El viaje astral

Autor:Manuel Escamilla Castillo
Páginas:65 - 98

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En1 los ambientes de las echadoras de cartas, se habla de un llamado «viaje astral». Dicen que, cuando morimos, los humanos salimos de nosotros mismos y nos vemos —a nosotros— como desde un punto elevado y por detrás. Supongo que, a partir de ahí, se extraen enjundiosas implicaciones, que no nos interesan de momento. Lo que resulta llamativo es que, en la conseja popular, cuando se imagina que el ser humano puede finalmente abandonar el yo y contemplar el mundo entero con la altura del que se va, su mayor centro de interés resulte ser su propia coronilla.

En la filosofía política y social, uno de los temas importantes y que han estado presentes desde el principio de los tiempos es el de la relación entre la minoría y la mayoría. Desde los primeros y más grandes, los pensadores de todos los tiempos se han ocupado de modo destacado de las vicisitudes de las relaciones entre las masas y las élites; sobre todo, de las que impli-Page 66can a la minoría absoluta: el sujeto pensante que, cuando piensa levitando sobre el mundo, siempre ha dedicado un espacio amplio para la reflexión sobre sí mismo.

Sócrates se entrega al sacrificio para redimir a la ciudad, sometiéndose a las leyes. A pesar del despego y placidez con que afronta su destino, es verosímil que pensara en sí mismo sacrificándose por la ciudad; que sostuviera un debate interno sobre si someterse a su destino sacrificial y salvarse a sí mismo en la salvación de la ciudad, o escapar a la muerte y, perdiéndolo todo, salvarse: «… si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero… (Mt. 26, 39). Platón también se ve a sí mismo como el salvador de la ciudad. No puesto ya en la tesitura de la renuncia extrema para la ganancia extrema, sigue viéndose como el buen pastor2, pues sin duda es una especie de viaje astral aquel en el que ve al rey filósofo.

No tiene nada de particular encontrar al filósofo ensoñándose en sí mismo en relación con los demás; muy al contrario, éste es propiamente el gran objeto de la reflexión humana en el terreno social: quién soy y qué puedo hacer (quién soy distinto de los otros y quiénes son esos otros distintos de mí —en qué y por qué son distintos—; qué me dejarán hacer, en qué condiciones me ayudarán y que obstáculos puedo esperar que me pongan); siendo como soy, cómo puedo ajustarme con los demás. Lo que sí es destacable es que muy frecuentemente encontremos que el filósofo, cuando tiene estas «ensoñaciones» sobre sí y los otros, se vea a sí mismo dirigiendo a los demás. Siendo un rey filósofo o, por lo menos, el consejero del rey. Un «ministro pensador», como le gustaba a Bentham pensarse cuando no se imaginaba como el «legislador del mundo»3.

En el presente trabajo, dedicado a analizar las teorías sobre las minorías dirigentes en la sociedad moderna, observaremos Page 67dos momentos de modo principal. Primero, el de la intervención teórica, precisamente, de Jeremy Bentham, junto con el giro que imprime a su teoría John Stuart Mill. Es el momento de la definición del papel de las minorías en la sociedad liberal. Segundo, la definición del papel de la élite que se realiza en el momento de entreguerras, en el que se manifiesta la irrupción de las masas en posiciones de aparente protagonismo social y político. Prestaremos especial atención a algunos filósofos españoles de esa época que vivieron la nueva situación en un contexto (el de la preparación y fracaso de la II República) especialmente crítico.

1. Bentham, ministro pensardor,y los intereses siniestros de la mioría gobernante

Se impone, en este momento, hacer una precisión conceptual entre minorías y élites4. Semánticamente, las élites no son sino un tipo especial de minorías; aquellas a quienes les ocurre ser mejores, desde un determinado punto de vista, que las mayorías de las que se desgajan. La simple minoría, frente a la élite, es una noción cuantitativa, no cualitativa5. Ambos concep-Page 68tos son muy importantes en la teoría política de Jeremy Bentham y reflejan dos problemas de capital importancia de la práctica política.

