Introducción

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INTRODUCCIÓN
Se ha dicho que los derechos culturales son una de las categorías menos aventajadas de los de-
rechos humanos. Ponerlos en práctica, hacerlos posibles, palpables en un proceso sencillo, libre y
recíproco de intercambio, es una tarea enorme que pocas veces ha sido reconocida en su correcta
dimensión.
En nuestro país la necesidad de comunicación plasmada a través de una expresión artística y cultu-
ral se encontraría trunca y silente de no ser por la inestimable aportación de personas que aprecian
y viven con toda intensidad el lenguaje de la imagen. Es por eso que los derechos humanos nece-
sitan de testimonios de esta naturaleza para despertar el interés y propiciar la refl exión que muy
pocos han desarrollado.
La vivacidad natural del lenguaje iconográfi co, expresado en términos de derechos humanos, enla-
za a la vida y a la realidad cual expresión integral de la persona. Vista así, como esa entidad indivi-
sible, única, dotada de dignidad. Hablamos entonces de un espacio artístico que nos pertenece por-
que tiene relación directa con cada uno de nosotros y nuestro medio. En consecuencia, debemos
asumirnos como interlocutores válidos del patrimonio cultural y acudir a su encuentro, postergado
inexplicablemente por tanto tiempo.
La esencia de los derechos humanos requiere de interpretaciones apegadas a la vida cotidiana. La
vista de las imágenes exige que estemos preparados para apreciar la belleza, conmovernos ante el
mensaje puro que nos trasmite un mundo expresado en símbolos… y para compartir las sensacio-
nes que dan alimento y cobijo a la personalidad del ser humano.
Así, hay que dar el justo lugar a los derechos culturales y reconocer su importancia en el desarrollo
de las sociedades. El principio básico es la comunicación. Debemos ser movidos por la interde-
pendencia que permita nuestra transformación continua y no por juicios de valor que sobrevaloren

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