La guerra contrarrevolucionaria: un factor de predisposición al hecho

Autor:Sonia Alda Mejías
Cargo del Autor:Historiadora, Investigadora en el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado (UNED), Madrid
Páginas:25-54

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I Introducción

El objetivo del presente trabajo es poner de manifiesto las motivaciones que inducen a los actores inmediatos a realizar actos ilícitos en el seno de

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una estructura criminal, sin que sea preciso para ello que medien órdenes concretas y explícitas sobre dichos actos, ni tampoco sobre la forma en que debe hacerse. Esta automaticidad en el funcionamiento de cualquier organización criminal es posible cuando las personas que lo forman se encuentran identificadas como un todo con dicha organización y sus objetivos, los cuales consideran legítimos1.

Además de la convicción, son innumerables y de muy diferente naturaleza las motivaciones personales que pueden inducir a los individuos a formar parte de una organización criminal, la ambición, el miedo, la venganza, la imposición … pero para entender el funcionamiento concreto y eficaz de dicha organización en su conjunto es imprescindible un planteamiento ideológico uniformizador, que por vago que sea, pueda establecerse por encima de todas las motivaciones personales, proporcionando a cada individuo la suficiente legitimidad como para poder identificarse con dicha organización y en última instancia justificar sus actos.

Los casos de estudio adoptados para abordar esta cuestión serán los regímenes dictatoriales de Argentina y Chile, en la década de los setenta, y de Guatemala, en la de los ochenta. Bajo una perspectiva comparada es posible poner de manifiesto la imposibilidad de afirmar la existencia de un único factor para explicar el funcionamiento eficiente de una organización criminal. Se precisa tanto la existencia de una estructura de poder jerarquizada, como las suficientes motivaciones para asegurar la predisposición al hecho delictivo de los autores inmediatos. No obstante y sin negar esta intima dependencia y estrecha relación entre un elemento y otro para lograr la automaticidad en el funcionamiento de dichas organizaciones, este análisis se centra en el estudio de las motivaciones que predisponen al ejecutor para cometer hechos criminales. En este caso cabe establecer otro punto de partida, ya que aunque las motivaciones ideológicas y estratégico-militares sean el foco del análisis, es preciso reconocer que también hay una pluralidad de motivaciones para alimentar la predisposición al hecho delictivo. Si bien se reconocerá a las primeras particular peso, al entenderse como el elemento que se sobrepone al resto de las motivaciones particulares y es capaz de proporcionar una referencia de identificación común con la organización.

No cabe duda que hay importantes diferencias entre los regímenes citados, desde muy diferentes puntos de vista, pero los elementos en común son suficientes para realizar la comparación. En primer lugar en todos ellos los militares toman el poder. En segundo, porque, sin excepción, se implantan estructuras criminales capaces de realizar una política sistemática de repre-

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sión que afecta a miles de personas. Es cierto que no es idéntico en número de víctimas, el caso guatemalteco podría ser el más extremo. Pero en los tres casos hay un planteamiento ideológico común que pretende legitimar dichas políticas represivas. De hecho la guerra al comunismo, en el contexto de la Guerra Fría, no solo proporciona la motivación fundamental de estas organizaciones sino que también explica el modus operandi para ejercer dicha represión. No por casualidad la particular manera en que se lleva a cabo la sistemática violación de derechos humanos, por estas organizaciones, es muy similar en los tres casos citados.

En las tres dictaduras se implantaron eficaces estructuras de inteligencia, a través de las cuales se secuestró, torturó y, en numerosos casos, se mató a población detenida. Esta metodología común responde a la estrategia desarrollada por el anticomunismo para combatir de la manera más eficiente a la “subversión”. La tortura por tanto se convirtió, en los parámetros de esta nueva guerra, en una técnica de combate indispensable e ineludible, según la doctrina de Seguridad Nacional, para poder ganar al enemigo. Se trataba de una guerra no convencional que obligaba supuestamente a utilizar métodos no convencionales.

