Pluralismo y reconocimiento: John Stuart Mill y la representación política de las minorías

Autor:Josefa Dolores Ruiz Resa
Páginas:211 - 246

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Esperemos1, en fin, que antes de la próxima generación el accidente del sexo, lo mismo que el del color de la piel, no será motivo suficiente para despojar a un ser humano de la seguridad común y de los justos privilegios de ciudadano

. De esta manera terminaba John Stuart Mill el capítulo VIII de sus Consideraciones sobre el gobierno representativo, en el que reivindicaba la universalización del sufragio como uno de los mecanismos para que todos los ciudadanos estuvieran representados. Pero, ¿basta sólo con el ejercicio del derecho al voto para asegurar la representación de todos? No para Mill, quien abogaba por la implantación de un sistema de representación política proporcional, que justificó en la necesidad de que la Asamblea contuviera una imagen expresa de los deseos de la nación. Subyace aquí una defensa del principio de pluralismo político, que aunque inicialmente estuviera dirigido a garantizar la expre-Page 212sión de la diversidad de deseos, opiniones e intereses, no puede dejar de evolucionar con las aspiraciones humanas, que hoy exigen que la esfera política sea también el lugar donde se visibilizan las identidades diferentes. Y en qué medida Mill se incardina en estas transformaciones de la representación política es de lo que se trata a continuación.

1. Algunas precisiones previas: Representación política, pluralismo y reconocimiento

Sin duda, uno de los desafíos más importantes al que se enfrenta en la actualidad el instituto de la representación política es la necesidad de dar respuesta a las reivindicaciones de aquellos grupos que abogan por una representación que refleje sus identidades, puesto que muchas de ellas han estado y conti -núan estando subrepresentadas o simplemente excluidas de la es -fera pública. En muchos casos erigidos en movimientos sociales, se trata de grupos que, como las mujeres o los miembros de ciertas comunidades étnicas o religiosas, también se hallan, por lo general, marginados en el ámbito socio-económico. Con medidas tales como la reserva de un determinado número de escaños parlamentarios o la reforma de los distritos electorales, se busca favorecer su presencia y visibilidad en la toma de decisiones que les afectan, lo cual puede contribuir, no sólo a disminuir la marginación socio-económica que padecen sino también a satisfacer una genérica demanda de reconocimiento de su existencia por parte de los otros, ya que esta existencia ha sido habitualmente silenciada, ocultada o estigmatizada. Y, sin embargo, el reconocimiento de los demás ha sido erigido por la psicología social como el proceso mediante el cual se conforma la identidad de un individuo dentro del grupo, proceso que también sirve para explicar la formación de las identidades colectivas.

Puede decirse que las ciencias sociales han aportado numerosas evidencias de que para descubrir la imagen que cada gru-Page 213po o cada individuo tiene de sí mismo estos recurren a la proyección exterior y al reflejo ante los semejantes. Pero la importancia concedida al reconocimiento por los otros en la conformación de las identidades excede, inevitablemente, el ámbito de las ciencias sociales para llegar hasta la filosofía, de donde en realidad partió, y la política. Sobre ambas, el reconocimiento opera como un nuevo «paradigma de justicia», que sólo puede sustanciarse a través de una democracia capaz de dotarse de las instancias comunicativas útiles para garantizar esa proyección exterior a todos los individuos y a los grupos que conforman. Recurriendo a la expresión paradigma para englobar las demandas de reconocimiento, Nancy Fraser caracteriza una corriente de pensamiento que, a su entender, parte de Hegel y la fenomenología de la conciencia (añadamos que esta influye mucho en la psicología social, la cual estudia los procesos de identificación de los grupos), pasa por la filosofía existencialista y desemboca en las actuales tesis de, por ejemplo, Charles Taylor o Axel Honneth2. Una sentencia de Taylor («el reconocimiento debido no sólo es una cortesía que debemos a los demás; es una necesidad humana vital»3) resume una postura a la que también se suma, por ejemplo, Iris Young, quien incluso analiza la utilidad del saludo como gesto universal, conocido por todas las comunidades humanas. Este supone pronunciar específicas frases y realizar determinados gestos, dirigiéndose al otro en segundaPage 214persona y no en tercera, y prescindiendo de la forma impersonal del verbo, todo lo cual implica, a su juicio, respeto por la forma en que ese otro se presenta, e implica, en definitiva, no jerarquía sino igualdad y reciprocidad entre quien saluda y es saludado4. Por su parte, Fraser no niega la importancia del reconocimiento pero insiste en que junto a él, y no como una subclase suya sino en el mismo nivel, debe situarse el paradigma de redistribución. Basado en la demanda de inclusión de grupos marginados o en desventaja por razones socioeconómicas, el paradigma de la redistribución explicaría, según Fraser, las reivindicaciones de los movimientos sociales obreros, que junto a las reivindicaciones de reconocimiento, deben constituir las dos caras de la concepción bidimensional de la justicia que ella defiende. En cualquier caso, y como Honneth acertadamente recuerda, el reconocimiento no es una demanda reciente, y cabe rastrearla también en los movimientos emancipatorios del siglo XIX, como los obreros, donde, según han mostrado ya algunos trabajos, la satisfacción por las ofensas al honor ocupaba un lugar más importante si cabe que el de las peticiones de redistribución; pero estas demandas fueron silenciadas por el antinormativismo presente en el marxismo así como por el predominio en su seno de una antropología utilitarista5.

