Lauterpacht: la tradición victoriana en el derecho internacional

Autor:Martti Koskenniemi
Cargo del Autor:Profesor de Derecho Internacional, Universidad de Helsinki
Páginas:339-394
RESUMEN

La tradición en la modernidad Un sistema completo Entre el sionismo y la asimilación Un compromiso político Nuremberg y los derechos humanos El nacimiento del pragmatismo ¿Una tradición grociana? Coda

 
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La tradición en la modernidad

Menos de dos meses después de la capitulación de Munich, el 16 de noviembre de 1938, Hersh Lauterpacht dirigió un discurso a la Liga de las Naciones Unidas desde su nuevo hogar académico, la Universidad de Cambridge, sobre los aspectos generales de la Liga. Comenzó su discurso confiando a su auditorio que se trataba de un tema en el que se sentía tan seguro como para no confiar en la "palabra pronunciada libremente" y que para mantener la compostura y la deliberación, leería un manuscrito, aunque ésa no era su costumbre.1 Sin embargo, el discurso se aleja del Lauterpacht tradicional, distante y complicado, en un inglés algo seco en determinados puntos, más evidente cuando después de la mitad del mismo comienza a hablar en primera persona del plural. Comenzó diciendo que los hechos de la década de 1930 -las guerras de Manchuria y Abisinia, los acuerdos de Munich- y las actitudes tomadas por los miembros más importantes de la Liga han significado que las disposiciones de seguridad colectiva del Pacto, la garantía territorial (Art. 10) y la obligación de respuesta colectiva (Arts. 15 y 16), habían caído en desuso. La Liga había fallado en el cumplimiento de su objetivo principal. Lo único que permanecía era la esperanza -afirmada sin convicción- "de que a la larga el verdadero espíritu del hombre se hará sentir". Después seguía un salto abrupto y poco común a la informalidad y el compromiso: Page 340

"Pero, ¿qué debemos hacer mientras tanto? ¿Debemos abandonar la Liga y comenzar de nuevo tan pronto como los obstáculos desaparezcan? ¿Debemos mantenerla y adaptarla a las necesidades de un período regresivo? ¿Debemos perseguir el ideal de universalidad reformando la Liga y haciéndola aceptable para todos? ¿Debemos admitir que si la paz no puede lograrse a través del esfuerzo colectivo existen otras cosas positivas que pueden lograrse a través de él?" 2

Estas preguntas se realizan de un modo retórico, ansioso, al menos tanto para destacar la urgencia de la situación como para indicar modos alternativos de respuesta. ¿Se debería abandonar el derecho, modificarlo, debería ajustarse su contenido o su alcance a las realidades políticas? Estas cuestiones son familiares para los abogados internacionalistas que continuamente manejan la distancia entre deber ser y ser, derecho y hechos. Aquí estos asuntos parecen ser excepcionalmente importantes. Sin embargo, se refieren a la racionalidad intrínseca del federalismo y su concomitante, la ley y el orden a través de la seguridad colectiva: "el progreso en las cosas esenciales se ha detenido y el reloj se retrasa."

El discurso de Lauterpacht presenta una comunidad política o cultural que se siente apartada por el curso que sigue la política de entreguerras- la política de los intereses nacionales por encima de los intereses comunes, del reinado de los "beneficios a corto plazo" frente a un crecimiento estable y equilibrado y el surgimiento de dictaduras "a una escala sin precedentes en la historia."3 No hay muchas dudas sobre los principios que identificaban al auditorio de Lauterpacht en Cambridge como una comunidad. Para invocar esos principios Lauterpatch eligió contemplar el pasado- como Grocio hizo una vez buscando la autoridad en las costumbres romanas, "mejores pueblos y mejores tiempos".4 Viajando más allá del pasado inmediato, de los nacionalismos y el desorden delfin-de-siécle, su mirada se detuvo ante las palabras del Príncipe Consorte en la Exhibición Internacional de Londres en 1851: "Nadie que haya prestado un poco de atención a las características peculiares de nuestra era dudará por un momento de que estamos viviendo un período de maravillosa transición que tiende rápidamente a realizar ese gran fin al que apunta toda historia- la unidad de la humanidad."5 Y en un tono de absoluta nostalgia victoriana: "¿Cuán infinitamente lejos parece que hemos viajado hacia el pasado desde aquellos días de optimismo ilimitado?"6Page 341

Para encontrar un espacio para el derecho en un tiempo peligroso, Lauterpacht regresa a mediados del siglo XIX y espera resucitar su racionalismo liberal y su ideal del imperio de la ley, su confianza en el progreso, su certeza sobre el sentido y la dirección de la historia- bon ange de la certitude, según Proust. Para él, Munich parecía mortal, ya que era un ataque anti-victoriano y anti-tradicionalista sobre los ideales políticos -y el sistema político- que se había afianzado durante el apogeo del siglo de la burguesía. La forma de combatirlo era comprometer a la opinión pública para la defensa de la idea de la Liga de las Naciones como una federación mundial, la "culminación de los sistemas políticos y filosóficos de los pensadores más destacados de todas las épocas (...) la visión final de los profetas de la religión".7

