De la guerra perenne a una paz precaria: las relaciones internacionales y el proceso de la civilización

Autor:Paloma García Picazo
Cargo:Profesora Titular de Universidad de Relaciones Internacionales (UNED)
Páginas:15-48

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Pues el hombre es un ser animado [...] como lo testimonian muchas acciones propias de su género. Entre éstas, entre las que son propias del hombre, está el deseo de comunidad, o sea, de sociedad, no de una sociedad cualquiera, sino de una tranquila y ordenada según su propio entendimiento, con los que son de su mismo género. A ésta la llamaban los estoicos oíkeosin. [...] el Derecho no se ha establecido por la sola utilidad. No hay Estado tan fuerte que no pueda alguna vez necesitar la ayuda de la fuerza, ya sea para su comercio, ya para defenderse de la fuerza de otros muchos pueblos unidos contra él. Y, por lo mismo, vemos a poderosísimos pueblos y reyes buscar alianzas. Restan valor al Derecho quienes lo encierran dentro de los confines del Estado. Es totalmente cierto que todo se torna inseguro, cuando uno se aparta del Derecho. Si no hay comunidad que pueda mantenerse sin el Derecho, como lo demuestra Aristóteles [...] es también cierto que aquella comunidad que liga al género humano o a muchos pueblos entre sí tiene necesidad del Derecho.

Grocio, Hugo, «De Iure Belli ac Pacis, "Prolegómena"» III, 6; VIII, pp. 22 y 23 (1625) Del Derecho de Presa. Del Derecho de la guerra y de la paz, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1987, ed. P. P. Mariño.

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1. Injusticia global: aspectos actuales de viejos desórdenes

El desarrollo de la técnica, la internacionalización de los capitales y la revolución en los medios de comunicación han hecho del mundo contemporáneo una realidad social cada vez más interdependiente y global, pero no menos conflictiva ni más segura

: así diagnostica el profesor Carrillo Salcedo el estado de las cosas de un mundo que emprende, según un cómputo occidental, la travesía de un tercer milenio1. Carrillo Salcedo sitúa a la humanidad comprendi da en el concepto de «mundo contemporáneo» ante una realidad social que ha avanzado en sus aspectos, por así decirlo, «materiales», pero que, por un economicismo mal planteado desde un comienzo2 ha marginado a una mayoría moral de esa misma humanidad, sometiéndola a grados inauditos de privación, indefensión, pobreza, miseria... Injusti cia, en suma, en su grado máximo. Hablar de «paz» en tales circuns tancias es, cuando menos, una especie de aberración intelectual y ética, en tanto que la situación que afecta a varios miles de millones de seres humanos parece avalar la terrible y famosa sentencia de Thomas Hobbes (1588-1679): «Y la vida del hombre es solitaria, pobre, desagrada ble, brutal y corta»3. ¿Qué es la vida para una mayoría de los que viven en «The Rest», según la línea divisoria establecida por S. P. Huntington para formular las proféticamente auto-cumplidas guerras de un futuro, por lo demás, inmisericorde e inminente? 4. Esto, Carrillo Salcedo lo define con mayor propiedad y habla, con Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino, de «pueblos crucifica dos», pacientes de esa pobreza que es, según Federico Mayor Zaragoza «la única realidad globalizada», que deja a un 85 por 100 de la población mundial al margen de lo que se conoce como «sociedad de la información», en datos de Alejandro Llanos 5. ¿Es esto una novedad?

2. Guerra y paz: ¿antinomia o aporía?:

En la Europa medieval, renacentista y barroca, cuna de Occidente y su civilización, no se podía hablar ni pensar casi de otra cosa que de la guerra, realidad que marcaba la vida de la gente al menos una vez en cada existencia individual6. Si nacerPage 17 y sobrevivir a la infancia ya era difícil, y si escapar al flagelo de hambrunas y epidemias era un prodigio, vivir sin experimen tar al menos un suceso bélico en un margen razonable de años era excepcional. ¿Superaba la noción de «paz» a la más pragmática de «tregua» o «armisticio»? Ése es el momento histórico en que surgen nociones y realidades fundamentales para comprender, en términos políticos y jurídicos, el mundo contemporá neo7.

2. 1 «Ecosistema» del sistema internacional: el tránsito a la Modernidad

Este tránsito se puede resumir mediante la fórmula de Truyol y Serra: «del sistema de Estados de civilización cristiana a la sociedad de Estados civilizados»8, añadiéndole, luego, las matizacio nes pertinentes a la noción de «civilización». Como síntesis de la complejísima constelación histórica mundial en el período que abarca el final de la Edad Media y el advenimiento de la Modernidad, puede enunciarse lo siguiente:

  1. Las naciones cristalizan como Estados soberanos provistos de gobiernos crecientemente centralizados que cada vez se sustraen en mayor medida a los dictados de la fe en favor de una razón casi nunca exenta de pasión.

