América Latina y África. Entre la solidaridad sur-sur y los propios intereses.

Autor:Lechini, Gladys
Cargo:Ensayo
 
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Latin America and Africa. Between South-South solidarity and self-interests

Las relaciones entre los Estados de América Latina y África--desde su respectiva independencia en los años sesenta--han mostrado un patrón de intermitencia que puede explicarse por los vaivenes propios de las situaciones internas y regionales, así como por los condicionantes sistémicos.

Si bien las dos regiones sufrieron el colonialismo europeo, las marcas de los colonizadores y las diferencias temporales en el acceso a la independencia, dejaron su impronta en la historia y la evolución sociopolítica y económica de sus respectivos países. La fuerte vinculación con los poderes centrales contribuyó a potenciar el desconocimiento mutuo y promover el olvido.

Los nuevos modos de inserción de estos Estados en el esquema global actual y la necesidad de promover alianzas alternativas entre países con condiciones similares y de buscar nuevos aliados en un contexto de diversificación de las relaciones internacionales favoreció los acercamientos. Estos fueron esporádicos, espasmódicos, pero a lo largo del tiempo posibilitaron tejer una malla de relaciones gubernamentales y privadas, que aunque débil, está presta a ser fortalecida en coyunturas favorables.

Con este marco, el trabajo apunta a realizar una breve introducción a las relaciones interregionales, con énfasis en el presente siglo, discutir la cooperación Sur-Sur desarrollada entre estos Estados y avanzar en la descripción y análisis de tres casos particulares de relaciones entre América Latina y África: Brasil, Argentina y Venezuela.

BREVE HISTORIA DEL AVANCE DE LA COOPERACIÓN ENTRE LAS REGIONES

América Latina y África pudieron haber estado encastradas cuando existió Gondwana, en el triásico, pero se separaron en tiempos remotos al iniciarse la deriva de los continentes hasta su actual posicionamiento. Este alejamiento perduró hasta que ambas regiones fueron "descubiertas" por el europeo y se reencontraron a través del tráfico de esclavos. Fueron los propios colonizadores quienes, sin quererlo, sentaron las bases de una conexión cultural que perduraría a través de los años, al promover el ignominioso tráfico de esclavos que se inició en el siglo XVI.

Los portugueses y españoles que llegaron a la América Latina se diferenciaron de los ingleses, franceses, belgas y holandés en que se establecieron en África. El español y el portugués fueron y son las lenguas de la América Latina (con excepción de las pequeñas colonias del Caribe y las Guyanas). El continente africano se dividió de acuerdo con las lenguas del colonizador europeo que salió triunfante de las guerras mundiales: anglófonos, francófonos, lusófonos.

A lo largo de los siglos y a pesar de cierta afonía, hubo períodos en que la conexión transatlántica fue expresiva, aunque en sus orígenes haya tenido un fuerte contenido esclavista. Por ejemplo, los contactos entre las colonias portuguesas de América del Sur y África posibilitaron un comercio intra sudatlántico importante, que se mantuvo hasta la independencia de Brasil en 1922 (Sombra Saraiva, 1996). En el caso de Argentina, la entonces colonia española de Fernando Póo y Annobón, posteriormente Guinea Ecuatorial, al momento de su creación dependía del Virreinato del Rio de la Plata, en 1776 (1).

En el siglo XIX, con la independencia de las colonias latinoamericanas de sus metrópolis ibéricas, la relación con las colonias africanas fue triangulada a través de Europa y por tanto, de baja intensidad. La situación comenzó a cambiar en la segunda postguerra con las independencias africanas y el posterior acceso de sus Estados al sistema de las Naciones Unidas, punto de encuentro con los representantes latinoamericanos.

La descolonización de Asia y África marcó el surgimiento del Sur como actor internacional, concretado en reuniones como la Conferencia de Bandung en 1955, la conformación del Movimiento de Países No Alineados en 1961 y la creación en Ginebra del Grupo de los 77 (G77) en 1964--en el marco de la reunión de la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).

En este contexto, el Sur periférico surgió marcado por la ideología de la liberación nacional, contra el colonialismo, sosteniendo los principios de la no injerencia en sus asuntos internos y con el objetivo de lograr el desarrollo económico mediante la eliminación de las asimetrías con el Norte, dando prioridad a las asociaciones y coaliciones entre sí.

La idea de una alianza del Sur se vio reflejada en el espíritu de la reunión que tuvo lugar en La Habana, en 1966, con la organización de la Primera Conferencia Tricontinental que creó la Organización de Solidaridad con los Pueblos de América Latina, Asia y África (OSPAAAL) para promover la solidaridad con los reclamos y las luchas de los pueblos del Tercer Mundo (Zuluaga Nieto, 2006). Para ese entonces se hablaba del Trueno de Bandung, del surgimiento del Tercer Mundo como nueva fuerza vital en los asuntos internacionales (Worsley, 1972).

