Globalizacion y democracia en America Latina.

Autor:Rouqui

Pese a la consolidación de la democracia en América Latina, el hecho de que ella se haya debilitado se relaciona con el contexto económico y social que ha dado lugar la nueva situación internacional conocida como globalización. Para evaluar el impacto de esta en las sociedades de la región, el artículo procura desentrañar el significado del concepto. Tras ofrecer un breve panorama del presente democrático en América Latina, se ubica la globalización en una perspectiva histórica, se trata de definir las diferentes dimensiones del mundo global y se analizan las consecuencias de la nueva realidad en la vida nacional de los países del continente.

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Nunca, desde la Segunda Guerra Mundial hubo en América Latina tantos gobiernos democráticos y por tanto tiempo. En 2004, por primera vez en muchos años, todos los gobiernos de la América continental fueron constitucionales. Tras décadas de inestabilidad y de dictaduras, la democracia se ha consolidado inclusive en países sin previa experiencia de régimen representativo, como es el caso de la mayoría de las repúblicas de Centroamérica (El Salvador es un buen ejemplo a este respecto). Argentina acaba de festejar veinte años de continuidad democrática, situación sin precedente histórico en ese país, en el que durante cincuenta años hubo una hegemonía militar permanente e inestable. Hasta en México, en 2000, tras 70 años de "dictablanda" sin alternancia, el Partido-Estado todopoderoso perdió las elecciones presidenciales y el poder Ejecutivo. Sin embargo, actualmente hay insistente preocupación acerca del futuro de la democracia en la región. Claro está que el orden democrático está siempre en peligro, y en todas partes, por la sencilla razón de que el orden democrático no es una modalidad "natural" de gobierno. Necesita una tensión constante, una autolimitación de la fuerza, un "aprendizaje de la virtud" (1). Por esto, algunos analistas políticos se preguntan si en Europa el sistema representativo sobrevivirá al siglo XXI. Pero en el caso de América Latina, la inquietud no obedece a la fragilidad intrínseca del sistema, sino al contexto socioeconómico.

La restauración democrática no ha traído bienestar social ni empleo. Muy al contrario, en los diez últimos años ha aumentado la desigualdad en todos los países del continente y la pobreza ha crecido en la mayoría de las veinte repúblicas. La insatisfacción ciudadana está a la altura de las expectativas anteriores. La decepción y el escepticismo de la opinión pública hacen temer nuevos brotes de inestabilidad. El origen global de la "erosión democrática" observada se relaciona con el contexto económico y social creado por una nueva situación internacional, que suele designarse como globalización. Por desgracia, este concepto tiene un contenido polémico muy superior a su valor semántico. Si bien refleja la incertidumbre y la imprevisibilidad del momento histórico y sirve con frecuencia de arma política, tiene un significado descriptivo que es preciso desentrañar para evaluar su impacto en las sociedades latinoamericanas. Para eso, tras esbozar un breve panorama del presente democrático de América Latina, trataremos de ubicar la globalización en perspectiva histórica, antes de tratar de definir las diferentes dimensiones del mundo global y de analizar las consecuencias de esta realidad en la vida nacional de los países del continente.

  1. EL PRESENTE DEMOCRÁTICO DE AMÉRICA LATINA

    Lo que hoy llama la atención de los observadores no es la universalidad de los sistemas representativos en América Latina y su continuidad en la mayoría de los casos inédita, sino el fuerte descontento popular y las profundas crisis sociales que enfrentan estas democracias. Tres países muy diferentes, entre otros, parecen ilustrar, esta tendencia: Argentina, Bolivia, Venezuela. Vale la pena recordar su evolución reciente para ver los elementos comunes y los rasgos singulares.

