La nueva Eurasia: actores y dinamicas.

AutorMart
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  1. EL RETORNO DE EURASIA

Crisis de Europa y retorno de Eurasia

>. El célebre dictum de José Ortega y Gasset inspiró el pensamiento y la acción de varias generaciones de españoles a lo largo del pasado siglo. Fue, también, uno de los presupuestos sobre los que se construyó el consenso que guiara desde la Transición el vector principal de la política exterior española: la inserción de España en el proyecto de integración ahora encarnado en la Unión Europea (UE).

Aunque lejos de haber fenecido, como proclaman con mal disimulada delectación ciertos medios eurófobos, ese proceso ha venido atravesando durante los últimos años una profunda crisis. Una crisis que presenta tres manifestaciones sincrónicas: político- institucional (debida, sobre todo, aunque no únicamente, al rechazo en 2005 del proyecto de Tratado constitucional en Francia y en los Países Bajos); geopolítica (divisiones todavía latentes entre la > y la > Europa y reaparición de proyectos hegemónicos de las grandes potencias, actuando ya sea en solitario o en concierto) y económica (creciente conciencia de la dependencia energética; dificultades para competir con un modelo propio frente a los polos de crecimiento representados por el mundo anglosajón y por Asia Oriental...). La confluencia de estas tres crisis hace que la UE pueda ser percibída como demasiado grande y ajena para gestionar los problemas diarios de los ciudadanos y relativamente pequeña y, sobre todo, dividida, para hacer frente a los grandes desafíos globales.

En la situación actual, y sin riesgo de caer en exageraciones, podría darse la vuelta a la frase de Ortega y afirmarse que, de solución, Europa habría pasado a convertirse en problema. Sería demasiado fácil atribuir la naturaleza problemática de Europa a las sucesivas ampliaciones o incurrir, una vez más, en el recurso de achacar sus males a la distancia entre una elite de eurócratas y unos ciudadanos a los que no se ha sabido, o querido, explicar el sentido y alcance de un proceso supranacional muchas veces interpretado como amenaza a las identidades pre-existentes en los estados nación. Peor sería aún entrar en el terreno de la demagogia, siempre dispuesta a hacer recaer nuestras carencias en el otro, en este caso en el inmigrante o en quien es visto como extraño o ajeno. Desafortunadamente, encontramos, en distintos grados, ejemplos de estas pseudo- racionalizaciones en casi todos los países de la Unión con el riesgo, no sólo en los estados con más reciente o redescubierta tradición democrática, de rupturas en el tejido de la convivencia social.

Precisamente, en el año de la conmemoración del quincuagésimo aniversario de los Tratados de Roma, ésta es la poco halagüeña circunstancia en que nos encontramos y ante la que no cabe cerrar los ojos. Es cierto que el pesimista diagnóstico anterior puede ser contradicho por futuros acontecimientos (1) y ha de ser moderado con referencia a los considerables logros alcanzados, pese a todas las dificultades, en los últimos cincuenta años. Se suele repetir que Europa avanza a impulsos de crisis recurrentes y siempre sale reforzada de las mismas. Una combinación de crecimiento sostenido y recuperación del liderazgo en los países denominados centrales podría operar de nuevo el milagro. O, en el peor de los casos, siempre queda acudir al tópico del ciclista y su mecánico pedaleo: mientras se sucedan las cumbres y reuniones periódicas y no retrocedan las libertades que conforman el mercado interior seguiremos avanzando, aunque sea por inercia (2). Ahora bien, el riesgo de esta concepción pasivamente optimista de las capacidades de la Unión ya sea, en versión minimalista, para perpetuarse en una burocrática rutina o para terminar encontrando, en la versión federalista, energías internas con las que impulsar el proceso político hacia una Unión cada vez más estrecha, es que la misma ignora el cambio cualitativo esencial en que se desenvuelve la actual crisis europea, siendo ésta radicalmente distinta, tanto en sus causas como en sus actuales y potenciales consecuencias, a otras por las que hemos atravesado en el pasado. Nos referimos a la superación de la Europa limitada a la Unión Europea como unidad inteligible de pensamiento y acción ante la aparición de una realidad emergente: Eurasia. Y ello dentro de una más amplia reordenación del sistema internacional provocada por la confluencia --impulsada por el fin de la Guerra Fría-- de las dos principales fuerzas que constituyen la fábrica de nuestro mundo: la geopolítica --la competencia por el dominio del espacio, en sus múltiples manifestaciones, y de sus recursos-- y la globalización, la superación de ese mismo espacio físico por medio de flujos continuos de capital e información, estructurados en redes sin aparente centro ni jerarquía.

