La politica exterior chilena *.

Autor:Walker, Ignacio
Cargo:Chile y el mundo

El objetivo de estas líneas es preguntamos cuáles son las características de la política exterior chilena en la era de la globalización. ¿Cómo situamos frente a dicho fenómeno, a partir de las peculiaridades de nuestro país y de nuestra región? Es la pregunta que nos hacemos en este trabajo, a partir de una reflexión sobre el propio fenómeno de la globalización, para preguntamos, luego, por los objetivos, principios y prioridades de la política exterior chilena.

LA GLOBALIZACIÓN COMO HECHO Y OPORTUNIDAD

Lo primero es reconocer que la globalización es un hecho, una realidad que está para quedarse.

En Chile y América Latina hemos tenido una particular dificultad para hacernos cargo de la realidad tal cual es. La realidad suele aparecer como un obstáculo insalvable para nuestras propias utopías, terreno fértil en el cual lo hemos intentado prácticamente todo, convirtiendo a nuestra región y a Chile en un verdadero laboratorio de experimentos sociales y políticos. América Latina es la tierra del > y eso está muy bien para la novela y la literatura, pero se transforma en un grave problema cuando lo trasladamos mecánicamente al ámbito de la política, que es el ámbito de lo posible. Como alguien dijera --le escuché decir esto a Enrique Correa, en algún acto público de comienzos de la década de 1990--, >, que es, por definición, la negación de la realidad.

¿Será posible reconocer que estamos en la era de la globalización y de la post-Guerra Fría, al menos como un hecho o realidad?

La tarea no es fácil, pero desde el punto de vista de la inserción internacional de Chile y de América Latina en el mundo global, aparece como una cuestión fundamental.

La globalización debe abordarse más como oportunidad que como amenaza.

En las líneas que siguen, deseo dar un paso adicional y afirmar que la globalización debe abordarse como una oportunidad más que como una amenaza. Es ese un supuesto fundamental para la cabal comprensión de la política exterior chilena tras la recuperación de la democracia y bajo los gobiernos de la Concertación (1990-2006).

Sostenemos que, en general, pero muy particularmente para un país de las características de Chile, la globalización presenta más ventajas que desventajas y que debemos saber aprovechar aquellas en una clara perspectiva de futuro, apuntando a un auténtico desarrollo que permita superar el lastre o mochila histórica que nos habla de nuestro país como un caso de >, según la clásica definición de Aníbal Pinto.

El fenómeno de la globalización debe ser visto con sus luces y sus sombras.

En efecto, no podemos ser inocentes o ignorantes en cuanto a las nuevas (y viejas) amenazas que se ciernen sobre la paz y la seguridad a nivel mundial. Algunas de ellas son aspectos de la globalización, como el terrorismo internacional y la proliferación de armas de destrucción masiva (nucleares, biológicas, químicas y bacteriológicas), mientras que otros se han agudizado en la era de la globalización, como el calentamiento global de la tierra o, más en general, el crítico deterioro del medio ambiente.

También podríamos mencionar el surgimiento de un mundo unipolar con la presencia de una sola potencia económica y militar, y la agudización de las desigualdades sociales --aunque no conviene generalizar sobre esto último, pues la situación varía de una región a otra--, entre otros aspectos dignos de destacar.

Por cierto que frente a cada uno de estos temas surgen iniciativas y reacciones, como el que las resoluciones de la última Asamblea General de Naciones Unidas (2005), hayan incluido el tema del terrorismo internacional y que nos encontremos en plena discusión de una posible Declaración sobre el Terrorismo Internacional (1); o el Protocolo de Kyoto sobre calentamiento global de la tierra, más allá de las controversias y pasiones que suscita --como ocurre, por lo demás, con cada uno de estos temas--, o los esfuerzos por asentar el muitilateralismo a nivel global, tanto en lo político (Naciones Unidos) como en lo económico (OMC), o las metas de Desarrollo del Milenio y la Iniciativa contra el Hambre y la Pobreza.

Diríamos que este es el lado oscuro de la luna, respecto de las nuevas amenazas surgidas en la era de la globalización, frente a las cuales se intentan diversas respuestas.

Sin embargo, junto con sombras y amenazas, encontramos > que nos hablan de oportunidades y desafíos. Están, por así decirlo, el lado oscuro y el lado claro de la luna.

A mi juicio, la característica más saliente de la globalización es, con mucho, el tema de los derechos humanos, base de nuestra civilización y de nuestra cultura, que dan cuenta, a su vez, de una nueva conciencia ética y jurídica de la humanidad. Se trata, ni más ni menos, que de colocar a la persona humana en el centro de las cosas, desplazando con ello una visión de las relaciones internacionales que ha descansado casi exclusivamente en el concepto de Estado.

