Política del miedo y decadencia de la esfera pública

Autor:Salvatore Palidda
Páginas:11-32
 
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En un futuro cercano, existirá un método farmacológico para hacer que la gente ame su condición de siervos, y se produzcan dictaduras sin lágrimas, por así decirlo, una suerte de campo de concentración indoloro para sociedades enteras, en el cual las personas serán privadas de sus libertades, pero a pesar de ello serán felices.

ALDOUS HUXLEY, Tavistock Group,

California Medical School, 1961

1. Presentación

En el transcurso de las décadas de los años ochenta y noventa, y aún más tras los atentados del 11-S en Nueva York, el 11-M en Madrid y el 7-J en Londres, dos fenómenos se han superpuesto y alimentado recíprocamente: el auge del miedo y las inseguridades, y el éxito de las respuestas securitarias o de «tolerancia cero» a nivel local, hasta la «guerra permanente» a escala mun-dial. Las consecuencias han sido la enorme inflación de los controles «posmodernos» y la reproducción continua del miedo, así como la afirmación de la necesidad del sacrificio de la libertad y las garantías de los derechos fundamentales en nombre de la seguridad. El resultado político más importante, pero menos evidente, es la erosión de las posibilidades de la acción política por parte de subalternos y disidentes, sumado al éxito de las opciones militar-policiales en detrimento de la política y la diplomacia y en consecuencia de la gestión negociada y pacífica de los conflictos y el desorden.

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En este artículo intentaré mostrar cómo la superposición de los fenómenos citados corresponde a una coyuntura política marcada por la continua reproducción de la coexistencia de orden y desorden, de guerra y paz, del conflicto y la mediación, consecuencia de la desestructuración política impulsada por el desarrollo neoliberal. Pero contrariamente a la idea de «destrucción creativa» de Schumpeter (1995), la perspectiva política actual no parece conducir hacia un nuevo orden, un verdadero y auténtico «Gran Hermano» o un efectivo panóptico «posmoderno», sino simplemente a una multiplicidad de poderes que pueden abusar de toda clase de control y violencia en los enfrentamientos con subalternos y competidores. La práctica del espionaje y sus abusos ha existido siempre y siempre ha sido una prerrogativa del poder y de los actores más fuertes.

Esto se debe a las consecuencias de la revolución neo-conserva-dora, que acentúa la asimetría entre detendadores del poder y excluidos del poder. Ella impone el cambio desde el mito liberal-democrático del gobierno que se ocupa del pueblo —descrito por Foucault (1998, 2005a, 2005b, 2008)— a una gestión liberal que pretende sólo la prosperidad hic et nunc de los actores más fuertes. La exasperación de la criminalización, de la tolerancia cero y de las experimentaciones para eliminar el «excedente humano» corresponden, de hecho, a una gestión de la sociedad que excluye la recuperación, la reintegración o rehabilitación social porque tiende tan sólo a la maximización de los beneficios de los actores fuertes (Palidda, 2009). Por lo tanto, el control social se ha transformado: del vigilar y castigar enmarcado en la organización política de la sociedad que buscaba el equilibrio entre la prevención social, la prevención policial, la represión, la penalidad y la reintegración social, a un control dirigido sólo a la represión, la punición y la neutralización de la humanidad excedente. De ello se derivan prácticas actuariales, perfiles raciales y encarcelamiento de masas.1 La integración estable, pacífica y regular de los inmigrantes, de las crecientes masas precarizadas y de los trabajadores de las economías sumergidas, ha dejado de interesar en tanto que el crecimiento de los beneficios se sirve de la erosión de los derechos de los subalternos, y su reducción hasta convertirlos casi en neo-esclavos para después des-

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hacerse de ellos a la primera señal de reivindicación o cuando no son suficientemente rentables y pueden ser sustituidos fácilmente por otros «sin derechos» o «no personas». El gobierno del pueblo que tiene en cuenta a los habitantes para construir una sociedad estable, pacífica y regulada según normas de un Estado de Derecho universal, pretendiendo proporcionar felicidad a todos,2no ha existido jamás. Hasta el inicio de los años setenta (con los famosos treinta años «gloriosos») las organizaciones políticas de las sociedades ricas de la segunda posguerra habían alimentado la ilusión de que con el desarrollo del Estado de Bienestar llegaría la dulcificación de las penas, la democratización incluso de la represión, la búsqueda de equilibrio entre prevención y rehabilitación y el incremento de la participación política. Por el contrario, la llegada de la revolución neo-conservadora globalizada (el entramado financiero, tecnológico y militar-policial que se impone sobre todo gracias a la acentuación de las asimetrías de poder, de potencia y de riqueza) disuelve esta ilusión progresivamente, humilla y golpea la resistencia y fagocita a los intelectuales y los liderazgos. Resulta entonces natural que el gobierno se redescubra a través de la manipulación del miedo y de la tolerancia cero que se convierte en fuente de beneficios y consenso, que debilita aún más la capacidad de acción política de los débiles.3Durante estos últimos veinte años, gracias al «gobierno basado en el miedo y el securitarismo», algunos han obtenido beneficios extraordinarios, de proporciones sin precedentes. Los controles posmodernos se configuran, pues, como dispositivos e instrumentos para un modo de gestión del desorden permanente, que en realidad apunta a reproducir inseguridad, inestabilidad y nuevas demandas de «tolerancia cero».4Las consecuencias son notables: el boom de la penalidad junto al enorme crecimiento del gasto militar-policial y los cada vez más frecuentes abusos, violencias e incluso torturas por parte de los agentes de la policía.