Éste no fue un cambio repentino en el pensamiento de Lauterpacht. Durante las décadas de 1920 y 1930 había criticado un "positivismo" que había ensalzado las virtudes del Estado y la soberanía, aliándose con el agresivo nacionalismo, responsable de la catástrofe de la Primera Guerra Mundial. Esto debería ser reemplazado por un sistema de derecho y orden cosmopolita, sin lagunas y administrado profesionalmente a imagen del Estado liberal. Los historiadores debatían sobre la interpretación "modernista" y "tradicional" de los efectos de la Primera Guerra Mundial en la conciencia europea.8 Desde esta óptica, veo a Lauterpacht como un tradicionalista para quien la guerra de 1914-1918, junto con sus causas en un nacionalismo agresivo, así como los veinte años de crisis que siguieron, constituyeron una ruptura irracional en los pacíficos e inherentemente beneficiosos desarrollos internacionales asociados con el siglo XIX. Lauterpacht siempre caracterizó el período de entreguerras como un período "retrógrado".9Era retrógrado desde el cosmopolitanismo que había inspirado a Wilson en París durante 1918-1919, pero que debía su origen al liberalismo existente medio Page 342 siglo antes.10 Lauterpacht nunca abandonó sus ideales victorianos, el liberalismo y el progreso. Por el contrario, reafirmó estos ideales como respuesta a la experiencia de la Segunda Guerra Mundial en su famoso artículo de 1946 sobre "La tradición de Grocio en el Derecho Internacional", así como en sus escritos de posguerra sobre los derechos humanos, basándolos expresamente en la filosofía racionalista de la Ilustración.11

El tradicionalismo de Lauterpacht lo apartó de su profesor vienés y contemporáneo Hans Kelsen, un modernista jurídico par excellence. Aunque Lauterpacht tenía gran estima por Kelsen (se decía que tenía una foto de Kelsen en la pared de su estudio, junto con la foto de su mentor Arnold McNair (1885-1975) y un grabado de Grocio) y estaba impresionado por la imaginación constructivista de la Teoría Pura del Derecho, difería con firmeza respecto del lugar del derecho natural en la construcción jurídica. Mientras Kelsen, siguiendo el pensamiento modernista, buscaba refugiarse de una política errónea en su forma pura, Lauterpacht insistía en la necesidad de incorporar los valores fundamentales (victorianos) como la única garantía contra la política del irracionalismo. 12

Sin embargo, si Lauterpacht había sido simplemente un crítico naturalista del nacionalismo y la soberanía, no habría demasiado motivo para distinguirlo de la corriente dominante de erudición reconstructiva que surgió durante la década de 1920 en Europa y en otros lugares llamada "Utopismo", durante las décadas de 1940 y 1950, que ahora está prácticamente olvidada. Es cierto que confesaba un federalismo utópico, un humanismo liberal y los valores asociados del individualismo cosmopolita. Kant, (junto con Grocio), es su reconocido padre espiritual. Pero el legado liberal es ambiguo y en su trabajo profesional Lauterpacht va por un camino más complejo que no podrían haber seguido las figuras tradicionalistas del período de entreguerras, como por ejemplo Politis en Francia o Schücking en Alemania- nombres que, a diferencia de Lauterpacht, entran en los textos legales sólo para marcar la continuidad histórica y el pedigrí de la disciplina, como marcos antiguos en la casa del pragmatismo jurídico, irrelevante más allá de un propósito decorativo.13Page 343

Lauterpacht pertenece al campo modernista en el que él, al igual que Kelsen, comparte una epistemología no-esencialista. Es escéptico acerca de la capacidad de los métodos interpretativos contra la arbitrariedad. De ahí, por ejemplo, su crítica enfática y repetida del recurso judicial a la doctrina del "significado normal", que presume todo aquello que debe ser probado y deja fuera de reconocimiento los aspectos constructivos del juicio.14 Los principios de interpretación "no son causa determinante de una decisión judicial, sino la forma en la que el juez encubre un resultado alcanzado por otros medios".15 Tampoco sólo los hechos son árbitros imparciales de disputas normativas. Si una entidad es un Estado, no se impone al observador a través de un "test automático" sino a través del resultado de una construcción, elaborada por supuesto "de buena fe y en cumplimiento del principio legal."16

El derecho es lo que se interpreta de él. La modernidad de Lauterpacht se basa en su énfasis constante en la primacía de la interpretación con respecto a la sustancia, del proceso a la regla, de un modo que le conduce a un pragmatismo institucional que también compartimos. Tal nominalismo da libertad a los abogados para crear un orden internacional imaginando que ya existe. Sin embargo, esto plantea la cuestión del poder: ¿quién está investido con autoridad para interpretar y dar sentido? Esto crea lo que para Lauterpacht se convertía en el problema más importante...

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