Introducción

Autor:Rosalía Rodríguez López
Páginas:13-23
 
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  1. Un libro sobre los huertos en la antigüedad romana tan sólo se construye a través de un lento progreso a causa de la dificultad de la empresa, como ya expresara Columela en el libro X de su obra De agricultura. Mi idea era realizar una obra sobre los presupuestos jurídicos de los 'derechos agrarios', e incluir como cuestión singular la problemática urbanística y agraria del hortus en uno de los epígrafes fi nales, en el convencimiento de que éste únicamente podía ser expuesto como una parva porción en el conjunto de la obra. Además, durante el tiempo en el que he estado trabajando en dicho proyecto, abordé el tema del huerto en Roma con las mismas precauciones que ya expresara este agrónomo en el s. I de nuestra era, aunque -también como él dijera- no sin la esperanza del feliz éxito que proporciona la inspiración. Y dado que las implicaciones de la materia hortícola en el campo del derecho son tenues y sutiles1, pensé que tomada en sí y confi rmada en sus límites no ofrecía nada especial y aparentemente quedaba vacía de contenido. Todas estas cautelas las sintetiza Columela en los siguientes términos:

    "...cuius quasi numine instigante pigre sine dubio propter diffi cultatem operis, verumtamen non sine spe prosperi successus adgressi sumus tenuem admodum et paene viduatam Page 14 corpore materiam, quae tam exilis est, ut in consummatione quidem totius operis adnumerari veluti particula possit laboris nostri, per se vero et quasi suis fi nibus terminata nullo modo speciose conspici. Nam etsi multa sunt eius quasi membra, de quibus aliquid possumus effari, tamen eadem tam exigua sunt, ut, quod aiunt Graeci, ex inconprehensibili parvitate harenae funis effici non possit"2.

    Sin embargo, en esa ardua labor de recogida de datos, lo que comenzó siendo un puntual epígrafe dentro de un proyecto sobre la agricultura romana, ha tomado hasta tal punto entidad y consistencia propia que: De una parte, he priorizado su conclusión con respecto al resto de la materia agraria en la que estaba ya embarcada. Y de otra, he ampliado el marco temporal de estudio al s. III dc.. Así, ambas decisiones me han llevado a presentar dicha fi gura agraria per se en este libro, lo que quizá sirva para visualizar su importancia, no sólo en la cultura romana, sino también en una sociedad como la nuestra en la que los huertos tradicionales3 están en gran peligro de extinción ante el avance de una agresiva cultura edilicia. Como indican Cassetti y Fagiolo los espacios verdes, históricos y recientes deben examinarse como un factor y expresión, a veces como modelo, de una concepción del 'verde', de una idea de ciudad4. Además, no hay que olvidar que desde un enfoque urbanístico las tapias de los huertos han definido siempre la ciudad más allá del estricto sentido geográfi co5. Y dado que nuestro sistema jurídico no confi ere, a este bien inmueble urbano, califi cación propia alguna de la que pudiera extraerse una regulación específi ca, queda a consideración de los Planes Generales de Ordenación Urbana la posible adopción dePage 15 medidas preventivas y/o correctoras de este desequilibrio ambiental -que en la práctica desgraciadamente siquiera se plantean-6. Más aún, en el Catálogo de Bienes Culturales que dispone cada Comunidad Autónoma, los huertos-as protegidos, como bienes del patrimonio histórico-artístico, responden a caracterizaciones arquitectónicas o etnológicas excesivamente singulares, resultando, por tanto, un instrumento claramente insufi ciente7. Situación parecida, no igual, fue vivida en la Roma republicana, en la que los espacios verdes (huertos y jardines) quedaban sujetos a las leyes implacables de un desarrollo urbanístico marcado por los constructores, en una ciudad en pleno desarrollo, y que tenía siempre más necesidad de espacio. Ahora bien, contrarrestando esta tendencia, se produjo durante los primeros años del Imperio romano un doble movimiento: De creación de nuevos jardines, y de transformación o desaparición de la propiedad fundada en el periodo precedente -dada la necesidad de dar cabida a casas, edificios o parques públicos-8.

  2. Y para incidir en esta idea de la monstruosa edifi cabilidad, que es también un alegato sobre la importancia -a diversos niveles, del huerto-, expongo una síntesis de un trabajo relativamente reciente de un especialista de Derecho agrario, que apuesta por abrir el Derecho agrario a otros aspectos que inciden sobre la naturalezaPage 16 y el medio ambiente, sin ir dirigidos hacia objetivos netamente económicos: "La base de una agricultura productiva se encuentra en una concepción de la misma integrada siempre en su medio ambiente y paisaje. Por ello las leyes agrarias deberán velar por la protección de dichos factores medio-ambientales, y tener muy en cuenta que el agricultor, no sólo es un productor económico de bienes hacia el mercado, sino un poblador del medio natural, al que trasmite una cultura, un modo de vida y de trabajo peculiar y consustancial con un paisaje geográfi co, con una confi guración del terreno, y con un modo de vida que no deben desaparecer"9. Así, también el agricultor que cultiva un pequeño huerto, o el propietario del mismo que para sí lo explota, puede resolver necesidades alimenticias cotidianas -cada vez más a tener en cuenta desde un punto de vista económico-, con alimentos que saben y sientan mejor, a la par que realiza una función social de indudable interés medio-ambiental, urbanístico y cultural10. E incidiendo también sobre su importancia en el mundo antiguo, Virlouvet indica que diversos estudios han destacado últimamente el papel que debían tener los huertos de los alrededores de la Roma antigua, aunque no disponen de datos sufi cientes para poder proponer unas cifras; pero si exponen dos razones de peso que justifi carían su relevancia: La primera versa sobre la necesidad de un variado aporte vitamínico para trabajar, que queda en grandes dosis contenido en aquellos alimentos estacionales, difícilmente almacenables y regularmente distribuibles11. Las fuentes literarias y arqueológicas revelan que los romanos tenían una alimentación muy variada, a base de aceite de oliva, vino, carne (especialmente cerdo),Page 17 leche, queso y diversas legumbres. Cuestión ésta que se vincula a los privilegios de una capital, que en parte se manifestaba en la diversifi cación alimenticia; observación que se matiza en función de las diferentes categorías sociales12. La segunda razón argumenta que el aprovisionamiento de alimentos hortofrutícolas no debía suponer los mismos problemas técnicos que los derivados de otras mercaderías, dado que eran los huertos urbanos y los suburbanos los que contribuían al abastecimiento de la ciudad con tales productos. No obstante, la posición privilegiada de un sector de la población romana y la necesidad, por parte del gobierno imperial, de garantizar la paz social y el control del orden público, les lleva a preocuparse del aprovisionamiento de la ciudad, lo que determinó la adopción de cautas intervenciones del poder en la esfera económica -que más adelante serán referidas-13. Paralelamente a estos cambios se gestan otros, y es que mientras los romanos conocen y aprecian las propiedades medicinales de los productos hortofrutícolas no se difunde el arte médico profesionalizado y los medicamentos prefabricados; por ello la pérdida de protagonismo del huerto supuso para la...

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