  2. A su vez, éstos se organizan en forma de precarios sistemas regidos por principios políticos como el «equilibrio del poder», que convierten a las relaciones internacionales en un juego racional de intereses y de fuerza, regulado por un Derecho de Gentes que, por su parte, invoca la existencia de una sociedad universal del género humano.

  3. El capitalismo inicia el vasto proceso de la primera mundializa ción o globaliza ción conocidas, reuniendo al planeta bajo las primeras determina ciones de una «economía-mundo» de alcance universal.

  4. El saber se institucio naliza como ciencia, con métodos que incluyen la duda sistemática y la verificación empírica.

  5. La técnica realiza avances que progresan geométricamente y que transforman las condiciones de vida de partes crecientes de la humanidad hasta un punto inimaginable, perdido en un incierto futuro que, por primera vez, se ofrece como una promesa de éxito material.

  6. La guerra se ve afectada de un modo sustancial, en tanto que su capacidad mortífera acrece, y, con ello, la noción de paz adquiere una significa ción nueva, que impregna nuevas utopías humanísti cas en las que la divinidad ocupa un lugar abscóndito, mientras la «música de las esferas» platónica comienza a experimentar una revolución copernicana: la noción de «eterno retorno» se vuelve progresión ilimitada hacia el infinito, en términos tanto matemáticos, como físicos, como filosóficos.

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  7. El mundo «intramundano» -por contraposición al «transmunda no»- se renueva y se convierte en un lugar donde es pensable hallar una «Tierra de Promisión» sustitutoria de la «Jerusalén Celeste»; los descubrimientos ultramarinos redefinen la naturaleza y el aspecto del planeta y de los hombres, posibilitando una huida material hacia «Nuevos Mundos»9.

    Entre una guerra y otra, en este mundo tormentoso y convulso, no hay «paz», propiamente dicha10. La paz real, la única que los hombres contemplan en vida... es la de los cementerios. Por eso, no es infrecuente el voto satírico «Por la paz eterna», adorno de letreros tabernarios, coronados por el penacho verde que designa el oficio. De origen medie val11, sin duda, en tiempos de Kant (1724-1804) ésta era aún una estampa frecuente: «Zum ewigen Frieden!»12. Desde mediados del cuarto milenio antes de nuestra era hasta mediados del siglo XX el número de guerras documentadas asciende a casi quince mil; los períodos de paz no llegan a trescientos años. Se han firmado unos ochocientos tratados de paz en tres milenios y medio, sin que ninguno, en contra de lo estableci do en ellos, durara más de diez años, recuerda Jacobo Muñoz13. Desde esta perspectiva, guerra y paz son conceptos antinómicos, pero no ya sólo por sus implicaciones materiales, sino por su propia entidad sustantiva: la guerra es y representa a la realidad, en tanto que la paz es y representa un ideal incluso imaginario, puramente utópico14.

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2. 2 El problema de la guerra: ¿naturaleza o cultura?

Las raíces y la naturaleza de la guerra, contrapuesta a la paz, han sido preocupación corriente de una generalidad de moralistas, filósofos, juristas, políticos e ideólogos, que han reflexionado sobre ello sin llegar a resolver lo que Marcel Merle llama «problema eterno», que excede a las generaciones, los pueblos y los indivi duos. La paz -como virtuali dad de una realidad imaginada y deseada, es decir, como una representa ción- y lo que hoy denominamos el Derecho y las Relaciones Internacionales se anudan en un denso tejido histórico, intelectual, ético y reflexivo, hasta el punto de que pacifismo e internacio nalismo siguen sendas paralelas, que se entrecru zan, divergen, coinciden, chocan, según muy diversas contingencias. A modo de «nudo gordiano» -que, como es sabido, Alejandro Magno no desató, sino que cortó de un tajo-15 el dilema entre la guerra y la paz suele zanjarse con adhesiones filosóficas o ideológicas de variable pesimismo u optimismo, que nada resuelven, pues todo parece poder resumirse en la ironía de Marcel Merle: estamos ante ¿«escuelas de pensamiento diferen tes» o ante «géneros literarios»?16. Dos líneas de análisis se enlazan aquí de modo principal. La primera radica en considerar a la paz como norma y a la guerra como excepción, tesis común a los enfoques racionalistas al respecto, además de los de los revolucio narios pacifistas radicales, llamados «inverti dos», en términos de...

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