Aun siendo, indudablemente, uno de los cultivadores de esta antropología, John Stuart Mill ya contemplaba algunas de las cuestiones que tienen que ver con la representación política de grupos marginados, ya lo fueran por razones culturales y/o por causas estructurales (y sin olvidar que él utiliza la expresión clase para referirse a toda división social en orden a intereses particulares, que no siempre siguen criterios económicos). Su obra, en la que se recoge una ferviente defensa de la representación pro-Page 215porcional como fórmula para garantizar la representación de todos los ciudadanos, puede considerarse un antecedente de las reivindicaciones de representación política que realizan en la actualidad las llamadas minorías étnicas, los nacionalismos o el feminismo. Al menos, esta sería una conclusión bastante plausible, si aceptamos la opinión, sostenida por Pitkin, de que los proporcionalistas contribuyeron al desarrollo de una concepción descriptiva de la representación política, según la cual, la asamblea representativa debe corresponder lo más exactamente posible con toda la nación, hasta el punto de que algunos de sus defensores utilizaron la metáfora del reflejo en un espejo o de un retrato en miniatura6. Porque, de acuerdo a esta concepción descriptiva de la representación política, lo que se busca es hacer presente al ausente por medio de una imagen semejante a aquello que se representa.

No obstante, Mill no hubiera aceptado algunas de las derivaciones a las que puede llevar la noción descriptiva de la representación política. En primer lugar, no hubiera estado de acuerdo con una representación política como encarnación de grupos con determinadas características, ya que, para un nomi -nalista como Mill, la imagen o representación de un objeto no tiene por qué parecerse al objeto, y afirmar que esto debe ser así necesariamente, constituye para él una falacia «de simple inspección»7. La atención de Mill hacia los grupos excluidos de la representación, fueran estos minoritarios o no, se enmarcaba más bien en una noción de representación que, aunque pueda ca-Page 216racterizarse como descriptiva, se dirigía ante todo a garantizar la presencia de opiniones o intereses distintos a los de la mayo- ría que habitualmente estaba representada, más que a asegurar la presencia física en los parlamentos de individuos portadores de una cultura específica o de determinadas características raciales o sexuales; aunque, para él, era esperable que los miembros de un grupo o de una clase —por ejemplo, la clase trabaja- dora— conocieran mejor que otros individuos ajenos al grupo los intereses de los otros miembros del grupo, por lo que debían tener la oportunidad de erigirse en sus dignos representantes8.

Pero al incidir en cómo la falta de representatividad en las Asambleas representativas de su tiempo influía, no sólo en el bajo nivel de democracia de los gobiernos sino también en las oportunidades que mujeres, trabajadores o individuos de otras razas y nacionalidades tenían de hacerse responsables de sus propias vidas y, sobre todo, de interesarse por el bien común, Mill marca un punto de inflexión en las demandas de inclusión de aquellos individuos marginados de y por la política, no sólo por razón de sus opiniones o intereses sino también por razón de su sexo, extracción social, nacionalidad, religión o raza.

En la actualidad, estos grupos están siendo teorizados como identidades colectivas y culturales, ya que se entiende que las opiniones o intereses de los individuos dependen de la cultura o conjunto de representaciones mediante las cuales se ven a sí mismos, al mundo y a los otros, todo lo cual se considera que se aprende en el seno de los grupos. Y aunque algunas de estas identidades, como la de género o la que se hace depender de la orientación sexual, no son pacíficamente catalogables como «identidades culturales», se ha generalizado esta...

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