Éxitos y fracasos de la Sociedad de Naciones: Del litigio sobre las islas Âland a la Guerra de España

Autor:David Jorge - Javier Maestro Bäcksbacka
Cargo del Autor:Universidad Complutense - Madrid
Páginas:129-144
ÉXITOS Y FRACASOS DE LA SOCIEDAD
DE NACIONES: DEL LITIGIO SOBRE
LAS ISLAS ÂLAND A LA GUERRA DE ESPAÑA
David Jorge
Javier Maestro Bäcksbacka
Universidad Complutense - Madrid
INTRODUCCIÓN
La Sociedad de Naciones supuso el primer intento de organización de una
vida en común a escala universal y en base a un sistema de seguridad colectiva,
enmarcado en una dinámica promotora de las relaciones a nivel multilateral
entre los diferentes Estados. Se trató de un ambicioso proyecto que aspiraba
nada menos que a reformar el sistema de relaciones internacionales imperan-
te en el mundo durante siglos, el cual ya se había visto alterado de hecho con
su mundialización a raíz de la reciente guerra de 1914-19181, y a conjugar los
diferentes intereses estatales en torno a un sistema universal de derecho. Un
poder basado en el número de hombres, en la extensión de dominios territo-
riales y en la cantidad y modernidad del armamento en posesión debía dejar
paso al poder de la negociación, del diálogo y del entendimiento. Una tran-
sición de la fuerza a la palabra, la cual debía articularse en base a los princi-
pios del nuevo organismo societario y cuyo objetivo primordial no era otro
que evitar un nuevo trauma colectivo como el que había significado la Gran
Guerra. Para ello resultaba necesaria la ingente labor de orquestar un orden
internacional capaz de proporcionar estabilidad, lo que en última instancia
siempre viene a depender, como acertadamente ha constatado alguien como
Kissinger, “del grado de conciliación que consiga respecto de lo que hace que
las sociedades constitutivas se sientan seguras con lo que consideren justo”2. Y
en el caso de la Sociedad de Naciones se adoleció de ambos requisitos: ni sig-
nificó seguridad, ni en su seno imperó la justicia.
1 Neila Hernández, José Luis. “La Paz de París y la configuración del nuevo sistema internacio-
nal (1919-1923)”, en Pereira, Juan Carlos (coord.): Historia de las Relaciones Internacionales Contemporá-
neas (2ª edición actualizada), Barcelona, Ariel, 2009, págs. 323-324.
2 Kissinger, Henry. Diplomacia, Barcelona, Ediciones B, 2010, pág. 20.
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El nuevo proyecto se dotó desde el primer momento de un sostén absoluta-
mente clave: el Pacto de la Sociedad de Naciones (Covenant), compuesto por
un preámbulo y veintiséis artículos. Contó asimismo con un hándicap de naci-
miento importante: la ausencia de los Estados Unidos entre sus miembros, al
haber sido rechazada su incorporación por parte de un Senado de marcado
carácter conservador. Tras la aprobación del Tratado de Versalles y el regreso
del presidente Woodrow Wilson a Washington procedente de suelo francés,
había tenido lugar una lucha enconada entre partidarios y detractores de la
Sociedad de Naciones. Desde el Comité de Relaciones Exteriores senatorial,
dominado por Henry Cabot Lodge, se allanó el camino hacia el establecimien-
to de una política exterior aislacionista y al margen del proyecto societario3.
No se trataba, ni mucho menos, de una ausencia anecdótica. El origen del
ideal societario había estado en el último de los famosos catorce puntos expues-
tos ante el Congreso por Wilson4 como los objetivos de guerra nacionales, y
el propio texto del Pacto estaba en clara relación con los mismos. Pese a que
el ideal societario había tenido su más remoto origen en una sugerencia bri-
tánica, a ésta le había dado forma el propio presidente estadounidense5. Que
el propio país desde el cual se había promovido el proyecto no formara parte
del mismo constituyó ya el primer paso en falso en su existencia. Si bien otros
países de enorme relevancia, como la Unión Soviética o Alemania, tampoco
formaron parte de la Sociedad de Naciones en un primer momento, sí se lle-
garon a integrar más tarde. Washington nunca dio tal paso. De esta manera,
el desarrollo de la labor en Ginebra –ciudad designada como sede del nuevo
organismo– quedó fundamentalmente en manos de los designios guberna-
mentales de Londres y París, si bien en el segundo caso de forma más ficticia
que real, pues Francia venía mostrando un progresivo –a la par que disimula-
do– debilitamiento desde la segunda mitad del siglo XIX.
La década de los años veinte se inició en la esfera de las relaciones interna-
cionales, pues, con políticos, periodistas y diplomáticos de diferentes países,
creencias e ideologías esbozando el proyecto societario en el Hotel Nacional
de Ginebra, edificio que albergó la sede de la Sociedad de Naciones durante
su primera etapa de vida –hasta la puesta en pie del Palais des Nations en
1936–. Durante el período de entreguerras no existió un claro predominio
por parte de una potencia en concreto, a falta de un claro heredero de los
imperios o naciones que otrora habían ostentado el liderazgo mundial. En
medio de tal orfandad se fraguó el contexto en el cual tuvo lugar el naci-
miento de un proyecto como el de la Sociedad de Naciones. Pronto naufra-
3 Torre, Rosario de la. La Sociedad de Naciones, Barcelona, Planeta, 1977, págs. 67-69.
4 Elaborados con la inestimable colaboración de un grupo de expertos, entre los cuales desta-
caba especialmente el periodista Walter Lippmann, quien poco tiempo después alcanzaría un enorme
prestigio con una obra de referencia como Public Opinion (1922). El último de los puntos expuestos por
Wilson esbozaba la siguiente idea: “Una asociación general de naciones debe formarse bajo convenios
específicos, con el fin de ofrecer garantías mutuas de independencia política e integridad territorial de
igual modo tanto para grandes como para pequeños Estados”.
5 Para un análisis de cómo se gestó la creación de un organismo como la Sociedad de Nacio-
nes, véase Kissinger, Henry. Diplomacia…, págs. 232-233.

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