El microcrédito en el África occidental: Los pequeños préstamos son gran alivio para la pobreza.

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DAKAR - Para una joven campesina carente de ingresos, de instrucción y de perspectivas de futuro en su pequeña aldea, la emigración a un pueblo o a la gran ciudad constituía el único modo de incrementar los ingresos familiares, conquistar un futuro y, a veces también, escapar a la dura realidad de la vida.

Esta doble perspectiva - ganar dinero y labrarse un futuro - indujo a Salima a trasladarse a Dakar hace 15 años. Sin embargo, la atracción ejercida por la urbe resultó ser un espejismo. Cuando Salima tenía 35 años, su marido la dejó sola con cuatro hijos. La carencia de recursos la obligó a trasladarse a un poblado chabolista situado a escasos kilómetros de la capital, en el que pasó muchos años vendiendo pescado a comisión.

En 1993, Salima se afilió a una asociación de ayuda a la mujer y allí conoció la existencia del programa de asistencia a la pequeña empresa de Gand-Yoff, localidad cercana a Dakar. Salima quería establecerse como trabajadora autónoma y montar una pescadería en el mercado. Con ayuda de una ONG local, consiguió un préstamo de 75.000 CFA (138 dólares), amortizable en el plazo de un año. Al cabo de tres años, el negocio generaba suficientes beneficios para permitirle contratar a otras dos mujeres que le ayudasen a absorber la mayor carga de trabajo generada por el incremento de la actividad.

En la actualidad, Salima tiene una vivienda digna y es capaz, no sólo de mantener a la familia, sino también de enviar a sus hijos a la escuela. Asegura que "he recobrado mi dignidad de mujer y de madre. Sin la confianza que depositaron en mí los miembros de mi asociación y el esquema de ahorros y créditos a la mujer de Gand-Yoff, jamás me habría atrevido a montar un negocio."

La historia de Salima no es única. Es una entre los casi ocho millones de personas que han utilizado unos préstamos mínimos para liberarse de los grilletes de la miseria y superar una situación de indefensión y vulnerabilidad.

Una herramienta de liberación económica y social

La microfinanciación, o microcrédito, es, escuetamente, un cauce para que los sectores menos solventes económicamente de la población consigan pequeñas sumas de dinero en forma de préstamos a corto plazo, concedidos a un tipo de interés muy inferior al del mercado. Al inicio del programa, los préstamos concedidos no llegaban a 30 dólares. En la actualidad, el montante oscila entre los 100 y los 500 dólares, y los créditos se destinan principalmente a la creación de los puestos de trabajo más idóneos para ayudar a subsistir a los núcleos familiares más afectados por la crisis económica.

Por otra parte, más allá de la dimensión meramente financiera, los programas de microfinanciación repercuten igualmente en el desarrollo local. Los esquemas influyen en diversos segmentos, como la agricultura (grupos rurales, cooperativas agrarias, organizaciones agrícolas profesionales), la artesanía (grupos artesanales y asociaciones de mujeres artesanas), la financiación de la economía social (planes de crédito y ahorro, bancos rurales) y la protección social (sociedades médicas, centros de atención primaria). Esto hace que los programas contribuyan a facilitar el acceso a los principales servicios sociales, de asistencia sanitaria y de planificación familiar, así como al agua potable.

Otra característica distintiva de esta iniciativa es que descansa sobre unos regímenes de seguros y unas redes tradicionales de solidaridad relativamente eficaces y estimulantes de la amortización puntual de los préstamos. Además, la aplicación de estos esquemas también enriquece las posibilidades de desarrollar programas de formación, específicamente en el desarrollo local y la gestión empresarial.

Los desafíos de los institutos de microfinanciación

La microfinanciación disfruta de una creciente popularidad, especialmente entre las mujeres, que generalmente han sido ignoradas por la banca comercial. Los institutos de microfinanciación han venido a revolucionar los métodos bancarios tradicionales. Mediante la adopción de unos esquemas operativos innovadores, como las garantías solidarias y los créditos colectivos, y gracias a su proximidad a los usuarios, estos institutos han demostrado que esas personas, no sólo son capaces de regentar microempresas rentables, sino también de afrontar los tipos de interés de mercado, siempre que éstos le otorguen acceso a unas actividades económicamente rentables.

