico, haciendo del consumo un fenómeno de masas, aportando un grado considerable de bienestar social, abriendo las puertas de los centros educativos a muchos jóvenes, etc.

Los principales beneficiados de esa sociedad, sin embargo, se alzaron en los campus universitarios en nombre de utopías reformadoras o revolucionarias. El movimiento nacido en los centros de estudios cuestionaba el sistema político establecido, pero cuestionaba también a los opositores oficiales a ese sistema, a los sindicatos de izquierda, a los partidos comunistas y socialistas que ejercían la oposición parlamentaria. La revuelta juvenil re-

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presentaba la contestación en el terreno político, pero también pretendía serlo en el cultural, en el social, el laboral o, incluso, el sexual.

Para algunos de los protagonistas o de los que recibieron la influencia de las utopías del 68, el juego político dejó de tener ese carácter lúdico evolucionando hacia algo más dramático. Así, señala Michel Wieviorka, para las sociedades occidentales "el terrorismo de tipo alemán, italiano, japonés y, de forma más tardía, el francés (Acción Directa) o el belga (Células Comunistas Combatientes) aparece como producto de la renovación cultural de los años 60 y de la crisis del marxismo-leninismo tradicional"2.

Tras la experiencia del 68, importantes sectores de la juventud europea, marcada por la oposición a la guerra del Vietnam y, por extensión, al imperialismo norteamericano, quedaron convencidos de la falta de operatividad de la izquierda tradicional para llevar adelante una estrategia revolucionaria auténtica y buscaron fórmulas organizativas nuevas.

Uno de los primeros dirigentes de las Brigadas Rojas, Alberto Franceschini, relata esta ruptura con la izquierda tradicional: "La historia de muchos militantes, mi propia historia personal y la de muchos compañeros, es la de una larga militancia en el PC, que se escinden del PC tras las luchas del 68 y 69. Se escinden porque no están de acuerdo con la línea reformista del PC".3La ruptura con las formaciones políticas de la izquierda tradicional es la primera quiebra derivada del 68, pero no la única. El fracaso de los años de agitación estudiantil lleva a algunos grupos a poner en cuestión los procedimientos de movilización pacífica, por muy radicales que éstos sean, y a teorizar de forma casi reverencial sobre el "uso científico de la violencia"4 como instrumento para crear una nueva situación política.

El Grupo Baader-Meinhoff apela constantemente al fracaso de los procedimientos pacíficos en el Mayo del 68 para justificar la necesidad de las armas: "En la revolución del Mayo francés, un partido revolucionario organizado a nivel nacional probablemente hubiera podido prolongar la huelga por espacio de algunas semanas más (en el mejor de los casos) ¿Y qué? Incluso en el caso de que comités de trabajadores hubieran organizado la pro-

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ducción conforme a las necesidades del proletariado, con esto no se les habría escapado de las manos a los señores el aparato represivo de la política y del Ejército"5.

El mismo grupo apostilla su argumentación señalando que "durante los acontecimientos del Mayo francés de 1968, el general Massu estaba ya dispuesto a iniciar la fase militar de la lucha de clases. Sus unidades blindadas marchaban, con el aplauso de la prensa burguesa, hacia París"6.

La creencia de que no era posible llevar a cabo la revolución sin el recur-so a la violencia se vio reforzada por la influencia de las doctrinas maoístas sobre la toma del poder mediante las armas y por acontecimientos como el golpe de Estado de Pinochet en Chile que acabó por la fuerza con la experiencia revolucionaria capitaneada por Salvador Allende.

La existencia en algunos países como Italia de terrorismo ultraderechista o "negro" contribuyó a reforzar las posturas de quienes propugnaban responder a las armas con las armas poniendo en marcha un mecanismo de retroalimentación entre los extremismos de un signo y otro.

Al lado de estas influencias, los sectores radicalizados europeos de finales de los sesenta y principios de los setenta se encontraron con ejemplos de revoluciones recientes puestas en marcha por la vía de las armas, como en Cuba o Argelia, o con organizaciones que desarrollaban teorías y prácticas atrayentes, como los tupamaros en Uruguay o los seguidores de Carlos Marighela en Brasil.

En este ambiente político florecieron a principios de los setenta en Europa una serie de grupos terroristas revolucionarios7que alcanzaron su madurez organizativa y activista a finales de esa década para iniciar su declive a mediados del siguiente decenio.

