Discurso del profesor Alberto van Klaveren en recepción del Doctorado Honoris Causa por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

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19 de junio de 2015

La distinción que hoy me otorga la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso constituye para mí un gran honor. Las palabras no son suficientes para expresar mi gratitud hacia esta casa de estudios superiores, representada por su gran canciller, monseñor Gonzalo Duarte; su Rector, profesor Claudio Elórtegui, y su Consejo Superior, que se ha dignado a aceptar la propuesta.

Recibir este Doctorado en presencia de una audiencia tan distinguida acrecienta mi reconocimiento. Gracias a todos ustedes por su asistencia a un acto tan significativo para mí. En especial mi sincero reconocimiento, por su generosa Laudatio, al profesor Manfred Wilhelmy, destacado egresado y académico de esta casa y colega y amigo de tantos años.

Agradezco también la iniciativa del ex Rector de esta Universidad, profesor Raúl Allard, y del Centro de Estudios y Asistencia Legislativa.

Me vinculé a esta casa de estudios hace cinco años, cuando inició su Programa de Postgrado en Relaciones Internacionales. Pese a las dificultades que me significaban compatibilizar mi presencia en Valparaíso con mis labores en la Cancillería en Santiago, tuve pocas dudas para aceptar la generosa invitación. Ello, por el respeto que me merece esta Universidad; por la calidad de sus académicos y egresados, con varios de los cuales he tenido la oportunidad de trabajar tanto en la academia como en la Cancillería, y por la labor insustituible que cumple en una región de gran importancia para nuestro país y por la que siento sincero afecto.

El profesor Wilhelmy ha recordado que mi biografía es una combinación de actividad académica y diplomática y es por ello que he elegido, como título de mi texto de investidura: >.

Pero antes de pasar a exponer mi discurso, quiero dejar constancia de mis múltiples deudas personales, intelectuales y profesionales. En primer lugar, con mis padres, que después de una experiencia traumática durante la guerra que les tocó vivir en su país, Holanda, y ante el temor de una nueva conflagración mundial, decidieron emigrar a Chile, llegando a este mismo puerto a fines de 1950, con la firme convicción de asentar para siempre a su pequeña familia en este país, proyecto que vieron cumplido. Fueron ellos los que me hicieron entender que todo lo que sucedía en el mundo nos tenía que importar. Deuda con mi esposa, fiel exponente de esta región, quien con paciencia y sabiduría me ha acompañado y apoyado en todas mis aventuras profesionales e intelectuales, y con mis hijos, que tuvieron que tolerar muchos días y horas de ausencia mía, no solo física sino que también intelectual. Deuda con mis maestros, entre los cuales destaco especialmente a Gustavo Lagos Matus, quien con gran generosidad me introdujo a la disciplina de las relaciones internacionales; con Luciano Tomassini, gran colega, prematuramente desaparecido; con profesores muy notables que tuve en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, y con muchos colegas que me acompañan en esta ocasión. Deuda con los cancilleres de Chile, que me han honrado con su confianza, entre los cuales se encuentra Alejandro Foxley, notable egresado de esta Universidad. Deuda con todos mis colaboradores en las instituciones en las que he podido servir, especialmente el Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile, la Facultad de Derecho de la misma Universidad y la Cancillería.

Quiero dejar constancia de que cada uno de nosotros es el producto de muchos otros que nos antecedieron y a los que debemos rendir un merecido homenaje. Somos tributarios también del trabajo colectivo. Como profesor, no puedo dejar de mencionar mi aprecio y respeto por los estudiantes que he tenido, con los que sigo aprendiendo.

Siempre he creído que las oportunidades asumen un papel crucial para explicar una trayectoria profesional. Yo tuve la oportunidad de combinar la teoría con la práctica, la actividad académica con la diplomacia, la universidad con la Cancillería. Esta experiencia ha sido enormemente enriquecedora, aunque soy consciente de que la función pública a veces limita la visión académica y que esta última puede llevar a deformaciones en el ámbito diplomático.

Sea como fuere, en todas esas funciones he tratado de evitar adscribirme a una escuela de pensamiento o a una ideología política, bajo la convicción de que nadie está en posesión de la verdad y que, en casi todas las escuelas y doctrinas, se pueden encontrar porciones de verdad.

LA POLÍTICA DEL DERECHO INTERNACIONAL

La imagen de un sistema internacional marcado por la anarquía y el desorden como elementos permanentes siempre ha sido poderosa y, qué duda cabe, parece hoy más vigente que nunca. Durante el siglo XX se registró la >, siguiendo la conceptualización de Eric Hobsbawm. El poder se expresó en su forma más cruda a través del colonialismo, la expansión territorial, los proyectos totalitarios y las hegemonías. Tomás Hobbes, al menos en su interpretación convencional, parecía imponerse sobre Francisco de Vitoria, Francisco Suárez, Hugo Grocio o Emanuel Kant. Y si bien el período de la posguerra trajo consigo un orden internacional más presentable, que logró derrotar el totalitarismo y gran parte del colonialismo, la realidad internacional sigue siendo inquietante. Algunos focos tradicionales de conflicto se han agravado, hay Estados que están en proceso de franca desintegración, se han vuelto a producir anexiones territoriales que parecían propias de otra época y han surgido fenómenos extraordinariamente complejos, como los fundamentalismos religiosos y el terrorismo transnacional.

Hace unas décadas, muchos estábamos preocupados por la concentración del poder en unos pocos actores en el mundo, por la dominación que algunas potencias ejercían sobre el resto. Hoy la preocupación es otra. Se habla del mundo...

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