Apropiación social del conocimiento y la tecnología. Una mirada a las relaciones entre la escuela y el mundo laboral desde la perspectiva de los estudiantes que trabajan

Autor:José Fernando Cuevas de la Garza
Páginas:39-65
 
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Presentación

Este capítulo se desprende de una investigación1sobre la presencia creciente de los estudiantes de educación superior que trabajan de manera simultánea, en la que se retoman sus percepciones acerca del doble rol que desempeñan, las razones que tienen para estudiar y trabajar, las características de sus trabajos y los aprendizajes que han construido en el tránsito diario de la escuela al mundo laboral.

Los procesos de apropiación social del conocimiento y de la tecnología pueden también analizarse desde la perspectiva de cómo los propios sujetos van construyendo estrategias de desarrollo a partir de los aprendizajes obtenidos dentro de distintos contextos, en particular el escolar y el laboral, a partir de las posibilidades y necesidades que se van presentando en sus transiciones. Resulta de particular interés identificar las relaciones existentes entre estos grandes ámbitos generadores tanto de saberes como de tecnologías —sistema educativo, mercado laboral— pero desde la perspectiva de quienes viven día con día en ellos y transitan por sus instituciones, ya sean centros escolares o unidades económicas.

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Escuela y trabajo: una relación en continua tensión

La añeja discusión sobre las finalidades del sistema educativo, en cuanto a la formación integral de los individuos, la transformación de la sociedad y como proveedor eficaz de los requerimientos de los sistemas productivos, aún continúa. Los sistemas educativos operan en contextos económicos, sociales y políticos determinados y su comprensión total sólo se puede dar a través de su análisis y de la forma en que interactúan con dichos sistemas. La necesidad de planear el sistema educativo ha sido una constante durante los últimos 50 años, actividad que se ha realizado desde diferentes racionalidades y supuestos, entre los que ha predominado la noción de que los países con mejores niveles económicos son también los que tienen un promedio mayor de escolaridad. Por el otro lado, persiste la advertencia sobre los efectos contradictorios e incluso perversos que puede producir la noción de que puede existir una relación lineal entre la escuela y el ámbito productivo, por la naturaleza cambiante, multifactorial, compleja y diversa del entramado que vincula estos dos sistemas sociales, heterogéneos en su configuración, y cambiantes en el tiempo y según los entornos en los que se establece.

Las expectativas, funciones y objetivos asignados a la escuela en relación al mundo del trabajo, así como los resultados de las propuestas curriculares y de las políticas públicas, han sido objeto de diversos tratamientos teóricos sobre todo desde que, hacia finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, apareciera la Teoría del Capital Humano como una postura macro de corte economicista, que pretendía, en origen, indagar acerca de cuál era el papel del sistema escolar en relación al desarrollo productivo de los países. Muy pronto llegaron las críticas a esta postura por la mirada incompleta que planteaba para comprender esta relación (Flores, 2007) y por la dificultad para comprobar algunas de sus hipótesis, como que a mayor escolaridad mayor productividad del sujeto o que el mercado de trabajo presenta un comportamiento homogéneo.

No obstante, esta hipótesis de plantear una relación directa entre la escolaridad y el ingreso es una tendencia que aún se manifiesta en México, es decir, las personas con más años de escuela cuentan con los salarios más elevados, en promedio; desde luego, existen casos contrarios para los que la explicación lineal no es suficiente. En buena medida, esta racionalidad de planear el sistema escolar a partir de la potencial productividad económica individual y social de las personas con diversos niveles educativos, continúa permeando en la política educativa. En efecto, la llamada corriente de los Recursos Humanos, enfatiza la importancia de planificar la educación como expansión racional de la matrícula en los distintos niveles educativos y como respuesta a las necesidades del sistema productivo (Gallart, 1995).

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Asimismo, en el imaginario de la mayoría de los estudiantes que trabajan, participantes en la presente investigación y que puede extenderse a las familias que invierten para que sus hijos alcancen la educación superior, está presente la idea de que el hecho de terminar una carrera y de continuar con una maestría, les brindará mejores oportunidades de movilidad, permanencia, posición e ingreso dentro del mercado laboral. Aunque cabe mencionar que estas posturas teóricas dan por hecho que los sujetos toman decisiones por completo instrumentales y racionadas en función de su conveniencia económica: sabemos que no es así y que las decisiones individuales se sustentan en diversos factores que pasan por la subjetividad y las apreciaciones particulares de la realidad circundante. Ahí están, como ejemplo, las carreras que ofertan algunas instituciones educativas con buen potencial en términos de mercado laboral o que atienden necesidades sociales y que acaban cerrando por falta de matrícula.