Coincidiendo con la aparición en el escenario político de estos grupos revolucionarios se registra una nueva dimensión violenta de grupos arma-

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dos de corte nacionalista preexistentes, como es el caso del IRA y de ETA. Estos grupos van a verse influidos también en cierta medida por los mismos factores ideológicos y políticos que los grupos revolucionarios, especial-mente en la imitación de tácticas y estrategias.

Aunque son muchos los grupos aparecidos con voluntad de recurrir a la violencia -en Italia se cuentan por centenares las siglas de este tipo-, en cada país aparece un grupo dominante que se convierte en la referencia principal. En Italia son las Brigadas Rojas, en Alemania la RAF, en Francia Acción Directa. Estos y otros grupos menores -como las Células Comunistas Combatientes, de Bélgica, Primera Línea, de Italia, el Grapo, de España, las Fuerzas Populares 25 de Abril, de Portugal, etc.- caracterizaron toda una época en el continente europeo. A veces con vínculos entre sí -se llegó a hablar de euroterrorismo-, otras veces con vínculos con organizaciones pales-tinas o con servicios secretos de terceros países, la actuación de estos grupos no dejó a salvo un solo país europeo.

Con mayor o menor intensidad, todos estos grupos dejaron un reguero de sangre a su paso y alteraron la vida democrática sometiéndola a fuertes tensiones. Los gobiernos se vieron obligados a adoptar medidas extraordinarias en el ámbito policial o legal para hacer frente al desafío terrorista. El resultado de ese enfrentamiento fue el paulatino reflujo de la violencia y la derrota de la mayoría de los grupos, aunque con ocasionales rebrotes de poca importancia

El final de estos grupos terroristas, en ocasiones, ha pasado casi desapercibido para los ojos del gran público. En el momento de la derrota no han tenido el eco que lograron en sus horas de máximo protagonismo.

El caso de Alemania

De la agitación estudiantil alemana nace a principios de los setenta el Movimiento 2 de Junio que en 1980 se fusionará con otra organización, la Fracción del Ejército Rojo (RAF), creada en 1970. Un tercer grupo en discordia, las Células Revolucionarias nacen en esos mismos años con una ideología internacionalista y anticapitalista que lleva a algunos de sus miembros a colaborar con grupos palestinos en diversos atentados8.

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En la aparición de estos grupos influye poderosamente un sentimiento antinorteamericano por la guerra de Indochina y por la presencia de bases y tropas de EEUU en territorio alemán, así como una rebelión contra la generación de los padres que permaneció en silencio ante el ascenso del nazismo, cuando no cooperó con él. Los principales dirigentes de la RAF o banda Baader Meinhof son encarcelados en 1972, a pesar de lo cual el grupo continuará con sus atentados.

"El punto culminante de las actividades criminales de la RAF se alcanza en 1977", señala Jorchen9. Ese año la Rote Armee Fraktion lleva a cabo una ofensiva terrorista que incluye los asesinatos del fiscal general Siegfried Bubak, del banquero Juergen Ponto y el secuestro y posterior asesinato del empresario Hans-Martin Schleyer tras matar a sus cuatro guardaespaldas. Además, tres destacados miembros de la primera generación, Andreas Baader, Gudrum Ensslin y Jean Carl Raspe, aparecen muertos en prisión, al igual que había ocurrido un año antes con la líder del grupo Ulrike Meinhof.

Tras el dramatismo del 77, la RAF conoce varios periodos de flujos y reflujos. Reaparece con cierta fuerza en los años 1979, 1980 y 1981, con espectaculares atentados contra mandos o instalaciones de la OTAN, y desaparece nuevamente en los tres años siguientes, para volver a resurgir en 1985 y 1986 con nuevos atentados contra la OTAN o dirigentes empresariales ale-manes. La revitalización de mediados de los ochenta va acompañada del estrechamiento de lazos con otros grupos terroristas europeos como Acción Directa, en Francia, las Células Comunistas Combatientes, en Bélgica, o el GRAPO, en España.

El derrumbamiento del bloque soviético, con la reunificación alemana de 1990, supone no sólo la pérdida de las referencias ideológicas, sino también el final de los apoyos materiales que recibían los activistas. Pocos meses antes de que se produzca la reunificación de las dos Alemanias, en la todavía República Democrática son detenidos diez miembros de la RAF que vivían ocultos en el país.

El 20 de abril de 1998, los restos de la RAF anunciaban su disolución mediante un comunicado remitido a la oficina de la...

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