Narcotráfico, terrorismo y violencia política en México

AutorJesús Ruiz De Gordejuela Urquijo
Cargo del AutorUniversidad Rey Juan Carlos - Madrid
Páginas329-345
NARCOTRÁFICO, TERRORISMO
Y VIOLENCIA POLÍTICA EN MÉXICO
Jesús Ruiz de Gordejuela Urquijo
Universidad Rey Juan Carlos - Madrid
En México se abusa de todo: se abusa de la libertad,
se abusa de la religión, se abusa de la patria.
No podemos ser libres sin la violencia,
religiosos sin fanatismo, patriotas sin fanfarronada.
Sebastián Lerdo de Tejada
(Presidente de la República, 1872-1876)
RAZÓN DE SER
La violencia es la manifestación más irracional del hombre, la que nos
acerca a la bestia y nos separa de la razón y que nos acompaña desde el ori-
gen del hombre. No hay pueblo o nación que a lo largo de la Historia no
haya ejercido la violencia o la haya sufrido, incluso me atrevería a decir que,
en base a esta, se podría escribir la evolución del hombre.
Dada la magnitud de las múltiples manifestaciones que presenta la vio-
lencia en México –y que no es exclusivo de esta nación– este trabajo no pre-
tende, y creo que no sería el lugar adecuado, acometer un estudio general
sino presentar sucintamente ciertos antecedentes históricos que puedan
ayudarnos a comprender la violencia colectiva que ha sufrido esta nación.
Para ello nos centraremos en los dos últimos siglos de esta nación, desde la
Independencia hasta la celebración del Bicentenario. Otro aspecto que nos
interesa reflejar es cómo la violencia afectó a la secular presencia española
en esta nación, mostrando episodios en el que el conflicto hispanomexicano
manifestó estas características y finalmente, centraremos nuestro interés en
el origen y desarrollo del narcotráfico en México hasta nuestros días. Asimis-
mo, no es nuestra intención ofrecer un acopio de cifras y relatos de pasajes
escabrosos a través de estos doscientos años de independencia, sino más bien
presentar los acontecimientos históricos en donde la violencia colectiva jugó
un papel determinante y que mayor huella han dejado en los mexicanos, y
de este modo, intentar entender mejor la cruenta actualidad que tanto pre-
ocupa a la opinión pública mexicana y extranjera.
330 Jesús Ruiz de Gordejuela Urquijo
LA REVOLUCIÓN DE INDEPENDENCIA
El profesor Landavazo1 nos sugiere que en torno a la violencia generada
durante la insurgencia podemos categorizarla de dos maneras: la subversiva
o la empleada por los insurgentes y la represiva, ejecutada por el gobierno
colonial, que aunque similares en esencia, se diferencian en algunas de sus
formas, contenidos y significados, tal y como mostramos a continuación.
La guerra por la independencia mexicana se saldó con múltiples episo-
dios cruentos. Entre 1810, con el grito a Dolores del padre Miguel Hidalgo, y
la independencia en 1821, los españoles residentes en las áreas de conflicto
sufrieron numerosas penalidades. Así entre 1810 y 1815, muchas localidades
pertenecientes a las intendencias de Guadalajara, Zacatecas, Guanajuato,
San Luis Potosí, estado de México y Valladolid sufrieron asaltos, saqueos e
incendios, y los peninsulares que no lograron escapar de la vorágine revo-
lucionaria eran asesinados. Las castas se sumaron al saqueo, incluso al lin-
chamiento de “gachupines”, transformándose en un espectáculo en el que
se mezclaban agravios morales, humillaciones y miserias; y como sostiene
el profesor Eric van Young, todo ello como de un sentimiento primitivo de
justicia social se tratara e impregnado de un fanatismo milenarista que era
alimentado por los sermones de los curas insurrectos. Uno de los primeros
escritos referentes a la Insurgencia y a la violencia antiespañola la encon-
tramos en la carta que dirige el marqués de Rayas al depuesto virrey José
Iturrigaray Aróstegui a mediados del mes de noviembre de 1810. El marqués
contará a su amigo lo sucedido en el asalto a la Alhóndiga de Granaditas en
Guanajuato que, tras cuatro horas de resistencia ante 25.000 asaltantes, más
de un centenar de españoles fueron finalmente fusilados o degollados.
Los escasos derechos individuales y colectivos de los mexicanos fueron
suspendidos y hasta la justicia se militarizó, convirtiendo esta guerra sin cuar-
tel en un continuo ejercicio de violencia política-institucional. En la malvada
“lógica” de la guerra a ellos les correspondía escarmentar a los sublevados.
La respuesta de los militares a la insurrección fue más allá del castigo para
llegar en ocasiones a convertirse en un acto de represión brutal e indiscrimi-
nada. Este ejercicio de terror no sólo se contentaba con acabar con el enemi-
go, también pretendía ejemplarizar al resto de la población con la crueldad
más atroz. Entre los actos de esta índole debemos señalar la decapitación de
los líderes de la insurgencia: el cura Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan
Aldama y José Mariano Jiménez, tras ser ejecutados. Sus cabezas se enviaron
desde Acatita de Baján (Chihuahua) en 1811 a Guanajuato en donde queda-
ron expuestas en jaulas en cada una de las cuatro esquinas de la Alhóndiga y
que no fueron retiradas del lugar hasta la consumación de la independencia
de México en 1821. Otra bárbara muestra de la violencia reactiva lo compo-
nen prácticas como el descuartizamiento de los cuerpos de los insurgentes
1 Landavazo, Marco Antonio. “Guerra y violencia durante la Revolución de Independencia de
México”, en Tzintzun, nº 48, julio-diciembre de 2008, pág. 15.

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