Este proceso ha conducido, como una cuestión muy sustantiva, a un profundo cambio en el ámbito del derecho internacional, que ya no solo tiene al Estado-nación como sujeto, según surgió y se desarrolló a partir del siglo XVII en torno a un cierto concepto de soberanía, sino a la persona humana, con su dignidad y derechos. Es más, en esta nueva era de la globalización, los derechos humanos surgen como una limitación al concepto de soberanía.

Es cierto que hay toda una evolución histórica que parte desde muy temprano con Francisco de Vittoria, Hugo Grocio y el Derecho de Gentes, que se plasma en el siglo XX, en medio de la amenaza totalitaria (fascismo, nazismo y comunismo) y autoritaria, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y en una serie de tratados internacionales que van colocando a la persona y sus derechos fundamentales en el centro de las cosas, desplazando y desvirtuando el concepto de > que hemos conocido desde el siglo XVII (Hobbes), y de allí en adelante, con su corolario de la > y su secuela de destrucción.

Tal vez una de las expresiones más notables de este nuevo fenómeno de los derechos humanos es el surgimiento, a partir del Estatuto de Roma (1998), de una Corte Penal Internacional dotada de > --por primera vez en la historia de la humanidad-- para investigar y sancionar delitos de genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra. Esta es la más clara demostración de cómo un concepto tradicional de soberanía ligado al Estado-nación, va cediendo ante los imperativos de esta nueva conciencia ética y jurídica de la humanidad.

Al momento de escribir estas líneas, cien Estados ya han suscrito este Tratado, que se encuentra vigente desde 2002. Es a la vez una lástima, y resulta verdaderamente incomprensible, que Chile no haya suscrito dicho Estatuto, tras seis años de tramitación del proyecto respectivo en el parlamento, fundamentalmente por el rechazo de la oposición. Esto último nos habla, al mismo tiempo, de las contradicciones del proceso de inserción internacional de Chile, demasiado centrado en lo comercial y no suficientemente comprometido con aspectos extra económicos, como el que hemos mencionado.

Siempre en el campo de la nueva > y como un aspecto central de las relaciones internacionales en nuestra historia más reciente, encontramos la viva polémica en tomo a la >, como una nueva limitación a la soberanía de los Estados y al principio de no intervención. ¿Qué ocurre cuando se violan sistemáticamente los derechos humanos o cuando los Estados colapsan enfrentados a situaciones de guerra civil u otras situaciones similares? La comunidad internacional ha considerado la admisibilidad de la guerra o el uso de la fuerza solo para casos de auto-defensa o de acción colectiva aprobada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. ¿Cómo dar cabida al nuevo concepto de intervención humanitaria y las tensiones en tomo a consideraciones de poder, orden y justicia en la política mundial? (2).

Un tercer aspecto de la globalización digno de destacar es la ampliación de la Unión Europea, tal vez el proceso más exitoso de integración en la historia de la humanidad. Tras recorrer un largo camino que se remonta al menos a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, en la década de 1950, la Unión Europea, que algunos han definido como un > (3), más que como una >, con su Parlamento, moneda única, Corte de Derechos Humanos, libre flujo de personas, bienes y capitales, es la demostración más elocuente de cómo la visión de unos cuantos y un proceso no exento de contradicciones y dificultades internas va venciendo obstáculos que solo ayer parecían insalvables, en la perspectiva de avanzar hacia la más plena integración a partir de la unidad cultural de Europa.

Aún resuenan las palabras de Winston Churchill -->--, dividiendo dramáticamente a Europa en dos. Sin embargo, la visión inicial de un Schuman o un Monet, y el proceso gradual y sostenido, de menos a más, con avances y retrocesos, de varias generaciones, conduce finalmente a la más plena integración, al punto que, desde el 1 de mayo de 2004, la Unión Europea se amplía de quince a veinticinco Estados miembros (el 1 de enero próximo lo serán Rumania y Bulgaria, y se discute y negocia el posible ingreso de Turquía). De allí la importancia para Chile de haber suscrito, en fecha reciente, un Tratado de > con la Unión Europea, siendo invitados, por así decirlo, a uno de los diálogos más prometedores del último tiempo. ¡Cómo contrasta la realidad europea con la triste historia de (des)integración de América Latina, con doscientos años de retórica integracionista y prácticamente ningún logro significativo! (4).

Sumemos a todo lo anterior la ola democratizadora que recorre el mundo, alcanzando niveles absolutamente insospechados hace solo algunos años, la revolución sin precedentes, tanto en la profundidad como en la vertiginosidad de los cambios en los ámbitos tecnológico, de las comunicaciones y el transporte, la liberalización del comercio y la apertura de las economías, y podremos constatar el lado claro de la...

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