Dos perspectivas en la historiografía española sobre el castigo

Autor:Pedro Oliver Olmo
Páginas:482-486
 
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Hoy puede parecer que simplificamos pero, aunque es verdad que la crisis historiográfica y epistemológica las ha dejado en parte desactivadas (sobre todo por lo que se refiere a capacidad de influencia directa en los nuevos historiadores), tal y como viene insistiendo desde hace años el profesor Roberto Bergalli, básicamente han sido dos las formas de ver la historia del castigo: la humano-pietista y la económico-estructural.

Ahora, y sobre todo después del temporal postmodernista, para bien y para mal todos los marcos teóricos se han abierto y diversificado. Pero hace años nadie hubiera tenido reservas al afirmar que existían esas dos grandes visiones de la historia de las instituciones punitivas, la una idealista y la otra materialista. Ambas mantienen una muy limitada capacidad referencial, la primera en el campo de la historia del Derecho y la segunda en la historia social, la historia de las ideas y la historia intelectual; pero verdaderamente eso sólo es posible, entre otras cosas, porque la producción de nuevos estudios históricos acerca de esta temática todavía no ha llegado a ser en España excesivamente abultada y, por consiguiente, nunca ha llegado a renovarse del todo. En cualquier caso esas dos formas de observar el mismo campo de estudio ha generado dos objetos historiográficos muy distintos, con muy distintas calidades. Conviene conocerlos al menos para saber por qué las dos producciones ya no resisten una comparación rigurosa.

En primer lugar, la explicación humano-pietista del decurso de las instituciones de control y castigo presenta a aquéllas casi recortadas y separadas de la historia social, como resultado de una lógica interna de progreso y modernización, y de abandono de los impulsos vengativos y las práctica crueles de un pasado oscuro. Este discurso valorativo, a veces muy cargado de anacronismos, destila cultura de satisfacción hacia el presente. Supuestamente todo va a mejor pues, según creen observar en la evolución histórica, se ha ido imponiendo un criterio más humanizador conforme se progresaba: es el paso de las penas corporales a la pena privativa de libertad; y finalmente, el tránsito a las ventajas de la videovigilancia para controlar y reducir las posibilidades de impunidad del malhechor. Al encarar las expresiones delincuenciales, esta perspectiva, que ha estado anclada en la tradición historicista del derecho y de sus regresiones tras el largo período franquista, obvia las causas porque parte de un criterio esencialista: siempre hubo delincuentes y siempre ha habido que castigarlos con instituciones que han ido mejorando y humanizando sus prácticas. Se trata de una óptica idealista que, siendo igualmente evolucionista, se encuentra en las antípodas del pensamiento que ha dado origen a la segunda gran perspectiva, la económico-estructural.

En la primera perspectiva podemos ver la impronta gruesa de las sociologías liberales, una suerte de eclecticismo vulgar y neoevolucionista en el que gravitan nebulosamente (y a través del tamiz de las filosofías del Derecho) desde Comte y Spencer al funcionalismo de Parson y algunos otros mentores de las teorías de la modernización. En la segunda, aunque muy impactada por la obra de Foucault y últimamente por el pluralismo teórico de David Garland, siempre ha resonado fuerte el eco del materialismo histórico, desde el marxismo de la Escuela de Frankfurt a sus revisiones y reflejos en la criminología crítica y la sociología penal o en las teorías del control social punitivo y algunas propuestas de garantismo penal.

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Materialismo histórico y pluralismo teórico socioestructural

Una prueba palmaria de la crisis y también del aperturismo del llamado enfoque económico-estructural es la evidente influencia que el pensamiento de David Garland (sobre todo con su libro Castigo y sociedad moderna) está ejerciendo en no pocos de sus defensores.1Desde el punto de vista de la teoría historiográfica parece obvio que estas influencias matizan críticamente y a la vez enriquecen los planteamientos básicos de la perspectiva económico-estructural.2En efecto, la nueva teorización del castigo en la historia contemporánea y en el presente está hoy más abierta que nunca a recibir las aportaciones de la antropología cultural y la llamada Nueva Historia Cultural. Es decir, y siguiendo a Clifford Geertz, encarar el castigo como práctica social con significado.3Se trata de ver la cultura como determinante de la institución social del castigo, al igual que el castigo genera sus propios significados culturales que ayudan a conformar la cultura dominante.

La penalidad se expresa culturalmente no sólo con discursos y políticas definidas (que también) sino a través de las rutinas punitivas y de sus lenguajes, pues es ahí...

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