Cohesión social y cooperación internacional. La utilidad de un concepto en las relaciones América Latina y Unión Europea

Autor:Miguel Gabriel Vallone
Cargo del Autor:Licenciado en Ciencia Política y Magíster en Ciencias Sociales. Profesor titular de Problemas Sociales Argentinos en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.- Codirector de la Maestría en Cooperación Internacional en la Universidad Nacional de General San Martín
Páginas:49-73

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Disculpe el señor si le interrumpo, pero en el recibidor hay un par de pobres que preguntan insistentemente por usted.

No piden limosnas, no...

Ni venden alfombras de lana, tampoco elefantes de ébano.

Son pobres que no tienen nada de nada.

No entendí muy bien sin nada que vender o nada que perder, pero por lo que parece tiene usted alguna cosa que les pertenece.

¿Quiere que les diga que el señor salió...? ¿Que vuelvan mañana, en horas de visita...?

¿O mejor les digo como el señor dice:

Santa Rita, Rita, Rita, lo que se da, no se quita...?

JOAN MANUEL SERRAT

El término «cohesión social» encierra en sí mismo una polisemia que refleja épocas, procesos y realidades geográficas, abarcativas de la discusión por la cuestión social. La emergencia del término en la agenda internacional mere- ce destacarse por la fuerza de coacción que suelen tener los actores nucleados en torno a la cooperación internacional, en la definición de conceptos y en la imposición de categorías de pensamiento mediante los cuales pensar la cuestión social.

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Asimismo, si bien trabajaremos los alcances conceptuales del término y sus implicaciones para América Latina en virtud de su historia reciente, compartimos los criterios vertidos por Sanahuja (2009) en el sentido de encontrar en este concepto una nueva legitimación de la política exterior española-europea y una serie de desafíos que puede traer aparejado este compromiso en su relación con América Latina. Desde ese punto intentaremos indagar sobre algunas características que asume la cohesión social en Europa, cómo los organismos internacionales han intervenido en América Latina afectando la cohesión y cuáles son algunos desafíos posibles de plantear en la relación bilateral América Latina-Europa, desde esta perspectiva.

Acerca de la trashumancia de los conceptos

En este punto en particular, intentamos responder a una pregunta-desafío que proponen Tironi y Sorj en un reciente artículo (Tironi y Sorj, 2007: 110): «¿Tiene sentido introducir en el debate latinoamericano esta reflexión promovida por la UE, volviendo en cierto modo sobre temas que estuvieron presentes en el pensamiento desarrollista de los años cincuenta y sesenta?».

América Latina tiene una vasta tradición conceptual en cuanto a las formas de pensar la cuestión social. Desde los albores de la vida independiente, pasando por los organizadores de las republicas oligárquicas y los pensadores ensayistas de la primera mitad del siglo XX, siempre estuvo presente la discusión del modelo social y la discusión de los diferentes mecanismos de inclusión social o, al decir de Robert Castel (1997), los soportes que permitían en cierta manera la afiliación o la integración social, en los diferentes proyectos en pugna.

Sin embargo, es claramente en la segunda mitad del siglo XX cuando América Latina va configurando su particular perfil de sociedad de masas, con un gran peso en lo urbano, merced a un importante flujo de migración a las grandes ciudades1. Los diferentes procesos de industrialización, en algunos casos por sustitución de importaciones, y la emergencia de Estados que garantizan ciertas protecciones sociales van a terminar de completar el cuadro hacia la década de los sesenta.

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En paralelo, se empieza a configurar en la región una rica tradición de análisis social que va a caracterizar las categorías del debate en las ciencias sociales latinoamericanas. A nuestro entender, son dos las cuestiones esenciales que intentan dilucidar los científicos sociales en esta época: la participación de las masas en la política y el déficit de integración social, evidenciado en la emergencia de grandes bolsones de pobreza alrededor de las grandes ciudades. La primera de las preocupaciones tiene su origen justamente en la desagregación de las polis oligárquicas, caracterizadas, por cierto, por un alto grado de integración social, ligadas a la explotación del monocultivo y gerenciadas por una minoría de familias del patriciado local, con fuertes vínculos económicos con las potencias hegemónicas del momento. Esta cohesión va a estar caracterizada por un papel subalterno de las clases populares, pero basada en una fuerte tradición cultural, de fuerte matriz católica mestiza. Esta crisis produce una fuerte demanda de participación sobre el sistema político, primero de los sectores medios, en el caso Argentino proveniente de los hijos de los inmigrantes europeos, y posteriormente de los sectores populares, que va a ser encausado por diferentes movimientos políticos a lo largo del continente (varguismo, ibañismo o peronismo, entre otros). El «déficit de institucionalidad» parece ser una de las causas de las recurrentes crisis de los sistemas democráticos, que desembocan en las trágicas dictaduras de los años sesenta y setenta, según algunos autores2. Hasta el día de hoy existe una fuerte influencia de quienes piensan que ésta es la causa principal de la falta de cohesión social, es decir, la ausencia de instituciones arraigadas que permitan canalizar la participación y dirimir los conflictos.