En contraposición a la idea de que el sistema escolar podía constituirse como un factor clave de movilidad social, la corriente crítica, fortalecida por las perspectivas de la Nueva Sociología de la Educación, consideraba a la educación como un aparato ideológico del Estado y un mecanismo de reproducción de clases sociales. Puso el énfasis en alertar sobre la excesiva inversión en educación por parte del Estado y planteó la necesidad de limitar el gasto educativo para invertir en capital físico. Más que funcionar como un factor de movilidad social, la escuela contribuía a reproducir las estructuras sociales y respondía a las necesidades de la élite: las teorías de la reproducción y de las redes de escolarización (Bourdieu y Passeron, 1977; Baudelot y Establet, 1975) representaron importantes cuerpos teóricos de cuestionamiento.

Sin embargo, en ambas tendencias se desvalorizaba el aporte del sistema educativo a la sociedad y se le reducía a una dependencia con relación al sistema productivo, tanto en sentido positivo como negativo. En los dos casos se planteaban relaciones casi automáticas entre lo acontecido en el terreno escolar y en el mundo del trabajo, sin considerar la heterogeneidad de los dos ámbitos, los contextos regionales y lo reconocido por estos mismos autores tiempo después. La importancia de estos análisis, no obstante, resultó esencial para develar ciertos mecanismos antes ocultos del funcionamiento de los sistemas educativos, que dieron origen a propuestas que consideraban otros factores. De alguna manera continúan siendo referentes obligados para los análisis de la compleja relación entre la escuela y el empleo.

Frente a los desajustes económicos en los años setenta y ochenta del siglo pasado, el aumento de la matrícula en educación superior y la incapacidad del mercado laboral para absorber a los egresados, la escuela Cepalina señaló la heterogeneidad estructural del mercado de trabajo y la simultaneidad de una distribución desigual de la escolaridad con la expansión del sistema. Fue entonces que predominaron teorías

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de origen estructuralista como la del mercado dual de trabajo en la que se señala la convivencia de un sector moderno con uno tradicional, diferenciados por factores culturales, de producción y tecnológicos, y la de los mercados segmentados, en la que se puntualiza la dificultad para que los trabajadores transiten de un mercado secundario caracterizado por la informalidad, inestabilidad y los bajos salarios, a un mercado primario, en donde hay oportunidades de movilidad, se emplea tecnología de punta y los salarios son elevados.

Para los años noventa, la evolución de las corrientes críticas se centra en la consideración de la correspondencia entre la segmentación de los mercados de trabajo y la segmentación educativa. El llamado enfoque emergente de la sociología de la educación postula la imposibilidad de establecer relaciones mecánicas entre la escuela y el mundo del trabajo, reconociendo, además de las lógicas distintas que orientan a cada polo de la relación, que esta díada está determinada por una variedad de factores que intervienen en los destinos de los sujetos. Según algunas teorías intermedias, como la de los trabajadores demandantes de empleo en fila, ordenados según la escolaridad alcanzada, o los planteamientos de la teoría del bien posicional, la educación es más bien un elemento utilizado por los patrones para seleccionar a los empleados con mayores aptitudes para entrenarse, mientras que las personas buscan mayores niveles educativos como un elemento de diferenciación. La teoría de la devaluación de certificados escolares, por su parte, puntualiza que ante la mayor cantidad de personas con estudios de nivel superior y la no correspondencia en el crecimiento de empleos, el título vale menos y se necesita de mayores credenciales para ocupar un mismo puesto de trabajo. Estos enfoques han aportado elementos importantes para la comprensión de los fenómenos de inserción en el mercado laboral.

Por su parte, el sistema escolar en nuestro país ha continuado expandiéndose y cada vez llega a más personas con la esperanza, alimentada desde los años setenta y a partir de la explicitación de la política educativa, de convertirse en un factor decisivo para la movilidad social. Esta ampliación del sistema escolar ha tenido diversas consecuencias tanto positivas como negativas: entre las primeras...

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