Introducción

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Según Eugenio Garin, el interés de los humanistas renacentistas por la dignidad del ser humano consistiría en "intuiciones, más que en hipótesis teóricas bien fundadas o técnicas precisas"1. Se puede matizar sin embargo este planteamiento, mostrando que existe, al contrario, alguna coherencia y una cierta continuidad entre aquellas intuiciones, de modo que un discurso de la llamada dignitas hominis haya podido articularse a lo largo del Renacimiento, con incluso, importantes precedentes durante la Edad Media2. La extraordinaria variedad de fuentes que nutren este discurso podría dejar suponer que éste no fuera homogéneo, sino basado en una proliferación de aproximaciones, distintas unas de otras. Al contrario, y a pesar de ciertas diferencias y matices, muchos humanistas renacentistas celebran el valor del ser humano y definen su dignidad, en un mismo marco intelectual y espiritual, recurriendo a las mismas fuentes, desarrollando sus argumentos de una forma muy similar y llegando a conclusiones parecidas.

Para entender este discurso, se debe definir brevemente este marco mediante la identificación de tres fenómenos históricos e intelectuales: el Rena-cimiento, su relación con la Edad Media y por fin, el humanismo. El Rena-cimiento hace referencia a la historia cultural europea entre los siglos XV y XVI, aunque existan algunos precedentes en el siglo XIV3. Entre 1350 y 1560,

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la sociedad europea occidental conoce una revolución espiritual en varios ámbitos, que alcanza sus más altas manifestaciones en los últimos setenta años de este periodo4. Sin embargo, el análisis del discurso de la dignitas hominis no puede limitarse estrictamente a esas fechas, en la medida en que la historia de esta idea forma parte de un "espíritu renacentista", es decir, el del tránsito a la modernidad5, que supera esos rígidos límites temporales6. La ética de este tránsito a la modernidad no descarta la ética protestante, pero se centra particularmente en la ética del humanismo que es una ética de la libertad, que prescinde de la gracia divina para la plena realización del ser humano7. La imagen de Francesco Petrarca (1304-1374) es conocida: al contemplar las ruinas de Roma, define la Edad Media de "oscurantismo", considerando que una nueva época esperanzadora está abriéndose el camino, a través del redescubrimiento de la Antigüedad8. Este redescubrimiento da cuenta de una fractura, de una separación entre este periodo y el Renacimiento, que permitiría al individuo renacentista darse cuenta del sentido histórico de su existencia (lo que no

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significa tampoco que el individuo del Medioevo no tuviera una conciencia histórica de su vida)9. A partir de la segunda mitad del siglo XV, ciertos acontecimientos tales como la caída de Constantinopla en 1453, el descubrimiento de América en 1492, y la invención de la imprenta en 1443 provocan, como señala Stefan Zweig10, una "aceleración del destino" de Europa. Por primera vez en siglos, Europa vive una experiencia colectiva feliz que enriquece su existencia. El orden heredado de la Edad Media se altera: la nobleza se hunde, las ciudades prosperan, la burguesía se consolida, los campesinos se empobrecen, el comercio y el lujo florecen y la humildad sumisión a los dogmas de la Iglesia se quebranta. El Renacimiento sería por tanto una época de aceleración del progreso cultural, científico y social. Es más precisamente en el arte donde surge este concepto, tal como lo escribe Giorgio Vasari (1511-1574) en Le Vite (1550). Al artista italiano, le parece que nada puede frenar el progreso de las artes de modo que un día podrán superar y dominar totalmente la naturaleza11.

De hecho, y en su análisis de la historia de la cultura, Johan Huizinga apunta que "(...) la persona que concibió claramente el acontecimiento renacentista como un hecho histórico acaecido en un momento preciso del pasado, y que al mismo tiempo derivó la forma italiana equivalente de la palabra Renacimiento del latín renasci, aplicándola particularmente a la restauración artística y confiriéndole por lo tanto carácter de concepto de la historia del arte, fue Giorgio Vasari (...). La palabra rinascita se convirtió para él en designación permanente del gran acontecimiento de la reciente historia del arte"12. El Renacimiento contempla su cultura como la expresión de un progreso en todos los ámbitos, en comparación con la Edad Media. Se apoya, además, en un retorno a la Antigüedad romana y griega que juzga como superior13. En este sentido, Rodolfo Mondolfo defiende que "la idea de progreso humano, que tiene sus antecedentes y sus primeras manifestaciones en el pensamiento griego, se afirma como solución histórica del conflicto entre Antigüedad y modernidad en la época del Renacimiento"14. Para los humanistas, lo importante es devolver al

