Un mundo sin mapas.

AutorTomassini, Luciano
CargoOpini

EL MUNDO EN LA ERA DE LA GLOBALIZACIÓN

Hace dos años escribía en Estudios Internacionales: >. Atribuía allí a ese cambio cultural la transformación que ha experimentado el sistema internacional durante el último período (1). El nuevo sistema internacional tenía, según aquel análisis, una extrema volatilidad y planteaba una pregunta similar a la que se formulaba un panadero del siglo XVI con aficiones metafísicas ¿qué queda del queso cuando los gusanos se lo han comido todo y solo quedan sus hoyos? (2).

En ese artículo, después de pasar revista a las principales escuelas que han tratado de dar una explicación global acerca de la estructura del sistema internacional, y de fundamentar su estado de indeterminación y fluidez actual, mencionaba dieciséis casos que demostraban la capacidad interpretativa que poseía la escuela de interdependencia compleja nacida a finales de los años sesenta, que sigue siendo su mejor interpretación contemporánea en comparación con la escuela realista, y presentaba otros dieciséis casos que permitían apreciar la magnitud de los cambios que experimentó dicho sistema (3).

Dos años después procuraré describir someramente los grandes problemas que concitan la preocupación de los actores del actual sistema internacional por la vía de un comentario informal y no erudito acerca de ellos (4). Mientras que la publicación de hace dos años tenía detrás una concepción global del actual cambio cultural, estos comentarios carecen de toda visión general, pese a lo cual los fenómenos en que se centra confirman la dirección de las transformaciones antes reseñadas. Hace apenas un cuarto de siglo el mundo se encontraba dominado por los problemas de la guerra fría, de la carrera nuclear, de la desigualdad inherente al comercio internacional, de las consecuencias de la expansión de las corporaciones transnacionales, de la pobreza y el subdesarrollo o de la cooperación económica internacional. Algunos de esos desafíos han perdido relevancia y, en todo caso, en conjunto han dejado de monopolizar el escenario global. Otros problemas que estaban presentes y sobre los cuales no se había tomado suficientemente conciencia en la comunidad internacional se han inscrito en la agenda mundial, como los límites del crecimiento, identificados con precisión en la Conferencia de Estocolmo de las Naciones Unidas en 1972, o la presión demográfica de los países en desarrollo sobre las naciones industrializadas. La actual agenda internacional no solo incorpora nuevos temas y presenta bajo nuevas luces cuestiones antiguas sino que, al hacerlo, altera profundamente la estructura y el sentido del sistema internacional que imperó durante la última posguerra el cual, por lo demás, proyectó las consecuencias del proceso de industrialización que vivieron las grandes potencias durante el siglo XIX y el nacionalismo consolidado en el siglo XVII.

Durante los últimos años, el cambio de la agenda internacional alteró profundamente la estructura del sistema, lo que no ocurrió de inmediato ni debido a un solo factor, como pudo ser el final de la guerra fría en 1989.

En 1989 presenciamos de qué manera se derrumbaba esa división que parecía permanente. Durante ese año no pasó ni una sola semana sin que la antigua Unión Soviética asombrara al occidente, que había estado convencido de que la ideología y el poder del comunismo en ese país permanecería intacto por lo menos cien años después de la revolución soviética de 1917>> (5).

Sin embargo, los problemas internacionales más relevantes del siglo XXI no se alinearían como en el pasado en torno a unos pocos ejes constituidos por la ideología, el poder militar y la geografía. Por eso, como anticipaba el autor de este comentario en el artículo publicado el 2006 en esta revista, el actual sistema internacional es menos estructurado, más imprevisible y más volátil que el escenario tradicional. Aquí se relevarán someramente algunas de las cuestiones que han introducido en ese escenario este cambio estructural: la de la evolución experimentada por los poderes tradicionales, la del desafío planteado por las potencias emergentes, la del impacto internacional de la industria financiera, la de la crisis alimentaria, y el problema energético mundial. En un artículo de opinión no hay espacio para mencionar todos los temas que han influido en este cambio, ni para aportar nuevos antecedentes sobre cada tema, sino solo para generar una visión de conjunto acerca de la magnitud del cambio experimentado en la agenda y en el sistema internacional a causa de esos hechos.

LA TRANSFORMACIÓN DEL TABLERO INTERNACIONAL

Alexis de Tocqeville predijo hace dos siglos en La Democracia en América que Rusia y América del Norte serían en el futuro las potencias dominantes. Su profecía fue cumplida. Pero nunca como ahora habían surgido dudas plausibles de que esta situación continuaría en los próximos cincuenta años. La pregunta acerca de si los Estados Unidos podrá volver a ganar una guerra dadas las características que estas han adoptado ahora y si se aproximan a una recesión preocupan tanto a ese país como a los del resto del mundo. Es cierto que, aunque atenuados, el crecimiento de su economía y de su capacidad tecnológica continúan liderando el desarrollo mundial. Los pies de barro de dicho proceso están en su sistema financiero, que ha sufrido las presiones de ese dinamismo económico y del aumento del ingreso de los norteamericanos medios, del aumento del riesgo empresarial y del consumo privado, y la pérdida de seguridad de los valores hipotecarios y su impacto en la industria bancaria, en los fondos financieros y capital de portafolio, que en septiembre de 2008 el gobierno federal procuró revertir mediante la intervención de Fanny Mac y Freddy Mac, dos empresas que habían adquirido los dos tercios del valor de las hipotecas.

Entre las tareas pendientes que amenazan seriamente la economía americana se encuentran las de mejorar sus servicios de salud y de introducir en el sistema una cobertura universal que alcance a los 50 millones de norteamericanos que carecen de servicios médicos, lo cual podría costar entre 100 y 200 miles de millones de dólares. Ello incide en el debate sobre la carga impositiva que requiere ese país y si es conveniente o no echar marcha atrás en los recortes que efectuó el presidente Bush. Desde hace tiempo preocupa también el endeudamiento que mantiene el gobierno con los fondos de pensiones de los trabajadores norteamericanos. Republicanos y demócratas, McCain y Barak Obama, están profundamente divididos frente a esos problemas. Esa división es muy aguda en tomo a cuestiones morales como el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Llama la atención enseguida que, deliberadamente o no, aquí no se haga figurar en primer lugar los desafíos planteados por Irak e Irán a los Estados Unidos. El aspecto menos negativo de Bush ha sido probablemente su política exterior y dentro de ella la construcción de puentes con la Unión Europea, tarea en que el presidente fue ayudado eficazmente por su Secretaria de Estado Condoleeza Rice y por la elección de Sarkozy en Francia. Pero las guerras libradas por ese país en el Golfo, Afganistán e Iraq, como antes en Vietnam, y sus consecuencias, han sido un fracaso, sobre todo en el mediano plazo. El desmantelamiento de Iraq y su división entre shiitas, sunitas y kurdos no han sido mitigados, pese a la importante presencia de los Estados Unidos, que terminará este gobierno con más de cien mil efectivos en territorio iraquí.

Habiéndose desovietizado, por lo menos en lo formal, Rusia continúa siendo un problema internacional, sea por su centralización, por su forma de utilizar su poderío petrolero o por su rol amenazador en lo que fue el imperio soviético, que estima debe continuar siendo su esfera de poder. El verticalismo ruso no ha variado ni durante el imperio de los zares, ni durante el régimen soviético ni tampoco en la actualidad. El apoyo de que goza Putin se debe en parte a su control de la política, el...

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