La Tierra, nuestro hogar. ¿Y el de los pobres?

Autor:Ferran Lluch I Girbés
Cargo del Autor:Comissió de Pastoral de l'ambient i ecologia humana. Diòcesi de València
Páginas:157-183

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I Pobreza, medio ambiente y conflictos armados

La cuestión ecológica como problema es algo que a nadie le viene de nuevo, aunque no ha sido sino hasta los años sesenta que hemos comenzado a hablar de «crisis ecológica», y no ha sido hasta los años setenta que tal preocupación empieza a formar parte de organizaciones internacionales o de los propios gobiernos -sobre todo los del «primer mundo»-. Bien pronto se advirtió del vínculo existente entre la pobreza y el medio ambiente.

Nos interesa saber si la preocupación ecológica es una cuestión científica, argucia política, preocupación filosófica o estética, una corriente de moda más en la sociedad actual, o una cuestión moral. Pues si se trata de una cues-tión moral, el cristiano no puede escabullirse de tal cuestión, ha de sentirse responsable. Si se trata de una cuestión moral no cabe duda de que no solo nos debe «pre-ocupar» sino que también, y sobre todo, nos debe «ocupar».

La respuesta del cristiano no es sólo racional, es asimismo respuesta de fe y por ello repasaremos, aunque sea brevemente, qué nos dice la revelación al respecto.

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Para ver más claramente cómo nuestras acciones sobre la tierra, «nuestro hogar», dejan huella y no solo en el medio ambiente sino también en el ser humano, sobre todo en los más pobres del planeta, introduciremos el concepto de la «huella ecológica».

Los cambios que el «progreso desarrollista» ha provocado sobre la tierra, nuestro hogar, y sobre sus habitantes, el ser humano en particular, son sufi- cientemente alarmantes como para que el cristiano no tenga nada que decir ni nada que hacer. Tiene no poco que decir, y mucho más que hacer, como ciudadano responsable y como creyente en un Dios creador. La Iglesia nos pide cambios de mentalidad, cambios de estilo de vida, una verdadera con- versión ecológica. Para ser solidarios con los más desfavorecidos de la tierra y con la tierra misma se hace necesario un nuevo estilo de vida de más auste- ridad y menos consumismo, más responsabilidad y menos utilitarismo, uso pero sin abuso, conversión y no modas, o meras palabras, o puras gestiones.

I 1. La cuestión ecológica ¿es una cuestión moral?

Con estos ejemplos ya podemos entrever lo que debiera quedarnos muy claro: de una parte, que no se logrará un justo equilibrio ecológico si no se afrontan directamente las formas estructurales de pobreza existentes en el mundo; de otra parte, que para afrontar el problema de la pobreza no se pue- de dejar a un lado el problema de la degradación ambiental como causa grave de esta pobreza para gran parte de la población mundial. En muchos países la pobreza rural y la distribución de la tierra han llevado a una agricultura de mera subsistencia así como al empobreci- miento de los terrenos. Cuando la tierra ya no produce, muchos campesi- nos se mudan a otras zonas -incrementando con frecuencia el proceso de deforestación incontrolada-, o bien se establecen en centros urbanos que carecen de estructuras y servicios. Además, algunos países con una fuerte deuda están destruyendo su patrimonio natural ocasionando irremediables desequilibrios ecológicos, con tal de obtener nuevos productos de exportación. Pero existe otro peligro que nos amenaza: los conflictos armados. La lucha por los recursos, bien por su escasez a causa de la sobreexplotación, bien por el lugar estratégico que ocupan económica y políticamente, ha sido una práctica tristemente frecuente a lo largo de la historia de la humanidad, y sigue siendo práctica habitual en nuestro presente. Las gue- rras por el agua, por el gas y el petróleo, por los diamantes, disimuladas y maquilladas en ocasiones con excusas y motivos biensonantes para que resuenen justos ante los «espectadores»... que somos nosotros, o simple-mente tapadas u olvidadas, se dan en todo el mundo con tal frecuencia que acabamos por obviarlas.

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También la ciencia moderna tiene ya, por desgracia, la capacidad de modificar el ambiente con fines hostiles, y esta manipulación podría tener, a largo plazo, efectos imprevisibles y más graves aún. A pesar de que deter- minados acuerdos internacionales prohíban la guerra química, bacterioló- gica y biológica, de hecho en los laboratorios se sigue investigando para el desarrollo de nuevas armas ofensivas, capaces de alterar los equilibrios naturales. La degradación ambiental, la pobreza y los conflictos armados son tres lacras de la humanidad que van estrechamente unidas entre sí, de tal modo que resultaría ilusorio intentar resolver cualquiera de ellos sin tener en cuen- ta los otros dos.

I 2. ¿A quién «co-responde» ser «responsable»?

