Una historia contemporánea a propósito de las mujeres en la guerra y en la paz

Autor:Monserrat Huguet
Cargo del Autor:Universidad Carlos III - Madrid
Páginas:239-260
UNA HISTORIA CONTEMPORÁNEA A PROPÓSITO
DE LAS MUJERES EN LA GUERRA Y EN LA PAZ
Montserrat Huguet
Universidad Carlos III - Madrid
INTRODUCCIÓN
La historia de la cultura insiste en considerar que dar muerte es cosa de
hombres, mientras que las mujeres se ocupan de procrear y proteger la vida.
Ellas han cuidado a los niños y a los ancianos, alimentando a su especie y pro-
curando su perpetuación. Así, lo propio del género femenino –siguiendo la
tradición discursiva y de la representación cultural de las mujeres– es tomar-
le la medida a los desastres para luego evaluar con tono firme la dimensión
de la destrucción. Siguiendo con este registro, parecería cierto pues que a las
mujeres les ha costado más trabajo que a los hombres dar muerte a otros con
violencia. Las asesinas ocasionales –las psicópatas que se han dedicado al cri-
men cotidiano en ausencia de campos de batalla donde blandir armas– apare-
cen como figuras anormales porque se alejan, con brutalidad o refinamiento in-
teligente, de la natural inocencia femenina. En la guerra además las mujeres se
cobijaban en la retaguardia, auxiliando a los desvalidos, ocupadas en las viejas
tareas asistenciales. Tras las líneas de combate las mujeres caen en los hábitos
rutinarios, se echan una mano, las unas a las otras (siempre que ello no concul-
que la tarea de protección de la camada), buscan alimento y trapichean con
ropa y combustible; incluso, y sin que nadie se lo pida, median en los conflictos
para apaciguar los rescoldos de la batalla. Cooperación, solidaridad, diálogo y
paz son cuatro términos modernos que se han aplicado a las mujeres afanosas
cuando, a propósito de las guerras, desempeñan su acción en la esfera pública.
Allí –suponemos– ellas instigan la paz y la justicia, de acuerdo a formas de ac-
tuación que provenían de los usos habituales en la esfera privada, esto es en la
retaguardia amable del cambio político y social. ¿Será todo cierto?
A pesar de que las mujeres han sido ahistóricas casi siempre1, sabemos que,
de una manera u otra, han luchado en las guerras y lo han hecho de dos for-
1 Anderson, Bonnie, S. et alii. Historia de las mujeres: una historia propia (1988), Barcelona, Críti-
ca, 2009.
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mas: la primera y más asumida socialmente hablando, en la retaguardia, ocu-
pándose de tareas asistenciales. La segunda, en el frente. Es aquí donde han
encontrado mayores obstáculos, pues la mayor parte de las culturas han otor-
gado la ocupación de la guerra a los varones. No obstante, y fruto del tesón
histórico, las mujeres se fueron incorporando a la tarea de la defensa de las
sociedades principalmente en la edad contemporánea. En las siguientes líneas
mencionaré algunos aspectos a mi juicio relevantes en este recorrido.
MUJERES EN LA TROPA
En la guerra, y cuando se les daba la oportunidad, las mujeres sacaban la
naturaleza peculiar de su resistencia y cualidades militares, mostrando capacida-
des y destrezas que tiraban por tierra los prejuicios relativos a su inadecuación
para el combate por razones físicas y de educación. Sin embargo, el proceso fue
lento y no siempre continuo. Al estallar una guerra las mujeres lloraban amarga-
mente, sabedoras de la magnitud de la desgracia en ciernes. Muchas generacio-
nes acumulaban la dolorosa experiencia de la pérdida y de la destrucción. Ello
no significaba que las mujeres no fuesen patriotas, como veremos más adelante.
Bien al contrario, la identidad de la Patria ha sido siempre femenina, en térmi-
nos culturales e iconográficos2. En Francia, a comienzos de la Gran Guerra, el
día en que las tropas partían al frente: “(…) Cada fila (de soldados) arrastra a gru-
pos de mujeres en estado de delirio, desmelenadas, que lloran y ríen, y ofrecen su talle y su
pecho a los héroes, así como a la patria, que besan los rostros húmedos de los rudos hombres
en armas y gritan su odio, que las desfigura, contra el enemigo3.
Una vez iniciado el conflicto llegaba la profunda decepción, al compro-
bar ellas en los campos y hospitales que la guerra solo era una matanza de
jóvenes. Ciertas preguntas vulgares comenzaban a aflorar en las conversacio-
nes de mujeres en las cocinas, de modo que la hostilidad entre las naciones
se volvía de pronto algo abstracto e incomprensible en términos cotidianos.
¿En qué podía haber contravenido un bosque alemán a un viñedo francés, o
un campesino bávaro a un tendero parisino? Los supervivientes desertaban
y no por ello les consideraban cobardes sus mujeres4. En los hospitales de la
retaguardia las mujeres –muchas de ellas señoritas ociosas en la vida civil– te-
nían que vérselas con sangrías, amputaciones y gritos de dolor. Las voces soe-
ces las envolvían noche y día. Con todo, aprendían a enfrentarse al horror
poniendo en la tarea su mejor cara. Además, en los acantonamientos, las
jovencitas proporcionaban a los soldados ciertos cuidados íntimos impensa-
bles en tiempos de paz. Ellos las aclamaban cantando tonadillas en las que
se alababan los encantos de una mujer. Las coplas enardecían los cuerpos
agotados de los jóvenes soldados.
2 Véase la imagen de la Marianne francesa, Agulhon, M. y Bonté, P. Marianne, les visages de la
Republique, París, Décuvertes Galimard, 1992.
3 Chevallier, Gabriel. El miedo (1930), Madrid, El Acantilado, 2009, pág. 23.
4 A propósito del soldado desertor en la Gran Guerra, la obra del húgaro Zilahy, Lajos. El deser-
tor (1930).

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