La tasa de amortización del 98 por ciento que se registra en el África subsahariana y en otras regiones demuestra que la concesión de préstamos a los más pobres no sólo constituye una vía de escape a la miseria, sino también un modo de fomentar el desarrollo económico y de aliviar las cargas de unas administraciones públicas que, de no existir estos esquemas, habrían tenido que aliviar directamente el problema.

Entre las iniciativas más fructíferas destacan la Red de Ahorro Popular de Burkina Faso, la Red Kafo Jiginew (Sindicato Cerealista) de Malí, y la Alianza de Crédito y Ahorro para la Producción (Alliance de Crédit et Epargne pour la Production: ACEP) de Senegal.

Desde hace algunos años, la mayoría de las instituciones financieras internacionales han venido manifestando un vivo interés por esta nueva herramienta de ayuda al desarrollo. Varias agencias bilaterales y multilaterales comprometidas con la microfinanciación acordaron la creación de un "Grupo de Consulta para la Ayuda a los Más Pobres". La Secretaría del Grupo tiene su sede en el Banco Mundial y la OIT pertenece a su Comité Ejecutivo. Gracias a la labor de la nueva institución, muchos responsables de la toma de decisiones han adquirido conciencia de la eficacia de este sector. Por otra parte, la Cumbre del Microcrédito celebrada en Washington en 1997 constituyó un importante punto de inflexión en el desarrollo de la conciencia de las importantes repercusiones de la actividad microfinanciera. El objetivo consiste en beneficiar a más de 100 millones de familias de aquí al año 2005.

Para lograr este objetivo, muchas ONG se están desdoblando en verdaderas instituciones de microfinanciación, capaces de hacer efectivos los beneficios generados, con el fin de resultar económicamente viables y convertirse así en proyectos rentables. Este discurso económico es esencial para esas instituciones, dado que el mismo supone aumentar su capacidad de intervención rápida y de ganar en credibilidad a los ojos de sus socios financieros.

Es de subrayar, no obstante, la necesidad de lograr un cierto equilibrio, dado que un énfasis excesivo en la rentabilidad excluiría a quienes inicialmente más necesitaban la ayuda, como ocurriría, por ejemplo, si se llevase a cabo una selección excesivamente restrictiva de los potenciales prestatarios. Por el contrario, una perspectiva estrictamente social llevaría a las instituciones, bien a fijar unos tipos de interés excesivamente bajos, bien a mostrarse demasiado generosas en la concesión de los préstamos, con lo que arriesgarían su supervivencia.

En opinión de los expertos, las organizaciones activas en este sector deben mejorar su eficacia y sus medios de actuación, y se debe promover una vinculación más estrecha de aquéllas con los principales organismos oficiales. El programa AMINA, creado en 1997 por el Fondo Africano de Desarrollo (FAD) se inserta en esta estrategia.

AMINA ofrece una extensa gama de servicios orientados a fortalecer la capacidad de los distintos agentes sociales interesados (ONG, mutualidades de ahorro, cajas rurales) para ofrecer unos servicios financieros duraderos a los microempresarios y otras capas desfavorecidas. Esta colaboración se debe orientar específicamente a promover la formación en el análisis financiero, la gestión de cartera, el seguimiento de las operaciones de crédito y el desarrollo de un sistema de información computerizado.

Otro importante objetivo del programa consiste en la creación de un marco regulador adecuado y transparente que genere un entorno favorable a la prestación de servicios de microfinanciación. Por lo que respecta a los criterios inspiradores de la realización de las actividades del programa, es de subrayar que éste afecta a países miembros del Fondo Africano de Desarrollo que padecen los mayores índices de pobreza, en los que existen instituciones de microfinanciación muy activas y unas estructuras descentralizada de toma de decisiones que permiten abordar con criterios participativos la lucha contra la pobreza.

En el plano de la administración pública, es de subrayar que las autoridades también prestan un apoyo importante, por ejemplo, mediante la creación de bancos de fomento y desarrollo y de fondos de garantía, y la adopción de medidas tendentes a inducir a la banca comercial a financiar las pequeñas explotaciones. En 1996, el Gobierno de Burkina Faso lanzó su primera emisión de bonos del Tesoro por un montante total de 5.000 millones de CFA (10 millones de dólares), cuyo producto se destinaría a financiar las asociaciones locales de crédito y ahorro, las ONG y diversos esquemas de gestión de centros rurales de microfinanciación.