En segundo lugar, las preocupaciones van a estar ligadas a explicar la emergencia y visualización del pobre en los contornos de las grandes ciudades, sus causas, las consecuencias para el tan ansiado desarrollo y las políticas públicas aplicables para su posible superación.

En el transcurso de las décadas de los años cincuenta a los setenta, surgen así tres grandes teorías que intentan explicar el origen de la marginalidad y la pobreza en América Latina: la teoría de la modernización, la de la marginalidad y la de la dependencia. No analizaremos aquí las implicaciones que tienen las mismas para el pensamiento latinoamericano, ni su influencia en las políticas públicas de la época; simplemente haremos referencia al origenPage 52que cada una establece en el surgimiento de la marginalidad y, por lo tanto, como déficit claro de cohesión social3.

La primera teoría aludida da cuenta de la influencia de la teoría sociológica norteamericana a través de la influencia de Talcott Parsons en el gran inspirador de la sociología científica en la región: Gino Germani. Se establece, a través de una óptica dicotómica, la conformación de las sociedades latinoamericanas en su transición hacia la modernidad, basadas en dos polos diferenciados: el tradicional y el moderno. La marginalidad va a ser caracterizada como «falta de participación de individuos y grupos en aquellas esferas en las que de acuerdo con determinados criterios les correspondería participar» (Germani, 1962), y es una característica propia de la desagregación del mundo tradicional y la falta de conformación de un polo moderno. La ecuación es sencilla: cuanto mayor es el desarrollo, que traerá aparejado el modo de producción industrial, menor va a ser la marginalidad, y en todo caso mayor la cohesión. No está en duda desde esta teoría la capacidad de integración que genera la sociedad moderna, basada en el desarrollo industrial4. La caracterización del polo moderno está basada en el modelo europeo-norteamericano y fundamentalmente por la etapa que atravesaron estos países, que para Germani marca el proceso de secularización de neto corte weberiano.

La segunda de las teorías que influyeron en las ciencias sociales en América Latina la constituyó la de la Marginalidad (Desal, 1964), generada a mediados de la década de los sesenta. En este caso, la marginalidad se origina en la superposición de culturas, generada en la colonización del continente por parte del conquistador español, y el desarrollo de sociedades escindidas y fragmentadas en marginales e integrados, caracterizadas por una fuerte influencia étnica. Los problemas asociados a la pobreza en las grandes ciudades y el surgimiento de guerrillas tanto urbanas como rurales son consecuencia de esta fragmentación social. La falta de solidaridad orgánica de estos grupos lleva a la constitución de guetos y a la necesidad de intervenir desde el estado en la promoción, para lograr quebrar el círculo de la marginalidad, ideas por demás presentes en ciertas formas de pensar la pobreza en América Latina actualmente.

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Sin duda, la teoría de la dependencia constituye el mayor aporte original a las ciencias sociales generadas desde América Latina5. Es a partir de la relectura de la historia latinoamericana cuando se sitúa la problemática de la marginalidad, claramente en relación con la imposición del modo de producción capita- lista en América Latina. El debate va a estar presente en torno a la aplicación o no de la categoría de ejército industrial de reserva, tal como la describiera Marx para el caso europeo occidental. Para algunos autores (Nun, Quijano) es necesario recurrir a nuevos conceptos para describir la realidad de la segunda mitad del siglo XX en América Latina. Estas categorías giran en torno a la idea de que una masa marginal no puede ser incorporada ni siquiera en las épocas de expansión del modo de producción capitalista, generando así un excedente de población que es necesario atender con políticas sociales para evitar que sean disfuncionales al modo de producción. Este debate fue recogido hace algunos años por José Nun (2003). El autor recuerda claramente cuáles eran las razones del debate en los años sesenta para establecer estas categorías: primero, la relación directa existente entre los procesos económicos de expansión del capita- lismo y los fenómenos de la marginalidad y desigualdad crecientes en la región; en segundo lugar, marcar la creciente segmentación del mercado laboral, con el consecuente impacto que esto tiene sobre la conformación de identidades (y conciencia) en torno al trabajo...

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