    En la Argentina, una profunda crisis económica y financiera, con fuerte aumento del desempleo y de la pobreza -situación sin precedentes en el país "más europeo" de América Latina, que abarca 50% de la población- desencadenó una ola de protestas populares torpe y brutalmente reprimida, que provocó la renuncia del presidente de la nación. En Bolivia, en septiembre-octubre de 2003, manifestaciones populares de cuño nacionalista contra las modalidades de explotación del gas natural se multiplicaron en decenas de reclamos sectoriales y étnicos duramente reprimidos, con un saldo de decenas de muertos, que obligaron al presidente constitucional a presentar su renuncia y a dejar el país. En estos dos ejemplos de inestabilidad democrática, el poder constitucional parece haber retrocedido ante el poder de la calle; sin embargo no pueden considerarse como casos de debilitamiento de los regímenes representativos.

    Primero, porque el desenlace de estas dos situaciones conflictivas revela un claro afianzamiento de los valores democráticos. Su principal enseñanza es que un presidente constitucional no puede mantenerse con represión. El nivel de tolerancia de la violencia estatal difiere según el país, pero las renuncias de De la Rúa y de Sánchez de Losada son muy indicativas de la sensibilidad actual acerca del respeto de los derechos humanos y de la vigencia de las libertades, fundamentos del sistema democrático. El segundo elemento que se puede destacar es que en ninguno de los dos casos las Fuerzas Armadas fueron protagonistas de la crisis, ni hicieron el menor intento de intervención. No hay más salvadores de la patria. Al contrario, la solución del conflicto se dio en un marco estrictamente constitucional: directo en Bolivia, donde el vicepresidente asumió el Ejecutivo, más complicado en la Argentina, por haber renunciado anteriormente el vicepresidente. El Congreso eligió entre los gobernadores un presidente interino, no sin dificultades y confusión, para gobernar el país hasta las elecciones de abril de 2003.

    Para ilustrar la problemática que nos ocupa, las elecciones presidenciales argentinas de 2003 merecen nuestra atención. El país conoce en 2000-2001 un clima de agitación ciudadana casi permanente, que se manifiesta a través de los "cacerolazos" de la clase media urbana pauperizada y del movimiento de los "piqueteros "', compuesto de trabajadores desempleados. Esta movilización ciudadana tiene fuertes connotaciones antipolíticas. Su slogan "'que se vayan todos" expresa un rechazo popular a los políticos. El voto de desconfianza hacia los partidos se evidencia de forma directa en las elecciones legislativas del 14 de octubre de 2001, en que la suma de la abstención, del voto ahulado y en blanco representa 47% de los electores. Para las elecciones de abril de 2003 se temía un voto bronca aún más amplio. La situación había empeorado, el país estaba en "default" de su deuda exterior, la devaluación del peso tuvo lugar dividiendo por tres los haberes de los ahorristas. La sorpresa fue que los votos nulos y blancos fueron inferiores a 3% y la abstención volvió a su nivel histórico. Los llamamientos al voto en blanco para sancionar la clase política fracasaron estrepitosamente. Al contrario, los electores encauzaron a través del sistema representativo su deseo de dar al país otra vez un gobierno legítimo y de encontrar una salida legal a la crisis económica y social. A pesar de todas sus vicisitudes (cancelación de la segunda vuelta por renuncia del candidato mas votado), estas elecciones pueden considerarse como un plebiscito sobre las instituciones representativas, en un contexto de escepticismo ciudadano y de tormenta social.

    La situación es totalmente distinta en el caso de Venezuela, la más vieja democracia de América del Sur. Las instituciones han permitido contener sin ruptura el descontento de la oposición frente al presidente Chavez, exgolpista, dos veces electo presidente en elecciones limpias (1998, 2000). Después de superar un golpe cívico militar en abril de 2002, una huelga política de la principal industria del país y de la mayoría de las empresas privadas que duró dos meses, en 2003, el presidente ha logrado relegitimarse, triunfando en agosto de 2003 con más votos que en su elección a la presidencia en un plebiscito revocatorio pedido por la oposición. Por cierto que la polarización política y social no ha aflojado. La oposición, aunque desunida, y...

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