Además, con objeto de financiar un proyecto de ayuda a las microempresas rurales, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) ha concedido un préstamo de 12 millones de dólares de Estados Unidos al Gobierno de Burkina Faso. El proyecto está específicamente dirigido a las mujeres del medio rural, los jóvenes empresarios, los agricultores pobres, los artesanos y los dueños de explotaciones. En el marco de esta iniciativa, se prestará a unas 3.000 personas la asistencia técnica y financiera que precisan para crear o ampliar sus explotaciones sin abandonar el medio rural.

La experiencia de la OIT

El fomento del empleo y la lucha contra la discriminación ocupan un lugar destacado en la escala de prioridades de la OIT. En efecto, la Organización lleva bastantes años patrocinando programas dirigidos a colaborar con los gobiernos africanos en la aplicación de políticas económicas orientados a la promoción del empleo, la creación de pequeñas y microempresas y la mejora del acceso a la microfinanciación y a su utilización. Resulta ejemplar al respecto la efectividad mostrada por el programa ACOPAM en los países del Sahel. Este programa ha contribuido especialmente a fomentar el empleo femenino y ha hecho posible que unas 40.000 personas se estableciesen como trabajadores autónomos, gracias a las cooperativas de crédito y ahorro y a los bancos de cereales.

Aprovechando su extensa experiencia en este campo, la OIT desarrolla actualmente un programa conjunto con el Banco Central de los Estados del África Occidental. Financiado por Alemania, Noruega y los Países Bajos, PASMEC (Programa de Asistencia a las Cooperativas y Sociedades de Crédito y Ahorro) apoya la promoción de sociedades de crédito y ahorro y de otros institutos de microfinanciación de la subregión, con objeto de facilitar el acceso de los más desfavorecidos a los servicios financieros.

La filosofía del programa consiste en servir de puente entre las autoridades financiera y las iniciativas que operan por regla general al margen de todo marco regulador, mediante el intercambio de información, la recogida de datos (se han incorporado al programa más de 170 instituciones, representativas de 2.280 asociaciones locales y de una cifra superior a 700.000 beneficiarios), la actividad formativa y la prestación de servicios personalizados de consultoría.

La Unidad de Finanzas Sociales de la OIT (UFS) administra el PASMEC y otros programas. La UFS es el referente de la OIT en el área de la microfinanciación y gestiona un espectro de proyectos de investigación y cooperación técnica orientados a la identificación y eliminación de los factores que limitan el acceso a los servicios de crédito, ahorro, seguros y otras prestaciones financieras. La Unidad también analiza las políticas financieras desde la perspectiva de su repercusión en el empleo y la pobreza. PASMEC es el principal programa aplicado por la UFS en el África occidental.

La OIT se esfuerza igualmente por promover la igualdad entre los sexos a través de la cooperación técnica. En este contexto, destacan dos programas orientados a colaborar con las mujeres empresarias:

Programa Internacional para la Pequeña Empresa (ISEP): El objetivo de este programa, iniciado en 1998, es promover el crecimiento de las pequeñas y microempresas en situación precaria, en especial de las regentadas por mujeres.

Programa Internacional en Favor de Más y Mejores Empleos para la Mujer (WOMEMP): Este programa, lanzado en 1997, no sólo está dirigido a las mujeres empresarias, sino también a las mujeres trabajadoras. Su objetivo consiste en erradicar la discriminación sexual en el empleo y la actividad profesional, al tiempo que se procura ofrecer a la mujer unos puestos de trabajo que contribuyan a erradicar la pobreza y promuevas un desarrollo sostenible.

En toda su actividad, la OIT demuestra, no sólo su interés en el desarrollo de la empresa, sino también que las mujeres constituyen un importante grupo de interés que debe ser rescatado, a la mayor brevedad posible, del círculo vicioso de la discriminación social y económica.

Globalmente, la actividad de microfinanciación parece arrojar resultados positivos en este continente, a pesar de algunas deficiencias puntuales, tanto organizativas como de gestión, causadas por la inexperiencia de algunos grupos locales y de ciertas ONG. El sistema, por sí sólo, no es el remedio universal de todos los males que aquejan al microempreario, que a menudo se ve sometido a otras presiones de índole administrativa, fiscal, comercial o de recursos humanos.

Por otra parte, la microfinanciación es incapaz de superar todos los obstáculos al desarrollo. Más allá del acceso a los medios financieros, existen necesidades sociales y problemas vitales que las autoridades y los agentes sociales deben abordar utilizando los medios y conceptos adecuados.

Bernard E. Gbézo es periodista y economista social; trabaja en París y ha escrito este artículo por encargo de Trabajo.