La hipótesis de este trabajo es que esta forma de proceder común evidencia no sólo que las motivaciones fueron las mismas, en los tres casos citados, sino que además éstas fueron de carácter muy particularmente ideológico y estratégico-militar. Bajo el punto de vista militar, la existencia de un ambicioso plan comunista de dominar el mundo y acabar con la civilización occidental y cristina, justificaba una contraofensiva, utilizando las mismas armas que el enemigo. Esto obligó, según los militares, a reformular la guerra clásica y a poner en práctica la contrarrevolucionaria. Las técnicas a las que obligó esta guerra para poder combatir a los “subversivos” se desarrollaron con gran fidelidad respecto al “método” marcado por la doctrina de la Seguridad Nacional. En este tipo de guerra, la inteligencia y la tortura eran fundamentales para combatir a un enemigo escondido entre la población civil o que incluso podía ser civil.

Ciertamente el factor ideológico, en este caso el anticomunismo, no justificaría por sí mismo la represión, la tortura y el número de desaparecidos. Una identidad ideológica puede justificar la existencia de un enemigo y una guerra, pero no necesariamente, la tortura sistemática. En otras palabras, el anticomunismo y la necesidad de combatir un enemigo aunque imprescindible no es suficiente para predisponer a un actor directo a ejercer estos actos criminales. Sin embargo no sólo se trataba de una ideología que proporcionaba un enemigo, también contemplaba, una estrategia defensiva que justificaba actos criminales para combatir a dicho enemigo.

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En efecto es fundamental analizar la particular forma en que se lleva a cabo la guerra contra el comunismo, ya que una guerra no lleva siempre consigo la justificación de la tortura a la población civil, como es el caso que analizamos. De hecho en los parámetros de la guerra clásica esta posibilidad no se contempla. La motivación justificativa es solo posible si se reformula el concepto de guerra. El resultado de esta reformulación es la guerra contrarrevolucionaria o antisubversiva. Siguiendo sus pautas estratégicas es entonces posible predisponer al autor directo a ejercer la represión y a torturar a civiles, aunque en realidad nada de esto es así asumido. La legitimación de estos actos radica en que no son reconocidas como tales torturas, sino como actos de combate necesarios para ganar una guerra justa y legítima, en tanto en cuanto el objetivo es para salvar la cultura occidental y los valores cristianos de las fauces del comunismo.

El planteamiento aquí expuesto hace necesario analizar la ideología anticomunista, concentrada en la Doctrina de Seguridad Nacional difundido en toda América Latina, el concepto de guerra contrarrevolucionaria y el perfil de enemigo que se perfiló. Bajo todas estas referencias se pretenderá poner de manifiesto el conjunto de motivaciones ideológicas y estratégicas que predispusieron a muchos militares a ejercer de manera sistemática y eficaz la tortura, en pos de una ofensiva llevada a cabo por un enemigo cuyo objetivo ya no era la conquista de territorios, sino de la población y de su identidad ideológica.

II La doctrina de seguridad nacional: la lucha internacional contra el comunismo

La doctrina de Seguridad Nacional se asume en toda América Latina a partir de los años cincuenta. Dicha doctrina proporciona el marco imprescindible para dibujar una guerra y un enemigo y legitimar por tanto una contraofensiva. Una guerra que, siguiendo su argumento, es de alcance planetario, pues la ofensiva que se lleva a cabo, por parte del enemigo, aspira a trasformar el mundo entero. Esta trasformación va más allá de la conquista de países, se trata de modificar íntegramente el sistema imperante en el mundo occidental, su régimen social, político y económico. Esto significaba que esta “guerra es sin cuartel”, “sin transacción posible”, ya que la victoria del enemigo significaba la desaparición de la misma sociedad occidental.

El objetivo, por tanto, de la conquista no era el territorio, como en todas las guerras que, hasta el momento, se habían disputado. En esta contienda el objetivo eran las “masas populares” y la conquista de sus conciencias. Definitivamente esta contienda era diferente respecto al pasado, como

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así lo afirma un general argentino: “La primera guerra mundial fue una confrontación de ejércitos, la segunda lo fue de naciones y la tercera lo es de ideologías…”2.

Esta guerra de ideologías, concebida bajo presupuestos excluyentes, tiene lugar en el marco de la Guerra Fría, donde, como es sabido el mundo se divide en dos bloques configurados bajo la influencia de Estados Unidos y la URSS y es obligada la alineación en uno u otro, pues de ello depende incluso el destino de cada nación. Bajo esta visión “las naciones del mundo no tienen otra salvación sino en el alineamiento en una de las dos potencias mundiales. Es dentro de este alineamiento que ellas pueden realizar su proyecto fundamental”. Por lo que respecta a América Latina, según los anticomunistas, “no puede vacilar, debe...

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