Dada la magnitud de la degradación ambiental y sus consecuencias resul- ta obvio que la responsabilidad atañe a todos: a la comunidad internacional, a los Estados, a los pueblos y... tratándose de una cuestión moral, ¿atañe a la Iglesia Católica? Nunca la Iglesia ha dejado de lado el problema del mundo y la naturaleza, pero la preocupación, sobretodo a partir de la edad media, ha sido más teológico-filosófica que ligada a la historia de la salvación. Los debates y las disputas con el mundo «pagano» en los primeros siglos, y con el panteísmo posteriormente, y con el racionalismo, y con el materialismo... relegó el mundo natural a cuestiones filosóficas desligadas del misterio de salvación. ¿Qué papel desempeña Cristo en la creación? o al revés, ¿Qué papel desempeña la creación en la acción de Cristo? Y a la postre añadi- mos otra pregunta lógica ¿Y el hombre, qué pinta, o debe pintar, en todo esto? Resulta ridículo buscar posturas históricas de la Iglesia ante la crisis eco- lógica, cuando de esta crisis la sociedad no es consciente hasta los años sesen- ta. Pero, ciertamente, la Iglesia desde entonces no se ha mantenido al margen. Al contrario, ha seguido de cerca la problemática y se ha pronunciado al respecto. Otra cosa es que nosotros hayamos escuchado o hayamos hecho caso. En el Mensaje de la Jornada Mundial por la Paz de 1990, Juan Pablo II nos decía esto: «Incluso los hombres y las mujeres que no tienen particulares con- vicciones religiosas, por el sentido de sus propias responsabilidades ante el bien común, reconocen su deber de contribuir al saneamiento del ambiente. Con mayor razón aún, los que creen en Dios creador, y, por tanto, están convencidos de que en el mundo existe un orden bien definido y orientado a un fin, deben sentirse llamados a interesarse por

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este problema. Los cristianos, en particular, descubren que su cometido dentro de la creación, así como sus deberes con la naturaleza y el Crea- dor forman parte de su fe.» Para los cristianos, para la Iglesia Católica en particular, la cuestión eco- lógica -su función dentro de la Creación, su deber con la naturaleza y el Creador- no es anecdótica, ni tampoco es una cuestión meramente estética, ni algo que ataña o «corresponda» a las administraciones. Para los cristianos forma parte de su fe. Y si el Dios en el que creemos es un Dios creador, y asumimos que la cuestión ecológica es cuestión de fe, no estaría de más hacer un pequeño repaso a las fuentes bíblicas que nos sirven de fundamento para juzgar la realidad que vemos y tomar acciones coherentes con nuestra fe.

I 3. ¿Qué dice la Sagrada Escritura al respecto?

Cuando hablamos de Dios creador, seguramente, y ya de entrada, nuestro pensamiento se dirige hacia los relatos de la creación del libro del Génesis. Y decimos relatos, en plural, porque en los dos primeros capítulos encontramos dos de estos relatos (Gn 1-2,4a y Gn 2,4b ss.). Si los leemos de un tirón apreciaremos que son bastante distintos: ni el orden de la creación, ni la forma, ni los presupuestos iniciales del mundo son iguales. Pero, además, sus estilos literarios también son distintos: el primer relato pertenece a lo que llamamos tradición «Sacerdotal», cuyas redacciones podemos situar en el siglo VI aC., mientras que el segundo relato pertenece a la tradición llamada «Yavista», cuyas redacciones pueden pertenecer al siglo XI-X aC. O sea, que el segundo relato es muy anterior al primero. El hecho de juntar los dos relatos tan distintos a simple vista, nos ha de hacer caer en la cuenta de que los autores y los compiladores de estos relatos no tenían ninguna intencionalidad histórica o científica. Es más, entre los relatos de tradición Yavista encontramos los del Paraíso, la serpiente, la torre de Babel o el diluvio, relatos con claros paralelismos en los mitos mesopotámicos, algunos de ellos escritos tres mil años antes de Cristo.

Con estos presupuestos no cabe duda que hay que ser precavidos y no confundir la «verdad» de estos escritos con su literalidad. Es decir, que no se pueden ni deben entender «al pie de la letra». Más bien habrá que tener siempre en cuenta los contextos históricos, sociales, culturales, religiosos... de donde proceden para entrever su intencionalidad y, entonces sí, otear y disfrutar esa «verdad» que nos cuentan. El propio San Agustín, al hablar del relato de la creación en siete días nos refería su carácter figurado1

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Una lectura literal de estos relatos es lo que impulsó, a Lynn White a escribir, en la revista Science, un artículo sobre «Las raices históricas de nuestra crisis ecológica» en el que culpa al cristianismo, y en general a todas las religiones de origen bíblico, de esta crisis ambiental, al situar la relación entre el hombre y la naturaleza...

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