Los Límites del liberalismo

Autor:Pilar González Altable
Páginas:141 - 163

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Introducción

Hoy podemos decir de forma generalizada que la democracia liberal ha triunfado. Dado que, como muy bien plantea M. Escamilla (2007: 271-2), se ha mostrado como uno de los mejores sistemas políticos de los que han existido hasta el momento, sobre todo por los resultados que ha producido en los países que funciona, donde existe más bienestar humano que en ninguna otra parte y que en ninguna otra época de la historia de la humanidad.

Pero, al mismo tiempo, es un hecho que las sociedades liberales occidentales están acosadas por una multitud de problemas sociales cuyo curso, de acuerdo con muchos críticos, tanto desde dentro como desde fuera del pensamiento liberal, se vincula en última instancia a una cultura del individualismo yPage 142a una descomposición de los valores comunes de la que el pensamiento liberal por sí mismo es responsable (S. Scheffler, 1994).

La mayoría de las críticas van encaminadas a poner en tela de juicio la fundamentación individualista del modelo liberal de sociedad, en la medida en que ella no puede explicar la adhesión de los sujetos aislados al ideal democrático común.

Es evidente que, mientras la tendencia de esta crítica se encamina a afirmar la necesidad de una mayor unidad y cohesión social, la idea de una sociedad liberal, como una única comunidad nacional con una cultura común, está también bajo ataque, pues el incremento de poblaciones diversificadas trae conflictos, con sus propias historias de exclusión y acomodación de las demandas del multiculturalismo y del pluralismo cultural.

La reflexión en torno al paradigma de la comunidad política liberal se ha centrado en una serie de puntos neurálgicos, que han puesto al descubierto una serie de debilidades de las te orías liberales, como han mostrado los debates contemporáneos entre liberales y comunitaristas, entre universalistas y relativistas; debates que han provocado que la teoría liberal reflexione sobre cómo abordar el desafío creciente que han supuesto las reivindicaciones multiculturales de reconocimiento de las diferencias y de la afirmación de la cultura propia como componentes esenciales de la identidad personal de cada individuo, etc.1.

Los defensores de la identidad cultural atacan el universalismo antiparticularista porque unifica y uniformiza el mundo, suprimiendo las singularidades que lo hacen tan atractivo. Pero el dilema del relativismo se origina, según J. J. Sebreli (1992), cuando las identidades culturales entran en contradicción con los conceptos de «libertad», «igualdad», «derechos humanos», «individualidad», etc., ante los cuales no puede mantenerse una neutralidad moral o simplemente decir que se trata de una cuestión de «preferencias».

El relativismo limita su igualitarismo al respetar las diferencias, pero olvida que esas diferencias pueden ser la conse-Page 143cuencia de la desigualdad. Y no hay que olvidar que diferencia y desigualdad no son lo mismo2.

La característica de esa forma nueva de comunidad humana es, principalmente, que se trata de una sociedad profundamente heterogénea, compuesta por culturas diferentes, cuya complejidad ha supuesto un desafío para las sociedades democráticas liberales contemporáneas, que ha hecho que los teóricos políticos intenten proporcionar una fundamentación de las estructuras normativas de nuestras sociedades, proporcionando un mínimo universalizable que permita la convivencia y, por tanto, resuelvan el problema de la acción colectiva o conjunta, posibilitando al mismo tiempo el florecimiento de la individualidad (M.ª P. González Altable, 1999: 157).

En este contexto, el multiculturalismo obliga a las democracias a replantear sus propios fundamentos legitimadores, como son la igualdad de derechos, de oportunidades, de representación etc., y a tener en cuenta que el debate sobre el multiculturalismo es un debate sobre cómo podemos gestionar el espacio público, o dicho de otra forma, cómo incluir en el espacio público las distintas realidades multiculturales existentes en el espacio privado (R. Zapata, 2003).

El problema es, en definitiva, cómo articular las diferencias dentro de una estructura común.

Por ello, la reflexión sobre la democracia liberal ocupa un lugar central, ya sea desde el punto de vista normativo, como desde un análisis más empírico o cientificista del mismo. Quizás eso se deba, como ha señalado Fernando Vallespín, a que es un curioso concepto que parece requerir escasas condiciones mínimas, pero que nunca consigue saciar las expectativas que genera. La democracia no es sólo una forma normal de gobierno sino también un ideal cargado de valores como «justicia», «libertad», «igualdad», «respeto», etc. Y este ideal que sustenta el concepto de democracia hace que difícilmente podamos darnos por satisfechos con cualquiera de sus distintas concreciones y nosPage 144permite también emprender una continua evaluación crítica de la realidad política. En suma, se hace necesaria una clara elaboración de los aspectos normativos del concepto de democracia y una reflexión sobre sus principios y valores básicos.