El problema que plantean las simples minorías tiene que ver con el cumplimiento del principio utilitario en su versión normativa, y es que la mayor felicidad del mayor número no puede obtenerse si se sacrifica a las minorías. Es sabido que el principio utilitario tiene dos versiones en Bentham, una descriptiva, o referente al ser (la conducta de los seres humanos está conectada causalmente con el placer y el dolor6), y otra normativa, o referente al deber (el único y propio fin del gobierno es la mayor felicidad del mayor número7). Pues bien, este principio utilitario normativo, que es el único patrón que, según él, nos permite medir la corrección de la acción de gobierno, obliga, en una primera aproximación, a definir la influencia de la felicidad de las minorías en él, supuesto que no sea posible, como no lo es, conseguir la mayor felicidad de todos. El problema fue analizado agudamente por A. J. Ayer8 y se trata, en la teoría de Bentham, de una aplicación del principio de la utilidad marginal dePage 69creciente. Muy resumidamente, al producir las primeras unidades de cualquier bien considerado una utilidad mayor que las siguientes, y mucho mayor que las últimas, añadir felicidad suplementaria a la mayoría a costa de disminuirla para la minoría, supone un decrecimiento neto considerable de la tasa global de felicidad de una sociedad dada. Si el aumento de la felicidad de la mayoría se consiguiera eliminando totalmente la felicidad de la minoría (como ocurriría en el caso de que se la sometiera a la esclavitud o a la miseria, por no hablar del exterminio), la tasa total de felicidad de la sociedad considerada se reduciría drásticamente9. Reservaremos la denominación de «minoría» para este supuesto, en el que la posición de Bentham es una postura protectora. En la teoría política democrática, esta visión se ha traducido en el principio que prohíbe que el seguimiento de la regla de las mayorías llegue hasta el punto de producir la anulación de las minorías, especialmente la prohibición de que se elimine la posibilidad de que las minorías puedan llegar a convertirse alguna vez en mayorías. Precisamente, en la polémica tradicional entre los estudiosos de Bentham sobre si éste debe ser calificado como totalitario o como anti-totalitario, como liberal10, aquí Bentham no puede ser más liberal. Es característico de los totalitarismos, efectivamente, la equiparación del conjunto social a una de sus fracciones, que sigue siendo una fracción por mucho que sea mayoritaria (el proletariado, la raza aria, los euskaldunes). La diversidad de los humanos hace que la unanimidad social sea sólo obtenible forzadamente. El régimen totalitario necesita, entonces, la desaparición de la minoría (minoría cualitativa, aunque no lo sea cuantitativamente: burgueses, judíos o «españoles») para lograr que la totalidad sea homogénea. Desde el momento en que Bentham defiende la existencia de las minorías —en una posturaPage 70que llevará a su ejemplar coherencia individualista J. S. Mill con su defensa de la extravagancia— y no su exterminio, es plenamente liberal, por lo menos en este punto, cuya importancia es difícil exagerar11. Pero vamos a dejar de lado, de momento, estas minorías necesitadas de protección para centrarnos en las otras minorías, en las élites.

En efecto, el segundo problema importante que plantean las minorías en la práctica política, según Bentham, es que si esas minorías ocupan la posición dirigente en el estado, sacrificarían los intereses mayoritarios, e incluso los generales de la sociedad, para obtener la satisfacción de sus intereses particulares. En la frase acuñada por Bentham, y que quedó consagrada desde entonces, estaríamos ante la imposición sobre la sociedad de los «sinister interests of the ruling few», los intereses siniestros de la minoría gobernante. Esa imposición se produciría inexorablemente, según Bentham12. Siempre, el gobierno estará en manos de una minoría (en una situación en que gobernara la mayoría y no una minoría no se podría hablar propiamente de gobierno, sino de anarquía, de un estado pre-social). Y siempre esa minoría tendrá por objetivo prioritario sus propios intereses individuales, dada la acción determinante de la versión descriptiva del principio utilitario a que aludí anterior-Page 71mente, a menos que se establecieran estorbos artificiales (es decir, políticos). Es éste un problema, como lo identificó canónicamente Élie Halévy13, derivado de sostener que los intereses particulares y los generales pueden entrar en contradicción; en este caso, los intereses particulares que entran en contradicción con los generales son los de la minoría gobernante.

Están luego los instrumentos del gobernante: soldados, juristas y curas, los aliados del gobernante para lograr el sacrificio siniestro, mediante el empleo de la fuerza, la intimidación y el engaño. Los principales objetivos de la propuesta de acción de reforma radical de Bentham fueron, así, la reforma del Derecho, que lo hiciera accesible y claro para todos (mediante la codificación y la depuración analítica) y la «eutanasia» de la Iglesia anglicana. No fue Bentham hostil a la religión; fue hostil a la religión de estado. Su remedio era la libertad religiosa y el sostenimiento de las iglesias por sus propios fieles14. En nuestros secularizados días, ese papel corruptor de la iglesia oficial lo ocupa la corte de intelectuales adictos al gobernante, difundiendo el engaño y la intimidación mediante la prensa oficial, corrompiendo mediante la invitación o la...

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