Epílogo

Autor:Martti Koskenniemi
Cargo del Autor:Profesor de Derecho Internacional, Universidad de Helsinki
Páginas:485-491
 
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Había una vez un caballero profesional, un abogado que dividió su ocio entre educar a sus dos hijos y promover el bienestar de su gente. Cuando fue mayor, vio cómo el progreso dividía sus frutos de forma muy desigual a su alrededor. Por un lado, ofrecía maravillosas oportunidades para la liberación política y la autonomía personal; por el otro, debilitaba las verdades y tradiciones familiares. Las virtudes del carácter que habían parecido guías tan fidedignas para la vida personal y pública -la caridad, la racionalidad, el valor frente a la adversidad- eran cada vez más ridiculizadas como símbolos de la corrupción de un mundo antiguo.

Decidió aprender filosofía y las nuevas ciencias de la sociedad para comprender aquello que la tradición y la experiencia no habían logrado enseñarle. ¿Por qué la gente estaba preparada para llegar a tal punto en defensa de opiniones extremas sobre temas antes considerados regulados por la razón y el sentido común? No deseaba precisamente convertirse en filósofo o en sociólogo, pero esperaba encontrar confirmación intelectual y quizás una plataforma más eficiente desde donde continuar sus actividades civilizadoras.

Cuando los hijos crecieron, ellos aprendieron que nada de esto realmente había funcionado. El padre tuvo que abandonar sus actividades de bien, en parte porque parecían no tener efecto en sus clientes, quienes se unían a causas extremistas o se hundían profundamente en la apatía, en parte porque amenazaban su propio medio de vida. En una situación económica cada vez más difícil, se retiró como un hombre pobre. Los hijos amaban mucho a su padre, pero reaccionaron de formas opuestas frente a su desgracia. Uno le prometió que concluiría el proyecto de su padre. El buen hijo compartía los ideales del padre y él mismo enseñaría a evitar sus errores, para que pudiera algún día volver a casa con la prueba de que el padre siempre había tenido razón. Entonces ellos se sentarían y todo estaría bien, como antes.

El hijo rebelde quería igualmente a su padre. Pero como le rompía el corazón pensar cuán injustamente el mundo lo había tratado, él reaccionó con rechazo. "Tú fallaste porque estabas equivocado", gritó antes de dar un portazo tras él. Page 486

Ambos hijos tenían carreras exitosas, es más, muy exitosas, y mucha gente los admiraba y trataba de aprender de ellos aunque sus enseñanzas eran exactamente opuestas. Pero a menudo parecía que no los seguían tanto por la profundidad de sus enseñanzas, sino por su capacidad para dar una expresión poderosa a algo que muchos consideraban intuitivamente correcto, aunque de alguna forma siempre sólo parcialmente convincente. Como estaban diciendo cosas opuestas, bueno, entonces, quizás, no era tan trágico que los oyentes estuviesen creyendo esas cosas incompatibles también. Al final, no era lo que los dos decían, sino la fuerza de su compromiso lo que más importaba a sus acólitos: ¡cómo algunas personas hoy realmente dicen que al final todo lo que importa es el amor y la caridad o las ansias de poder! "Ahora nosotros, por supuesto, sabemos que son ambos el amor y el poder porque el mundo es un lugar terriblemente complejo, pero ¿no es bonito saber que hay algunos que todavía comprometen sus vidas a una religión de amor o a una religión de poder como si todavía existiesen claras alternativas p ara elegir?

Un espacio vacío separa el final de los capítulos precedentes con respecto a hoy. ¿Qué le ocurrió al derecho internacional después de 1960? El Institut de droit international continuó reuniéndose, pero sin demasiada confianza en que sus miembros puedan representar la conscience jurídica del mundo civilizado o en que algo sobre el progreso internacional pueda depender de aquello ocurrido en sus sesiones cerradas. La idea de un replanteamiento científico para guiar el desarrollo de las relaciones internacionales nunca había sido terriblemente exitosa. Hacia 1960, los mismos lenguajes de conciencia moral-conciencia racional y civilización habían resultado inapropiados o sin sentido como expresión del sentido de la actividad legal.

En ese momento, la profesión todavía no sentía las implicaciones de este hecho. Muchos de los últimos representantes del período heroico del derecho internacional abandonaron la escena (Kaufmann se retiró en 1958, Álvarez y Lauterpatch murieron en 1960, Scelle en 1961, Morgenthau ya había dejado de escribir sobre derecho internacional en 1940), pero su presencia todavía se sentía concretamente. La visión de un...

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