El derecho penal fascista y nacionalsocialista y la persecución de un penalista judío: el caso de Marcello Finzi

Autor:Francisco Muñoz Conde
Páginas:331-338

Texto de la conferencia pronunciada en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Módena, Italia, el día 27 de enero de 2005, con motivo de la Giornata della Memoria, en la Marcello Finzi, Giurista a Modena. Universitá e discriminazione razziale: tra storia e diritto. Hay versión italiana de Luigi Foffani.

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Hace ya algunos años un grupo de intelectuales, de diversa nacionalidad y procedencia ideológica, se reunían en la Universidad de la Sorbona para discutir sobre un tema que llevaba como título genérico: ¿Por qué recordar? ("Pour quoi se revenir?"). El objeto de referencia de este coloquio era naturalmente el Holocausto, la terrible matanza de judíos y de otras muchas personas, que se produjo en los Campos de Concentración y de Exterminio ("Konzentrations-und Vernichtungslager") durante el dominio del régimen nacionalsocialista en Alemania (1933-1945).

¿Por qué recordar cuando ya han muerto no sólo las víctimas, sino también los verdugos de aquellas atrocidades, cuando ya han pasado sesenta años de las mismas?

¿Para mantener vivo el rencor y el odio entre sus herederos?

¿Para que no se olvide lo que entonces pasó, y al recordarlo continuamente evitar que vuelva a pasar en el futuro?

¿Como aviso a las nuevas generaciones quizás?

¿Cómo un acto de Justicia, o como uno de Piedad para las víctimas?

Todas éstas y otras muchas cuestiones tuvieron que plantearse necesariamente, incluso como cuestiones jurídicas y no puramente morales o filosóficas, cuando a comienzos de los años 60 del pasado siglo, a raíz de los primeros procesos ante la Justicia alemana contra algunos de los responsables del Holocausto, empezó, primero como táctica exculpatoria de los acusados, luego de una forma más general, una campaña en algunos medios de comunicación y en algunos círculos pretendidamente intelectuales, en la que se negaba que hubiera existido el Holocausto, que realmente hubieran sufrido y muerto tantos millones de personas encerradas en los Campos de Concentración y Exterminio esparcidos por Alemania y diversos países del Este europeo antes y durante la II Guerra Mundial.

De pronto los verdugos responsables de aquélla monstruosidad, aparecían como víctimas de burdos engaños urdidos por los vencedores para desacreditar el régimen nacionalsocialista. Las pruebas contundentes, los testimonios de miles de personas, los millones de muertos, las cámaras de gas y los hornos crematorios, no eran, según estos "revisionistas" de la Historia, más que un invento.

Naturalmente, nada de esto encajaba con las propias declaraciones y confesiones de los inculpados en los Juicios de Nüremberg, que nunca negaron la atrocidad evidente de tales hechos, y que todo lo más alegaron tímidas excusas de ignorancia de la

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ilicitud, de obediencia debida a las órdenes superiores del Führer, o incluso el argumento de que permanecieron en sus puestos aún conociendo tales atrocidades, para evitar males mayores, para reducir el número de víctimas, o en hacerles sufrir lo menos posible, mandándolas a esterilizar en lugar de gasearlas en los Campos de exterminio, o enviándolas, por ejemplo, a Dachau (Campo de Concentración) en lugar de a Auschwitz (Campo de Exterminio), etc.

Esta campaña de "Negación del Holocausto" llegó a tal nivel que el legislador alemán se vio obligado a tipificar como delito lo que se llamó la "Auschwittzslüge", la "Mentira de Auschwittz", castigando con pena de prisión el hecho de negar la existencia del Holocausto o de exaltar a sus autores.

Desde entonces no han faltado tanto en Alemania, como en otros muchos países, campañas que, de un modo u otro, han pretendido seguir negando la evidencia. Sólo que algunas de esas campañas han sido llevadas de forma más inteligente y refinada. Ya no se trata de negar el Holocausto, sino de atribuírselo a unos pocos fanáticos que ya fueron juzgados y condenados, o murieron en el transcurso de los años. Según esta nueva versión oficial, acogida con entusiasmo incluso por quienes no profesan ideologías extremistas, los otros responsables pertenecientes a la Administración de Justicia, a la Universidad, al Ejército, etc., del Estado nazi o fascista, apenas fueron contaminados por dichos regímenes, y si tuvieron alguna intervención o colaboración con ellos, ésta fue forzada, obligada casi por las circunstancias, limitándose la mayoría a adoptar una actitud pasiva, poco entusiasta, escasamente relevante, a la espera de mejores tiempos en los que poder volver a mostrar una actitud más liberal e incluso tolerante con los judíos y con personas pertenecientes a otras etnias o razas, o con los disidentes políticos. De ahí que no hubiera ningún problema en recuperarlos después para la democracia y que volvieran a desempeñar sus trabajos en puestos académicos, políticos, económicos o administrativos importantes, que desempeñaron de forma eficaz e incluso brillante.

Por eso, cuando, en las investigaciones más recientes, una vez superada la Guerra Fría con la caída del Muro de Berlín, y los Archivos existentes de aquella época han podido ser consultados libremente, empezaron a aparecer nombres apenas sospechosos de haber tenido ideas afines con el nazismo o el fascismo, y que, sin embargo, habían colaborado estrechamente e incluso fueron en parte sus legitimadores, muchos aún o han salido de su asombro y se niegan a aceptar lo que cada vez es más evidente: Que muchos de los más grandes artistas, filósofos, científicos y juristas, la mayoría de ellos famosos profesores de las Universidades más prestigiosas del mundo habían puesto sus conocimientos, su arte, su ciencia, al servicio del régimen más criminal que ha conocido la Historia. Así entre los músicos destaca la figura de Richard Strauss; entre los filósofos la de Heidegger; entre los físicos la de Heisenberg (Premio Nobel); y entre los químicos la de Buttenandt (Premio Nobel). Pero es entre los juristas y profesores de Derecho, donde más se dio sin problemas ese trasvase camaleónico del régimen nazi al democrático. Figuras como la del constitucionalista Theodor Maunz, el civilista Larenz, o el filósofo Heinrich Henkel, que se habían destacado como los grandes constructores jurídicos del...

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