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ser humano su capacidad para controlar su destino. Así, y en el ámbito de la pintura, Ernst Cassirer apunta que durante la Edad Media, se representaba la fortuna como una rueda que cogía a los hombres en sus giros ya elevándolos, ya precipitándolos en el abismo. En el Renacimiento, se simboliza al contrario como una vela que gobierna la nave junto con el hombre al remo15. El individuo renacentista empieza no sólo a tener una nueva conciencia histórica de su existencia sino que dirige también su rumbo. El Renacimiento no concibe al ser humano como un ser pasivo sino como un actor que puede forjar su propio destino. La decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina que Julio II encarga a Miguel Ángel (1475-1564) refleja esta idea según la cual "Dios se ha hecho hombre para que el hombre pueda hacerse Dios". Miguel Ángel responde a ello en su representación de la perfección del hombre y de su cuerpo. Frente a la centralidad del ser humano, el resto del mundo se convierte en un símbolo fijado en la historia. Sólo el ser humano tiene dignidad, como única criatura configurada sobre la imagen divina. Como apunta Giovanni Gentile, la "conquista del concepto de hombre en el Renacimiento" se desarrolla en torno a la posición del hombre respecto a Dios y al resto de la naturaleza16. El discurso de la dignitas hominis no es una crítica de Dios ni de la religión. Al contrario, su objetivo es conciliar la excelencia divina con la naturaleza y la vida humanas. En definitiva, y como veremos más adelante, la fundamentación rena-centista sobre la dignidad del ser humano consiste, en gran parte, en definir y recortar la distancia entre Dios y el ser humano, prescindiendo de los dogmas religiosos.

Por otro lado, la situación política de este periodo puede explicar el nuevo interés intelectual y espiritual por entender la condición del ser humano. En efecto, según Jakob Burckhardt, la estructura política de las ciudades-Estados (como Florencia) tiende a homogeneizar las clases, favoreciendo la igualdad entre personas, y supuestamente, la aparición de las ideas de individuo y de su dignidad17. También, un supuesto "humanismo cívico" habría contribuido a este cambio. La "crisis de 1402" (provocada por la muerte del duque de Milán, Gian Galeazzo Visconti, haciendo campaña para tomar Florencia), habría despertado el compromiso político de algunos humanistas (tales como Coluccio Salutati y Leonardo Bruni) y dado nacimiento a un primer Renacimiento. Artistas y humanistas habrían empezado a tener una conciencia más nítida de los valores que la ciudad de Florencia representaba con, en particular, el

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de la libertad18. En definitiva, las primeras causas del Renacimiento en Italia serían la "libertad del espíritu individual" junto con su situación socio-política19. Este patriotismo es también una exaltación de la Roma antigua hacia la cual la Regnum Italicum debe tender. Otras razones pueden ser estrictamente de orden político, tales como la inseguridad de "Italia" (en los siglos XIV y XV en particular) y la aversión de una elite intelectual y social hacia el Estado pontificio20.

Después de haber definido el Renacimiento, conviene matizar su supuesta oposición con la Edad Media y, en particular, en relación con la formación filosófica y moral del concepto de dignidad del ser humano. Por un lado, el discurso renacentista de la dignitas hominis surge como reacción frente a posturas que han defendido la miseria hominis, y que se han desarrollado principalmente durante el Medioevo, en los escritos sobre el "Desprecio del Mundo" (Contemptu Mundi) cuyo ejemplo más conocido (pero no único) es el De Contemptu Mundi Sive de Miseria Conditionis Humanae (Del Desprecio del Mundo o la Miseria del Hombre) de Lotario de Conti di Segni (futuro Inocencio III), publicado en 119521. Para criticar aquellas representaciones pesimistas del ser humano, escritos sobre la dignitas hominis se plasman en el centro del humanismo renacentista, como exaltación del ser humano, confiando en sus capacidades y su destino22. Pretenden celebrar las excelencias de la naturaleza humana frente a las tesis que contemplaban su miseria. Como indica Javier Ansuátegui, la "incuestionable originalidad del Renacimiento" es la "explosión del individuo", desinhibido de prejuicios y condicionamientos de origen medieval. Esta desinhibición, como "contraste con el panorama anterior", se produce a través de un doble proceso: la secularización y la racionalización. El discurso renacentista de la dignitas hominis supone efectivamente la consideración del ser humano como "centro de referencia" con la "potenciación en

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la apreciación de sus capacidades, de las cuales la principal es la razón"23. Se reconoce entonces una libertad inherente al ser humano que ningún tipo de determinismos religiosos o sociales pueden ni deben limitar. El asunto áureo de la dignidad del hombre aparece precisamente cuando el dogmatismo medieval cede parcialmente ante la secularización renacentista24. Según Jaume Vicens Vives, existe entre Renacimiento y Edad Media una "divisoria decisiva: la desempeñada por la crítica de la razón frente a un...

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