Marcel Merle (1923-2003)

AutorRoberto Mesa
Páginas11-13

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Aquel Invierno del año 1970 fue muy duro. El terror del Proceso de Burgos helaba los corazones de los españoles. En el Bois de Vincennes, donde el Teatro del Sol representaba el mítico 1789, los termómetros bajaron a veinte grados bajo cero. En París, los sevillanos recitábamos el poema de Pepe Hierro, Los andaluces: «Decían: Ojú que frío...».

El 30 de diciembre, serían las cuatro de la tarde, anochecía y nevaba, me encaminé hacia un pequeño café de la Plaza de la Sorbona, junto a la librería de Presses Universitaires de France. Tenía una cita con el Profesor Merle. Sólo sabía de él que era un especialista que, desde el campo del Derecho Internacional Público y de la Sociología, estaba renovando el estudio de las Relaciones Internacionales en Francia. Su presencia física ya me agradó desde el principio. Su aspecto, no sé por qué, cosas de la literatura, me recordaba a alguien entre Jean Gabin y el Presidente Pompidou. Él todo era una especie de Inspector Maigret. Tenía la campechanía de un francés de la Francia profunda, no de un parisino. Era de Saumur, localidad de tradición militar, en la Maine-et-Loire, donde había nacido un 23 de agosto de 1923. Lo conocí, pues, en su plena madurez intelectual.

El motivo de aquella cita invernal no era fácil. Un joven y desconocido profesor español llevaba una encomienda. Había recibido el encargo de Alianza Editorial de traducir una selección de textos realizada por Marcel Merle, titulada L´anticolonialisme éuropeen de Las Casas à Marx. Su edición nos parecía, al editor, Javier Pradera, y a mí mismo, excesiva en cuanto a los autores franceses y mínima frente al pensamiento español y portugués; sólo se citaban unos párrafos de la obra más divulgada en Francia del trianero Bartolomé de Las Casas.

Tras las presentaciones, cortesmente francesas, le expuse a Marcel Merle mi pretensión: descargar la edición francesa de autores que yo creía prescindibles y multiplicar la nómina de españoles y portugueses. Con una sencillez que me desarmó, dijo: «Mire, desconozco el español y el portugués; en cuanto a la doctrina francesa, comparto sus reproches. Lo que quiero decirle es que tiene las manos absolutamentePage 12 libres». Su generosidad no se detuvo ahí. Me permitió no sólo rehacer la versión española, sino incluso prologarla y firmar los dos su autoría. Cuando, poco después, se realizó una edición portuguesa se hizo sobre la española. Aún recuerdo su encanto ante la portada de Daniel Gil. Aquel...

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