Exclusión e internalización del estigma asociado con el VIH en hombres que tienen relaciones sexuales con hombres en la República Dominicana: implicaciones para la salud en América Latina y el Caribe

Autor:José Toro-Alfonso/Nelson Varas-Díaz
Páginas:233-259
 
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Introducción

La epidemia del sida representa un golpe desproporcionado en la población de hombres que tienen sexo con hombres en el nivel mundial. La epidemia biológica se catapulta con estigma y prejuicio, para convertirse en el escenario de exclusión y negación de derechos humanos para un amplio sector de la población.

El Caribe hispanohablante no ha sido la excepción para esta creciente tendencia durante las pasadas dos décadas. En este capítulo presentamos una mirada detallada a la realidad social y cultural de la comunidad de hombres que tienen sexo con hombres en la República Dominicana. Esta observación se resignifica cuando exa-

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minamos la vulnerabilidad social en la que nuestra sociedad coloca a un sector de la población sólo por la novedad de su deseo.

La epidemia de VIH en la República Dominicana

La epidemia del VIH en la República Dominicana se considera un problema serio de salud pública. El ONUSIDA estimó que para fines de 2005 se tenían registrados 130 mil casos en personas adultas. A finales de 2000 se habían notificado al Programa de Control de Enfermedades de Transmisión Sexual y sida (PROCETS) 4 776 casos de sida, haciendo grandes esfuerzos para reducir el impacto del subrregistro. Se ha notificado un total de 4 658 casos de infección de VIH para una tasa de incidencia anual de 54.4 casos por cada 100 mil habitantes (SESPAS/DIGECITSS, 2001). Por la vía de transmisión, aquéllos se distribuyen en 72% por contagio heterosexual, 11% por contagio homo y/o bisexual, 8% por transfusiones de sangre o sus derivados, y 2% por utilización de drogas intravenosas (ver gráfica 1).

En un estudio presentado por el Programa de Epidemiología del Ministerio de Salud de la República Dominicana, se plantean estimados de la epidemia que pueden ser alarmantes (SESPAS/DIGECITS, 2001). Así, para finales del año 2000 se calculaba que habría más de 4 millones de personas dominicanas en altísimo riesgo de

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infección, con un estimado de 110 373 personas infectadas. El estudio indica que
5.4% de la población adulta está infectada con el VIH, es decir, alrededor de 320 mil dominicanos.

En la capital, Santo Domingo, se estima que la prevalencia en mujeres embarazadas ha disminuido de 3% en 1995 a menos de 1% en 2003. Sin embargo, se continúa recabando información sobre el incremento de casos en otros lugares, que van de 1 a 5%. Por otro lado, es poca la información disponible sobre la epidemia entre hombres que tiene sexo con hombres (UNAIDS, 2004).

En resumen, podemos señalar que la epidemia en la República Dominicana, al igual que en otros países de la región caribeña, se ha concentrado en grupos vulnerables; asimismo, se caracteriza por un proceso continuo de clandestinidad, feminización, heterosexualización y marginación de las personas afectadas y sus familias. Todo esto, sin lugar a dudas, representa un reto para la salud pública y para los derechos humanos de las personas con VIH y sida en el país.

La epidemia en hombres que tienen sexo con hombres ( HSH )

La epidemia de la infección del VIH y el sida ha impactado de forma desproporcionada en las comunidades de hombres homosexuales y otros hombres que tienen sexo con hombres (HSH). Los datos epidemiológicos en la mayoría de los países de América Latina colocan a estos grupos como los más afectados. A pesar de que países como Honduras, República Dominicana, Puerto Rico y Brasil informan un vertiginoso incremento de los casos de transmisión heterosexual, la población de homosexuales sigue constituyendo una fracción muy significativa del grupo de personas infectadas con el virus (ONUSIDA, 2000).

Si tomamos en cuenta que en muchos de nuestros países la homosexualidad es censurada, podemos imaginar que, aún en los países donde desde el inicio de la epidemia se informaba de menos casos entre hombres que tienen sexo con hombres, esto podría relacionarse precisamente con el alto costo social de hacer pública una orientación sexual no heterosexual (Carrillo, 1999). La realidad ineludible continúa siendo que en el mundo entero la población de hombres que tienen sexo con hombres, los bisexuales y los transgéneros ha sido desproporcionadamente impactada por la epidemia.

Sin duda, la anterior es una de las razones por lo que desde el inicio de la epidemia se estableció la asociación entre el sida y los estilos de vida particulares de los hombres que tienen sexo con hombres. Era de esperarse que surgiera la idea de

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que los homosexuales no sólo poseen un estilo de vida particular, sino que además tienen sus propias y particulares enfermedades1

Por otro lado, era innegable que la enfermedad estaba teniendo un fuerte impacto en la comunidad homosexual y era necesario responder efectivamente ante la situación. Se organizaron diferentes grupos bajo el liderazgo homosexual para recaudar fondos para investigación, desarrollar programas educativos y ofrecer apoyo a las personas infectadas. Este hecho, innegablemente contribuyó a que se continuase asociando la enfermedad, exclusiva o prioritariamente, con la homosexualidad (Toro-Alfonso, 2002).