La emergencia de Eurasia

¿Qué significa e implica la definición de Eurasia como >, una realidad que engloba y, al tiempo, supera nuestra tradicional y limitada concepción de Europa? Comencemos por intentar aclarar el concepto de >, que tomamos prestado de la moderna filosofía de la ciencia. En este ámbito epistemológico, por emergencia se entiende la aparición repentina o inesperada de una propiedad perteneciente a un nivel de organización > (por ejemplo, los procesos mentales), a partir de una propiedad perteneciente a un nivel de organización > (por ejemplo, las conexiones neuronales) (3). Desde este punto de vista, el concepto de > presupone la división de la realidad en niveles jerárquicamente estructurados, siendo la emergencia el proceso por el cual las propiedades iniciales de un objeto o conjunto de objetos se transforman en propiedades cualitativamente distintas y no reducibles a las previamente existentes. En palabras de Mario Bunge: > (Bunge, 2003).

Aplicando la anterior definición a nuestro propósito, podemos distinguir dos sentidos --cada uno relativo a un nivel distinto, aunque interdependiente, de organización-- en el concepto de Eurasia, entendiendo que éste se refiere a una porción del universo material y no es un mero ente de razón.

  1. En primer lugar, Eurasia como realidad de la geográfica física, es decir, como un macro-continente que se extiende desde los confines occidentales de Europa hasta el extremo oriental de Asia. Eurasia aparece así conformada por un conjunto de ecúmenes interrelacionadas por vínculos y leyes propios del mundo natural. Conviene, además, señalar que, a un mayor nivel de precisión analítica, Eurasia no es tan sólo ese mega-continente resultado de la combinación de piezas en apariencia heterogéneas, sino una unidad básica, o placa litosférica mayor en términos geológicos, de la corteza terrestre. Este recordatorio es necesario porque, gracias a los avances de las Ciencias de la Tierra, sabemos que el concepto tradicional de > desde hace tiempo está en plena revisión, sobre todo en lo concerniente a la clásica división de la superficie terrestre en siete continentes prácticamente estacionarios, independientes y separados por masas oceánicas. Hoy prima, por el contrario, una visión de la Tierra entendida como sistema complejo, dinámico e interdependiente en el que las unidades esenciales subyacentes en el nivel de la corteza terrestre son, precisamente, las placas litosféricas y su milenario deslizamiento sobre el magma delicuescente que compone el interior de nuestro planeta. De hecho, la denominada >, cuyos contornos vienen a coincidir en lo esencial con el espacio geopolítico euroasiático tal y como se entiende en este ensayo (ver infra), es una de las siete principales reconocidas por las más recientes investigaciones. Esas siete placas, que no coinciden necesariamente con la prevaleciente división de la superficie terrestre en siete continentes, son: norteamericana, sudamericana, del Pacífico, africana, euroasiática, austroíndica y de la Antártida (Tarbuck y Lutgens, 2000). Por lo demás, el reconocimiento de Eurasia como categoría geográfica cuenta con una venerable genealogía. El descubrimiento de su intrínseca unidad física se produjo ya a finales del siglo XIX, cuando Eduard Suess definió Eurasia como la entidad > (4).

  2. En segundo lugar, Eurasia como realidad política internacional (geopolítica), es decir, como un sistema donde, por medio de vínculos de intensidad variable, interaccionan, cooperan y compiten por el poder comunidades políticas de naturaleza diversa: estados premodernos y modernos; entes supranacionales o postmodernos (como la propia UE); organizaciones de cooperación/integración económica, comercial, cultural o de seguridad... Y es aquí, en este segundo nivel, donde tiene pleno sentido hablar de > en el contexto en que venimos haciéndolo, por cuanto Eurasia es un todo superior y cualitativamente distinto a la suma de sus componentes particulares. Es más, como afirmábamos en el epígrafe anterior, la aparición de ese todo está alterando de forma sustancial el equilibrio tanto entre sus elementos integrantes como en el interior de los mismos. Ahora puede mejor entenderse nuestra afirmación de que la actual crisis de la Unión Europea es tan sólo auténticamente inteligible desde la perspectiva proporcionada por la emergencia de Eurasia. Una emergencia que, como ocurre con fenómenos similares, implica verdaderamente una transformación cualitativa que da origen a lo nuevo a partir de lo viejo. Pues Eurasia, además de una firme realidad geológica subyacente, ha constituido una unidad geopolítica preexistente y superior a Europa durante la mayor parte del devenir de la humanidad, como ya supo entrever Herodoto al narrar las luchas entre griegos y persas en sus Nueve libros de la Historia (Herodoto, 1998). Es tan sólo a partir de la Edad Media cuando, sobre la identidad de una Cristiandad Occidental opuesta al Islam; en competencia con el Oriente ortodoxo y casi ignara respecto al Extremo Oriente, se erigen barreras en apariencia infranqueables entre sus unidades constitutivas antes de que una de ellas, la Europa occidental y atlántica, se...

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