La independencia como un hecho revolucionario

Autor:Antonio Remiro Brotons
Cargo:Catedrático Emérito de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid. Miembro de l'Institut de Droit International.
Páginas:1-12
 
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La independencia como un hecho revolucionario
DOI: 10.17103/reei.34.01
Antonio Remiro Brotons
No es necesario ser un jurista particularmente despierto para advertir que la
independencia de Cataluña sería un hecho inconstitucional carente de respaldo en
normas internacionales. Declaraciones suscritas por constitucionalistas e
internacionalistas españoles así lo han constatado. A los primeros les ha bastado
recordar que la soberanía nacional reside en el pueblo español (artículo 1.2 de la
Constitución) y que ésta se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación
española, patria común e indivisible (artículo 2). Los segundos, urgidos por la
invocación del Derecho Internacional como fundamento jurídico de la ley 19/2017
(del Referéndum de Autodeterminación), aprobada por el Parlament, se vieron en la
necesidad de recordar que Cataluña no encajaba en ninguno de los supuestos en
que el Derecho Internacional reconoce un derecho de separación a una entidad
territorial de un Estado soberano. Dicho en otros términos, a menos que se
modifique la Constitución o el Derecho Internacional tome otra dirección, la
independencia de Cataluña sólo puede ser la consecuencia del éxito de un hecho
revolucionario.
El jaque a la unidad de España por el procés separatista ha acaparado el interés
político e informativo, como un problema hinchado por sus protagonistas que ha
desviado la atención de las cuestiones realmente importantes para la vida del
común de las gentes. Oyentes y televidentes, más preocupados seguramente por
cuestiones sociales, han podido tener la impresión de que España se componía de
Cataluña y dieciocho más, a saber, las dieciséis Comunidades y dos Ciudades
Autónomas que, con Cataluña, articulan territorialmente el Estado. Una sensación
de hartazgo se ha ido expandiendo entre la ciudadanía no nacionalista, al que se ha
unido la animadversión a medida que la ‘cuestión catalana’ se trufaba de deliberada
confusión conceptual, mentiras, lenguaje ofensivo, montajes publicitarios y dosis
masivas de victimismo, hasta el punto de que, como reacción, dentro y fuera de
Cataluña, los españoles han reconquistado los símbolos de la identidad colectiva
que habían sido usurpados por los grupúsculos franquistas. En su afán por
internacionalizar el procés, los independentistas atrajeron a un cierto número de
académicos y movimientos extranjeros que, a titulo gratuito u oneroso, evidenciaron
su frivolidad al pronunciarse en términos que parecían ignorar la condición de
España como un Estado democrático miembro de la Unión Europea, y se atrevían a
especular con la secesión de Cataluña como remedio a una posible violación grave
de los derechos fundamentales de su población por un Estado opresor y represor
controlado por los pimpollos del neofascismo.
Es este el motivo principal que me impele a redactar estas líneas, de manera que la
libertad de opinión no parta de la intoxicación previa de un relato mendaz hecho por
plumas interesadas en satisfacer un objetivo, la independencia, por encima de toda
consideración jurídica e, incluso, moral.
El hecho revolucionario

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