Con la independencia de los nuevos Estados africanos y el reconocimiento de su status internacional y soberano en las Naciones Unidas, se produjo el primer acercamiento entre América Latina y África, a través de las relaciones establecidas en la Asamblea General junto al Grupo Latinoamericano (GRULA), que apoyaba los procesos de liberación nacional. Se enviaron representantes para asistir a las celebraciones de la independencia de los distintos países y las primeras misiones exploratorias (Lechini, 1986).

Pero fue en la década de los años setenta que la cooperación entre los países del Sur pareció posible a través de acciones que apuntaban a mostrar un poder conjunto para cambiar un orden injusto. Se confiaba en que la cooperación entre quienes sufrían las mismas situaciones de dependencia posibilitaría reforzar su capacidad de negociación con el Norte. Ese potencial se vio reflejado con el shock petrolero de 1973 y sus efectos en las economías de los países desarrollados, mostrando las posibilidades de una concertación entre países productores de materias primas; y en 1974, cuando la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Declaración de un Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI) y la Carta de los Derechos y Deberes Económicos de los Estados.

Los encuentros multilaterales habilitaron los contactos bilaterales iniciándose un proceso de conocimiento mutuo. La iniciativa de los acercamientos -que denominamos impulsos--provino de los países latinoamericanos que ya eran actores interesados en relacionarse con los nuevos Estados africanos, buscando acercar posiciones en los espacios multilaterales. Esta aproximación reflejó variados modelos que respondieron a las propias características de los países y a los objetivos de los impulsos. En Latinoamérica los impulsos se sustentaban en razones ideológicas (Cuba), comerciales (Brasil) o buscando apoyo en las votaciones que tenían lugar en los espacios globales (Argentina).

En el caso africano fue Sudáfrica el país que tomó iniciativas para promover los contactos cuando el gobierno del Apartheid desarrolló estrategias para impedir un mayor aislamiento internacional y conseguir el apoyo de las dictaduras latinoamericanas a su proyecto racista (Lechini, 1995). Por el contrario, a partir de 1994 y el ascenso de un gobierno democrático multirracial bajo la presidencia de Nelson Mandela, el objetivo fue reinsertarse en el escenario global junto a los países del Sur (Barber, 2004).

En los años setenta, frente a los problemas económico-financieros de los países del Norte y el proceso de distensión entre las dos superpotencias, los países del Sur creyeron que podrían revertir una situación internacional que los perjudicaba y modificar la agenda impuesta por el Norte. Sin embargo, la práctica demostró lo ilusorio de las expectativas. Si bien los países en desarrollo tenían problemas similares, la complejidad de su situación interna les impidió encontrar soluciones comunes y la tentación de las salidas individuales primó por sobre cualquier naciente solidaridad Sur-Sur.

En los años ochenta, la crisis de la deuda ofreció otra buena oportunidad para desarrollar acciones coordinadas. No obstante, las políticas implementadas por los Estados desarrollados junto a los acreedores privados, sumadas a las fragilidades económicas de los países endeudados, disolvieron las tentativas de cooperación multilateral. A pesar de ello, los gobiernos latinoamericanos que habían recuperado la democracia fueron capaces de implementar políticas de concertación para la resolución de conflictos en la región (Consenso de Cartagena, Grupo de Contadora, Grupo de Apoyo a Contadora, Grupo de los 8). Asimismo, promovieron nuevos acercamientos bilaterales con sus pares africanos, con el afán de reconstruir la cooperación Sur-Sur.

En los años noventa, la finalización de la Guerra Fría, el avance de la globalización, la implementación de las políticas neoliberales y los graves problemas económicos de los países en desarrollo diluyeron el accionar multilateral del Sur, que se había gestado a partir del diseño y aplicación de políticas gubernamentales. Aceptar las reformas neoliberales significó para los países del Sur que el Estado, que originariamente había sido el agente primario del desarrollo, fuera ahora el problema.

El siglo XX concluyó con los países del Sur sufriendo las consecuencias negativas derivadas de la aplicación de las medidas impuestas por el llamado Consenso de Washington, que agudizaron la brecha entre ricos y pobres, dejando en el propio Sur una pesada deuda social. Los países de América Latina se vieron inmersos en complejas situaciones internas, en tanto que África había sido presa del "Afropesimismo", la "fatiga de los donantes" y el olvido.

A pesar de todos los problemas y presagios negativos, el siglo XXI trajo renovadas esperanzas para la cooperación Sur-Sur entre estas regiones, a medida que se avanzaba en las relaciones bilaterales y en paralelo se promovía...

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