Identidad e Inmigración (o la lucha contra la inmigración como actividad estatal de supervivencia)

AutorJosé Luis Rey Pérez
Cargo del AutorUniversidad P. Comillas de Madrid
Páginas271-282

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Cuando desde ciertos sectores se rechaza al inmigrante se suele hablar de identidad. Parece, para quienes esgrimen estos argumentos, que su identidad se ve amenazada por la llegada de personas con otras culturas y otras costumbres. Sin embargo, los que enarbolan la bandera de la identidad muchas veces no saben de lo que están hablando. La identidad, si es que alguien sabe lo que es, no consiste, desde luego, en algo estático, sino en algo en permanente proceso, en constante construcción. El rechazo al inmigrante basado en argumentos de identidad refleja, sin duda, una cara más de una de las cuestiones acuciantes de nuestros días: el debilitamiento del Estado nación. Éste reacciona ante su fragilidad asumiendo la lógica neoliberal y tratando de fortalecerse en el plano de la seguridad, extendiendo ésta hasta la cuestión de la inmigración. El inmigrante amenaza la seguridad que otorga la identidad. Sin embargo, la crisis de identidad se debe más al debilitamiento de las estructuras de protección social propias del bienestar, que a la llegada de personas de otras naciones. Sólo reforzando su dimensión social el Estado podrá sobrevivir.

1. La crisis del estado nación en un mundo globalizado

El concepto de globalización que hoy inunda nuestras páginas y nuestras discusiones no es pacífico. Hay algunos autores que señalanPage 272 que más que vivir la globalización, lo que se está acentuando es la internacionalización de las economías1. Este último no sería, desde luego, un fenómeno nuevo; consiste tan sólo en la apertura de las economías nacionales al exterior con una vocación expansiva. Existe desde la aparición misma del comercio. El Mediterráneo, sin ir más lejos, fue el escenario privilegiado de la internacionalización de las economías de un conjunto de pueblos que entraban en relaciones comerciales con la intención de obtener un provecho mutuo. No obstante, parece que la globalización quiere denotar algo que está más allá de esta realidad. Al fin y al cabo, con el auge del Estado nación, durante los últimos siglos y hasta tiempos muy recientes, los gobiernos eran capaces de intervenir en las economías e incidir también en las relaciones económicas internacionales, regulando, por ejemplo, cupos de importaciones y exportaciones. Con la globalización, ese poder del Estado habría terminado. El Estado nación, que vive momentos de debilidad hasta ahora nunca conocidos, se ve incapaz de incidir en la vida económica, debido a un proceso de deslocalización. Las empresas actúan a nivel global, sitúan sus domicilios en el lugar que más les interesa económicamente, escapando a la regulación estatal2. El mercado ha pasado, así, a ser trasnacional, las empresas carecen de nacionalidad o adoptan la que más les conviene económicamente, operando a lo ancho y largo del planeta. La economía se mueve a escala global, mientras que la política lo sigue haciendo a nivel nacional.

Esto se produce, además, en un contexto de crisis del Estado de bienestar. Aunque no se haya materializado en excesivos recortes en lo que a gasto social y programas estatales se refiere3, sí quePage 273 existe una conciencia de crisis desde los años 70 que no se ha terminado de resolver. Una conciencia que ha sido en cierto sentido creada por quienes estaban interesados en poner fin a las instituciones de protección del bienestar, subrayando la fractura financiera y la inviabilidad presupuestaria del Estado social. En este proceso, las empresas en el mundo globalizado debilitan más y más estas instituciones, trasladando, por ejemplo, los centros de producción y de trabajo a aquellos puntos en los que la protección al trabajador, pilar central del Estado social, no existe. Ponen bajo amenaza las instituciones de bienestar aunque, al mismo tiempo, se beneficien de ellas cuando operan en mercados estatales ordenados por la presencia de un gobierno estatal. Se da la paradoja, mucha veces denunciada, de que las empresas huyen a países donde la presión fiscal es menor o inexistente, no contribuyendo así con el sostenimiento de instituciones de las que se benefician en los países de los que fiscalmente huyen4.

Presentar la crisis del Estado de bienestar como una crisis exclusivamente financiera no es algo inocente. Responde a la intención neoliberal de presentar la globalización como su solución. Reduciendo el Estado a la simple función de defensor y protector del mercado, más en concreto, de los derechos de propiedad empresariales, el Estado se colocaría en el papel que le corresponde, superándose así la situación de bloqueo de las instituciones de bienestar. Esta interpretación unidimensional de la crisis del Estado social no es del todo cierta, porque el recorte de ayudas y de protección que viene de la mano del neoliberalismo ha forzado en ocasiones a los gobiernos a aumentar el volumen de protección social si pretendían no dejar caerPage 274 a sus ciudadanos en la miseria y en la exclusión, sólo que ahora lo hacen con menor margen de actuación, ya que la regulación de las actividades empresariales escapa a su posibilidad de actuación5.

Y es que, de alguna forma, la crisis del Estado de bienestar no es económica; crisis económicas hay y habrá siempre y afectarán a los modelos estatales sean éstos cuales sean. Si existió una crisis fue sobre todo de legitimidad, al no ser las instituciones de bienestar capaces de colmar las demandas crecientes y variadas de los ciudadanos, quebrándose así el consenso del que durante tres décadas gozó el Estado social6.

La globalización es la cara más visible de la crisis del Estado nación. Una crisis que se percibe a distintos niveles y desde perspectivas diferentes. Por un lado, la descrita hasta ahora, la económica, que cierra al Estado la posibilidad de intervenir y de regular la actividad mercantil. Las decisiones en este ámbito corresponden sólo a las empresas multinacionales que se guían por la persecución del máximo beneficio.

La crisis se percibe también con el fenómeno de la inmigración. Los movimientos migratorios siempre han existido. Pero es ahora, cuando la realidad económica rompe las fronteras estatales, cuandoPage 275 se ha incrementado y se percibe la debilidad de las categorías e instituciones donde se asentaba el Estado nacional. La ciudadanía basada en el lugar de origen parece no ser ya una categoría del todo útil, porque no sirve para fomentar y afrontar los movimientos migratorios7. Y es que la globalización no tiene, en...

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