Por ello, no es extraño que esta elaboración haya venido acompañada de una reivindicación del papel de la tolerancia liberal y democrática como elemento esencial para lograr la armonización dentro de una sociedad plural como la nuestra. Una tolerancia basada en el reconocimiento mutuo y la aceptación mutua entre visiones del mundo divergentes3.

Una concepción democrática liberal de la sociedad tiene que aceptar la división, las contradicciones, la pluralidad, aunque admita al mismo tiempo un terreno común compartido: la aceptación concertada de las reglas del juego democrático, la posibilidad de la discusión, la tolerancia a través del discurso y la aceptación de unos valores y principios políticos básicos comunes (libertad, igualdad, justicia, respeto) que permitan la convivencia entre esa pluralidad de opciones.

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El problema viene cuando tenemos que determinar qué interpretación de esos principios es la más adecuada para que realmente se logre ese equilibrio que permita la convivencia entre distintas formas de vida. Ello supone, sin duda, un desafío para los que reflexionan sobre la posibilidad de encontrar un ideal de justicia que pueda funcionar como ese mínimo universalizable que permita la realización del ideal democrático liberal. En este punto, me parece imprescindible, aunque sea breve, la referencia a la tradición de pensamiento liberal y, en concreto, a la aportación de John Stuart Mill, en la medida en que nos pone de manifiesto cómo desde la modernidad ya existía una clara interrelación entre democracia liberal, tolerancia y autonomía.

Además, el ensayo «Sobre la libertad» de Mill es, como señala I. Berlin, un maravilloso libro-fuente para los problemas que platea la construcción de una filosofía política liberal coherente.

Mill, como otros pensadores de la modernidad (Rousseau, Hume o Kant), coloca la autonomía en la base de su respectivo sistema de pensamiento y con todos ellos hemos aprendido la importancia de darse a sí mismo las propias normas y elegir libremente la forma de vida a la que nos vinculamos. Los proyectos de vida de cada uno son respetables, no porque contengan elecciones con las que nos identificamos, sino más bien porque respetamos el hecho de que sean los individuos quienes decidan sobre sí mismos. Mill claramente argumenta a favor de la libertad y esto no significa que se atribuya igual valor al resultado de todas las elecciones sino, más bien, que se apoya explícitamente el «derecho» de cada uno a elegir y su autonomía en la elección (R. del Águila, 2004: 17).

Según Mill, la libertad y la democracia hacen posible la excelencia humana. La libertad de pensamiento, de discusión y de acción son condiciones necesarias para el desarrollo de una mente independiente y del juicio autónomo; son vitales para la razón o racionalidad humana. En este sentido, Mill marcó ampliamente el rumbo del pensamiento democrático liberal moderno (D. Held, 1992).

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Mill, como señala F.R. Berger (1984), puso de manifiesto dos ideas básicas que son centrales para el pensamiento contemporáneo: por un lado, que el principio de libertad descansa en una concepción del individuo como autonomía y que, por tanto, el individuo es soberano; y, por otro, el reconocimiento de la dimensión social del hombre de la existencia de una pluralidad de formas de vida y el derecho de cada uno a construirse su propia vida.

De esta forma, como señala Rafael del Águila, John Stuart Mill ha descrito un concepto de autonomía en el que la autonomía sirve a la elección de los fines vitales de los individuos. El principio es, por tanto, el de la libertad y la autoexpresividad individual casi absolutas, y con una única limitación: la del daño que nuestras acciones y elecciones pudieran generar en terceras personas:

La única parte de la conducta de cada uno por la que él es responsable ante la sociedad es la que se refiere a los demás. En la parte que le concierne meramente a él, su independencia es, de derecho, absoluta. Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu el individuo es soberano (..). (Por tanto), la única finalidad por la cual el poder (individual o colectivamente) puede, con pleno derecho, ser ejercido sobre un miembro de una comunidad civilizada, contra su voluntad, es evitar que perjudique a los demás

(John Stuart Mill, 1970: 66, 65).

De esta forma, nos encontramos en Mill4 una afirmación de la autonomía individual, no sólo frente al Estado sino también frente a la tiranía de los muchos (opinión pública, costumbre etc.). Y, al mismo tiempo, una defensa de la diversidad, del pluralismo que nos permite aprender de lo diferente y elegir de acuerdo a nuestras inclinaciones, impedir el peligrosoPage 147aumento del poder del Estado o de la mayoría, etc. (R. del Águila...

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