Estrés y estrategias de afrontamiento en un grupo de personas que viven con VIH

Autor:Japcy Margarita Quiceno Sierra/Stefano Vinaccia Alpi/Iraida Carolina Lozano Doncel/Sulay Castaño Ortega/Hamilton Fernández Vélez
Páginas:161-181
 
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Introducción

El Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, sida, es una enfermedad causada por el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH). Éste actúa sobre el sistema inmune destruyendo las defensas naturales del organismo, lo que trae consigo el posterior desarrollo de infecciones oportunistas o tumores, dentro de las cuales destacan la neumonía por Pneumocystis Carinii, la tuberculosis, la meningitis y el sarcoma de Kaposi, principalmente (Jennings, 1994).

Si bien es cierto que hoy en día, gracias a la disponibilidad de nuevos y más potentes medicamentos se han logrado reducir las tasas de morbilidad y mortalidad asociadas con la enfermedad (Jensen-Fangel et al., 2004; Murphy et al., 2001), paralelamente existe suficiente evidencia empírica en la que se ha puesto de manifiesto que las personas con VIH no practican los comportamientos de adhesión en porcentajes superiores a 90%, que se estima es el mínimo requerido para que la

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terapéutica médica sea efectiva (Gratacòs et al., 2006; Godin et al., 2005; Hinkin et al., 2004).

Dentro de las principales variables que se ha encontrado afectan la práctica de los comportamientos de adhesión al tratamiento se incluyen la complejidad de los regímenes de tratamiento y los efectos secundarios producidos por los medicamentos (Ammassari et al., 2001; Grabar et al., 2005; Murphy et al., 2004), el consumo abusivo de sustancias como alcohol y drogas (Aloisi et al., 2002; Tucker et al., 2004) y los problemas relacionados con estados de depresión y estrés más o menos prolongados (Cook et al., 2006; Savard et al., 1999; Starace et al., 2002; Weaver et al., 2005), fundamentalmente.

En función de lo anterior, se ha considerado de capital importancia la incorporación de los profesionales de la psicología en los equipos interdisciplinarios de salud, con el objeto de diseñar, instrumentar y evaluar programas de intervención dirigidas a promover un mejor ajuste psicológico a la enfermedad y favorecer, tanto la práctica de los comportamientos de adhesión al tratamiento como una mejor calidad de vida (Bayés, 1999, 2001; González-Puente y Sánchez-Sosa, 2001; Piña, 2003; Sánchez-Sosa, 2002; Sánchez-Sosa y González-Puente, 2002; Schneiderman et al., 2001).

Sobre esto último, una de las áreas en la cual los profesionales de la psicología han incursionado con éxito es la que se relaciona con el fenómeno del estrés. Antes de la aparición de la enfermedad por VIH, en los estudios sobre sucesos vitales en salud ya se había comprobado que las enfermedades físicas y los trastornos psicológicos asociados podían presentar comorbilidad sólo con la manifestación previa de un suceso vital de gran magnitud o un conjunto de sucesos vitales (Sandín, 1995). Así, éstos se concebían como eventos experimentados de forma real y objetiva por la persona, que tenían la capacidad de alterar el curso normal de vida, creando la necesidad de un reajuste o de cambios en sus actividades normales (Sandín, 1995; Sandín y Chorot, 1995).

No obstante que en la literatura sobre el citado fenómeno se puede encontrar un sinnúmero de investigaciones que reportan el efecto sobre la salud de diferentes tipos de estresores psicosociales, pocos autores se habían dado a la tarea de caracterizar conceptualmente los diferentes tipos de estresores (y al propio estrés) psicosociales.

Una excepción se tiene con un trabajo de Chiriboga (1989), quien propuso tres niveles en los que pueden analizarse los contextos estresantes: 1) Nivel micro: estresores psicosociales relacionados con experiencias diarias, por ejemplo, quedar atrapado en una situación de tránsito congestionado, perder un avión, llegar tarde a una entrevista laboral, etc. 2) Nivel mezzo (moderado): aquellos que son conocidos

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como “sucesos vitales estresantes”, como por ejemplo el cambio de colegio o de residencia, problemas con el jefe o un compañero de trabajo, etc., y 3) Nivel macro (macrosocial): eventos no normativos que causan estrés, por ejemplo, actos terroristas, recesiones económicas, desastres naturales (inundaciones y terremotos) y desplazamiento forzado, etc. Es de considerar que la percepción de los tres niveles de situaciones estresantes podría estar fuertemente relacionada tanto con la cultura como con las creencias de una comunidad en un contexto histórico determinado (Álvarez, 2002).

