Epílogo

Páginas:119-126
 
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El discurso renacentista de la dignitas hominis se articula en torno a tres temas principales. Primero, deduce una excelencia propia de la naturaleza humana a partir de sus características inherentes. La dignidad del ser humano deriva precisamente de su consideración como imagen de Dios. Es así definido de "gran milagro", con el fin de provocar una admiración en cuanto a su excelencia divina. Dicha admiración se concreta en las manifestaciones de esta excelencia que demuestran la libertad y la superioridad del ser humano en su comprensión y dominio del mundo.

El segundo rasgo del discurso de la dignitas hominis consiste en una antropología específica que estructura todo este discurso. Esta estructura identifica el alma como un microcosmos, es decir, un "mundo pequeño". Gracias a las ciencias, la astronomía y los nuevos continentes descubiertos, el humanismo renacentista se nutre de una nueva concepción de la existencia humana. Si el ser humano tiene dignidad es porque es el único ser que puede definir su naturaleza dentro de una scala naturae. Gracias a su indeterminación natural, goza de una libertad autoformadora (o proteica), cuya expresión es una metamorfosis individual y espiritual.

El tercer rasgo consiste en la aportación radical del humanismo renacentista y se relaciona con la defensa de la libertad de elección y la felicidad terrenal. El ser humano no nace como pecador sino que puede decidir qué tipo de persona quiere encarnar. Por un lado, las nociones de libertad de elección y de libre albedrío permitirán al cristianismo justificar la noción de culpa y frustrar por tanto su felicidad. En este sentido, y gracias a esta defensa de la libertad, el discurso de la dignitas hominis ha permitido liberar al ser humano de los determinismos en los cuales las tesis de la miseria hominis le sometía. No obstante, y a largo plazo, ha contribuido también a definir al ser humano según una concepción engañosa de libertad, prescindiendo de los determinis-

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mos sociales y biológicos que definen a cada individuo. Por esta razón, conviene contemplar el desplazamiento que operan otros autores y que consiste en prescindir de dicha scala naturae para insistir en la espontaneidad de la libertad individual en todos sus ámbitos. Así, en Giordano Bruno, el espacio infinito convierte la libertad humana en una facultad infinita que hace que cada individuo pueda acceder libremente a Dios. Aquél encuentra además su felicidad en este mundo ejerciendo sus cualidades más altas. Se acerca a Dios no a través del ascetismo y la penitencia, sino a través del placer y el amor. Valla representa precisamente este "cristianismo epicúreo" que rehabilita la vida mundanal de los seres humanos.

Las fuentes que fundamentan el discurso de la dignitas hominis se manifiestan particularmente en relación con la antropología que subyace en este discurso. La consideración del ser humano como microcosmos se nutre principalmente del hermetismo, pero también de Platón, Aristóteles y del estoicismo. La necesidad de elevarse sobre lo mundanal para unirse con lo divino en una perfecta unidad, reactiva particularmente a Platón dentro de un marco cristiano y agustiniano. La posibilidad de afirmar su identidad humana sobre la naturaleza se nutre también del estoicismo. La reactivación de esas fuentes clásicas se realiza dentro de la cristiandad, y pasan por el filtro medieval, pero al mismo tiempo, se introduce una mundanidad en la manifestación de esos rasgos. Los motivos que impulsan este discurso de la dignitas hominis es la celebración de la excelencia de la naturaleza humana. Dicha celebración integra un optimismo antropológico que se nutre de los progresos científicos, sociales y artísticos que los renacentistas pretenden identificar en su época. Más precisamente, el discurso de la dignitas hominis es una consecuencia del progreso gigantesco que atraviesa esta época. Es cierto, sin embargo, que algunos hilos atan este discurso renacentista con el medieval y dicho rasgo no representa en absoluto un inconveniente. Los primeros hilos han sido tejidos primero por humanistas del Medioevo, y particularmente en relación con el libre albedrío y la idea de microcosmos. También, la supuesta arrogancia del ser humano, considerada como el mayor pecado para la miseria hominis, reaparece en el discurso humanista de la dignitas hominis y de dos formas. Primero, se debe controlarla: el ser humano puede progresar y acceder a Dios, pero no puede superarle. Segundo, el discurso de la dignitas humanis está tachado por algunos autores (como Montaigne y Erasmo) de arrogante. En este caso, hay que eliminar dicha arrogancia. La crítica se hace ahora desde fuera del discurso. El ser humano no disfruta de ninguna posición superior en relación con los otros seres. Debe entender la normalidad de su condición y acceder humildemente a Dios. En resumen, si el ser humano posee una dignidad y puede hacer que su vida sea feliz, debe siempre mantener un sentimiento de humildad y de melancolía. Sin embargo, y a diferencia de la miseria hominis, estas emociones

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no deben aplastar al individuo. Puede emular a Dios y acceder a él a través del ejercicio de la razón, de la caritas y del amor. Toda la cuestión del discurso de la dignitas hominis se plasma en la posición del ser humano respecto a Dios. Si se concibe al ser humano como un pecador, sin razón propia, e inferior a los animales, no se le puede conceder ni libertad ni dignidad. Su única preocupación consistirá en su salvación a través de la penitencia gestionada por el sistema eclesiástico. Al concebirlo, como una imagen de Dios, como un ser libre del pecado, y que posee inteligencia y razón, puede disfrutar de una dignidad, prescindiendo de los dogmas religiosos.

Por otro lado, se puede recordar aquí algunas palabras de Louis Dumont: "el acontecimiento, el hecho que debemos reconocer en el plano de la historia universal...

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