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Las innovaciones tecnológicas han permitido nuevas potencialidades al espionaje, al control social y político y, en general, a cualquier modalidad de ejercicio del poder, de lucha por conquistarlo o de competencia desleal. La inflación de las múltiples formas de control y de sus abusos se debe no sólo a las nuevas tecnologías, sino sobre todo a la accesibilidad de los dispositivos para múltiples sujetos sociales, públicos y privados. El desarrollo de la industria de la seguridad ha creado también un auténtico mercado de la información sobre las personas, organizaciones y toda clase de actividades y negocios. Con el desarrollo del espionaje y los controles ha aumentado la hibridación entre lo público y privado, entre lo interno y externo y entre lo lícito y lo ilícito. De acuerdo con los autores de un conocido informe,5la «sociedad de la vigilancia» ha triunfado definitivamente.

2. De la participación a la subalternidad

El desarrollo de los controles «posmodernos» se remonta a principios de los años ochenta. Deleuze (1997: 240-247) fue uno de los primeros en intuir —al menos parcialmente— el desconcierto que esto provocaría. Ya a inicios de los años ochenta algunos arquitectos y urbanistas franceses de «izquierda» habían contribuido a proyectar barrios dotados de nuevas tecnologías de comunicación: el minitel (una especie de ordenador con conexión vía telefónica a varios sitios y servicios) fue introducido en Fran-cia mucho antes que Internet, experimentándose su uso en sistemas de vídeo-vigilancia «participada» (del tipo de las gated communities estadounidenses). En realidad con este dispositivo se pedía a todos los habitantes (de los barrios «bien») que asumieran en parte el rol de «esbirros»: por turnos, los copropietarios o residentes del barrio vigilan las pantallas y eventualmente activan los sistemas de alarmas conectados a las policías privadas o públicas. En los «proyectos participados» los habitantes se involucran en la realización y organización de las innovaciones urbanísticas y arquitectónicas, ahora centradas en la nueva gestión de la seguridad

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entendida como elemento totalizante que engloba todos los aspectos de la vida en sociedad. La policía «postmoderna» se configura así como cooperación entre ciudadanos ansiosos y policías públicas o privadas, en una especie de generalización de la conversión policial de cada actor en el gobierno de la sociedad local. Se llega así al «scanorama» y a zonas de barrios hiperasegurados (Davis, 1999), entonces de moda entre las clases adineradas de los pueblos ricos, mientras que en los pobres —slums o banlieues— los controles posmodernos parecen pensados como una especie de garitas que vigilan para prevenir las revueltas de las «minorías integristas», de los excluidos y de la «posteridad inoportuna». En los Estados Unidos, la privatización de los espacios públicos, la fortificación de barrios o urbanizaciones, con el consecuente efecto de gentrificación y darwinismo social, se desarrollan en ese mismo período (Sorkin, 1992).

El primer caso famoso en Europa sucedió también a inicios de los ochenta: la instalación del sistema de videovigilancia y control de los teléfonos públicos en Londres, donde hoy cada habitante es filmado diariamente trescientas veces de media, y donde se proyecta la instalación de escáneres que permitirían «ver desnudos» a los transeúntes.6Desconcertado por un Londres convertido en la primera ciudad videovigilada con los teléfonos públicos controlados, Birnbaum, en 1983, llamó a ese proyecto «la revancha de Bentham» (1985: 262-279) sin llegar a hablar todavía de «panóptico posmoderno». En Estados Unidos el desarrollo de los

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diversos sistemas de control indujo a Gary T. Marx (en su Under-cover de 1984) a hablar ya entonces de una «sociedad de máxima seguridad». Bauman y Beck se hicieron célebres por sus teorías sobre la sociedad del Unsicherheit y del riesgo. En el...

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