Cuando se afirma que una persona padece estrés, en términos generales de lo que se habla es de un exceso o sobreesfuerzo del organismo al sobreponerse al nivel de resistencia experimentado por éste (Sandín, 1989; Selye, 1974), o bien cuando en el organismo se produce un incremento de activación que pone en riesgo su capacidad para mantener parámetros óptimos con el fin de lograr un máximo rendimiento psicológico y conductual (Sarafino, 1990). De acuerdo con lo anterior, se puede definir al estrés a partir de tres orientaciones teóricas:

• Las orientaciones basadas en el estímulo interpretan y entienden al estrés en términos de características asociadas a los estímulos del ambiente, interpretando que éstos pueden perturbar o alterar el funcionamiento homeostático del organismo. Así, “el estrés tiene su forma y composición características, pero ninguna causa particular“, es decir, es entendido como “una respuesta no específica del organismo” (Selye, 1983). Esta aproximación concibe al estrés como variable dependiente.

• Las orientaciones basadas en la respuesta (Schroeder y Costa, 1984) conciben al estrés como reacciones de las personas a los estresores y se le sitúa fuera de la persona. Se entiende como un estado de tensión producido por una circunstancia que enfrenta una persona. Esta aproximación trata al estrés como variable independiente.

• Las orientaciones basadas en el modelo relacional o de proceso, donde el estrés es el conjunto de relaciones particulares entre la persona y la situación, asumiéndose que la persona es un agente activo que puede modificar el impacto del estresor a través de estrategias cognoscitivas (Lazarus y Folkman, 1984). Esta aproximación trata el estrés como un sistema de procesos interdependientes, incluidos la evaluación y el afrontamiento, que median en la frecuencia, intensidad, duración y tipo de respuestas psicológicas y somáticas.

Puede decirse, entonces, que los procesos cognoscitivos, emocionales y físicos influyen en la forma como se enfrenta y maneja un evento. Lo que hace la diferen-

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cia es la manera en que cada persona afronta las diferentes situaciones, teniendo en cuenta sus características individuales y la naturaleza del medio; la evaluación cognoscitiva es la que finalmente determina que una relación persona-ambiente resulte estresante o no.

El afrontamiento es entendido aquí como los esfuerzos cognoscitivos y conductuales que se desarrollan para manejar el estrés y reducir las tensiones causadas por las situaciones aversivas, tanto internas como externas, que las personas enfrentan en el curso de la vida diaria (Lazarus y Folkman, 1984). El afrontamiento tiene dos funciones principales: manipular o alterar el problema con el entorno causante de perturbación (afrontamiento dirigido al problema), o bien regular la respuesta emocional que aparece como consecuencia del estrés (afrontamiento dirigido a la emoción). Ambos se influyen mutuamente y pueden potenciarse o interferir entre sí.

Partiendo de las anteriores consideraciones se planteó el presente trabajo de investigación, que tuvo como su objetivo identificar la relación entre estrategias de afrontamiento y estrés en un grupo de personas que viven con VIH en la ciudad de Medellín, Colombia.

Método

Participantes

Previo consentimiento informado, se trabajó con una muestra no aleatoria de 50 personas diagnosticadas con VIH. Del total de la muestra, nueve eran mujeres (18%) y 41 hombres (82%), con una edad media de 36.7 años (DT = 9.2) y con edades que oscilaban entre los 19 y 60 años. El nivel socioeconómico de más de la mitad de la muestra fue medio-bajo, determinado por los estratos uno, dos y tres (90%), mien-tras que el nivel de estudios se ubicó en su mayoría en básica primaria y secundaria (84%); igualmente hubo mayor agrupamiento en el estado civil casado y ocupación empleado (60%). Por otro lado, se escogió una muestra no aleatoria de 50 personas sanas, habitantes de la ciudad de Medellín y su área metropolitana. En ambos casos se trató que los grupos de personas fueran en lo posible similares en cuanto a las variables sociodemográficas, tal y como se observa en la tabla 1.

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Instrumentos y variables

Se utilizaron dos instrumentos: cuestionario de estrategias de afrontamiento de de Lazarus y Folkman (1987), modificado por Londoño et al. (2006), así como el cuestionario de sucesos vitales, CVS, de Sandín y Chorot (1987).

Cuestionario de estrategias de afrontamiento (? = 0.70). Es una prueba administrable a personas mayores de 18 años, en los niveles individual o grupal, con un tiempo de administración que oscila entre los 45 y los 60 minutos. Este cuestionario presenta una escala de calificación tipo Likert con seis opciones de respuesta, que van de uno (nunca) a seis (siempre) y consta de 98 preguntas divididas en 14 dimensiones de estrategias de afrontamiento al estrés, con siete preguntas para cada dimensión y un rango mínimo y máximo de siete y 42 puntos, respectivamente; entre mayor sea la puntuación en cada dimensión, mayor es la presencia o manifestación de las estrategias de afrontamiento que se describen a continuación (ver tabla 2).

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Cuestionario de...

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