Irónicamente fue la misma epidemia la que ayudó al mundo a reconocer la diversidad de la comunidad homosexual. Notables celebridades y personas de gran visibilidad pública informaron ante los medios masivos de comunicación estar enfermos de sida y haber sido homosexuales durante toda su vida.

Entrado el siglo XXI, la epidemia sigue siendo la causa principal de muerte en hombres homosexuales (incluyendo muchos jóvenes) a través de todo el hemisferio. A pesar de la enorme cantidad de investigaciones realizadas para entender la epidemia y entender los mecanismos de infección y transmisión del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), éste sigue afectando a sectores significativos de nuestra sociedad (Izazola, Astaorla, Belloqui, Bronfman, Chéquer y Zacarías, 1999).

La masculinidad revelada: deseo y prácticas sexuales de los hombres que tienen sexo con hombres

No hay lugar a dudas de que el género atraviesa una multiplicidad de relaciones sociales, tales como las de clase social, raza/etnia y educación. El género, enten-dido como forma de ordenamiento de la práctica social, se sobrepone al destino de la biología, precisamente porque ésta no determina lo social (Connell, 1987). La práctica social, por otro lado, es creativa pero no autónoma. Responde a situaciones particulares y se genera dentro de las estructuras definidas al interior de las relaciones sociales.

Estas relaciones están cimentadas bajo el eje principal de las relaciones de poder que consolidan la subordinación de la mujer y la dominación por parte de los hombres. Esta estructura de relación permite el imaginario de una masculinidad hegemónica, que ningún hombre vive realmente, pero de la cual todos obtenemos dividendos.

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La masculinidad hegemónica también se inserta en las relaciones sexuales entre hombres. El tema de la homosexualidad y del comportamiento homosexual en nuestras culturas, propuesto de un modo directo o como material de debate social, convoca al silencio o al rechazo, sobre todo cuando los locutores son hombres (Bohan, 1996; Guajardo, 2000, 2003). Resulta interesante que la necesidad de la prevención de la infección por VIH haya roto ese silencio y paralelamente nos haya obligado a hablar abiertamente del tema a pesar del estigma.

Fuller (2001) nos da indicios de este proceso, cuando describe la construcción social de la masculinidad en los hombres del Perú. La autora concluye que el gé-nero se constituye dentro de una multiplicidad de diferencias de edad, clase social, etnicidad y otros factores. Estas múltiples masculinidades se definen en realidad por el contexto y no por su esencia (Gutmann, 1996; Gutmann y Viveros Vigoya, 2005). Algunos estudios conducidos en poblaciones de hombres latinos que tienen sexo con hombres en Estados Unidos de Norteamérica muestran claramente la influencia del contexto social cuando se describe que hombres homosexuales versátiles en su comportamiento sexual asumen un rol pasivo cuando perciben a su pareja sexual como más masculina, basándose en su apariencia de ser más agresivo, más alto, con el pene más grande, más atractivo o de tez más oscura (Carballo-Diéguez, Dolezal, Nieves, Díaz, Decena y Bolon, 2004). Es la relación con el “otro” lo que construye la masculinidad y sus manifestaciones eróticas. Por otro lado, los asuntos de raza y etnicidad se destacan en todos estos encuentros sociales y sexuales.

Para la masculinidad hegemónica, el género no se define necesariamente por la asignación biológica y su manifestación corpórea, sino muchas veces por la raza misma. González (2004) señala que los hombres negros, participantes de su investigación, indicaron que la identidad sexual es menos relevante que la identidad racial. Malebranche (2004) y Parker, Hughes y Mathews (2004) encontraron que entre los grupos minoritarios de HSH la etnicidad se privilegia como identidad principal y no consideran importante la orientación sexual. De hecho, el sector de HSH de minorías en Estados Unidos de Norteamérica revela menos su identidad sexual en comparación con el sector anglosajón. Es dentro del contexto de la raza y la etnicidad que se construyen la masculinidad y el deseo homoerótico, y no necesariamente dentro del contexto de las identidades definidas por la orientación sexual.

La contradicción entre la identidad y el comportamiento nos sugiere un análisis distinto sobre el asunto de las homosexualidades (Carrillo, 2003). Castañeda (1999) lo resume de la siguiente manera: “el homosexual no siempre es homosexual; el heterosexual, sí”. El heterosexual se ha formado como tal y es más consistente su orientación. La autora asume que los homosexuales toman “conciencia” de su

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orientación sexual sobre la marcha de su vida y probablemente la definan...

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