Consideraciones sobre algunos condicionantes de las relaciones UE/PTM

Autor:Miquel Palomares Amat
Páginas:25-53

    Apartado redactado por el Dr. A. Galinsoga Jordá.


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I - La naturaleza de la Región Mediterránea

La región mediterránea presenta como característica más eminente el hecho de asentarse en torno de un espacio marítimo. La dialéctica espacio-territorio es imprescindible para comprender su naturaleza y características. El territorio designa, en Derecho internacional, una dependencia del orden geográfico del mundo, situada bajo el poder de disposición y de coacción de un Estado, mientras que el espacio designa, en contacto con los territorios, las dependencias del orden geofísico del mundo, que escapan por naturaleza a la sujección de la soberanía para estar abiertas al alcance y a la libertad de uso de todos10.

Aquí tiene pleno sentido la apreciación de Fernand BRAUDEL, que caracteriza este espacio común como "una amplia zona que se prolonga en todas direcciones, más allá de sus propias orillas", comparable a un "campo de fuerzas, sea magnético o eléctrico o, de modo más simple, a un núcleo luminoso cuyos rayos fuesen perdiendo potencia a medida que aumentase la distancia, sin que se pueda trazar de modo preciso la línea que separa radicalmente la zona de luz de la de sombra"11.

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Las civilizaciones mediterráneas

Una perspectiva amplia contempla a la región como punto de encuentro y de tensión entre civilizaciones. Éstas constituyen el elemento común e interre-lacionado en que fundamentan sus instituciones un gran número de Estados. Una civilización es, ante todo, un "área cultural", que posee un núcleo, unas fronteras y unos márgenes propios. Reúne siempre varias sociedades y mantiene relaciones fluidas de préstamo y rechazo con otras áreas culturales12.

Una civilización puede definirse como el más amplio nivel de identificación que puede asimilarse a un individuo o grupo humano. Es, por lo tanto, un concepto de carácter cultural en el más extenso sentido que puede darse a un grupo. Esta afinidad entre colectividades, que desborda el marco político estatal, explicaría las corrientes de solidaridad que despiertan ante determinados conflictos y el síndrome de los kin-countries o países de una misma "familia" cultural o religiosa13.

Así, es útil tener en consideración el concepto forjado, como no, por BRAU-DEL de un "Mediterráneo Mayor" que rodea el medio marítimo, lo envuelve y actúa como una auténtica caja de resonancia. Se extendió por la dinámica de su cultura en el siglo XVI hasta las Azores y el Nuevo Mundo, el Mar Rojo y el Golfo Pérsico, el Báltico y el gran meandro del Níger14.

Aquí tendría plena aplicación la concepción del Mediterráneo de PIRENNE, caracterizado como una marca líquida entre el mundo cristiano europeo y el mundo musulmán, puesto que se ha convertido en "un espacio de transición entre orbes culturales y políticos que hubieron de acabar aceptando la coexistencia"15.

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Estas "marcas" entre civilizaciones no son, sin embargo, impermeables a la circulación, puesto que el pluralismo lingüístico, religioso y político no impide el reconocimiento casi unánime de un "arte de vivir" mediterráneo16 característico de la región a lo largo del tiempo y el espacio.

La gran zona de marcas de Europa central, que parece haber desempeñado a lo largo de los siglos un papel de "zona de barrera", puede considerarse como un límite entre civilizaciones. Se trata de la línea que une el sur del mar Báltico con el fondo del Adriático, que se ha desplazado entre un trazado oriental San Petersburgo-Fiume y un trazado occidental Lübeck-Venecia. En esta franja triangular se han detenido siempre las grandes oleadas del pasado. El avance eslavo, la Iglesia Ortodoxa y el Imperio Otomano o los regímenes comunistas no pudieron rebasar esa zona en su expansión hacia el Oeste. El Imperio de Carlomagno, el Sacro Imperio Romano Germánico, la Iglesia Católica Romana, la Reforma Protestante, la conquista napoleónica, la revolución industrial del siglo XIX tampoco pudieron rebasar esa línea hacia el Este17.

Hoy, parecemos encontrarnos en una de esas coyunturas históricas que diluyen la influencia de la marca Este-Oeste. La implosión de los regímenes del llamado "socialismo real", que ha degenerado en un número considerable y creciente de conflictos bajo reivindicaciones nacionalistas o étnicas y que tienen como caldo de cultivo dificultades políticas, sociales y económicas de todo orden. Libertad nacional, democracia y libre ejercicio de las actividades económicas han sido los motores18 de procesos que encubren -bajo la afirmación de la independencia nacional, la celebración de elecciones y la privatización y apertura internacional de las actividades económicas- graves limitaciones de fondo en el alcance de los objetivos perseguidos. El conflicto en la ExYugoslavia es la más contundente expresión de esta difícil transición.

Paradójicamente, el Mediterráneo, la marca líquida, parece menos fluida que la territorial. Las distancias y abismos abiertos entre la orilla europea occidental y las meridionales y orientales tienen múltiples referencias tanto en elPage 28 plano axiológico -religión, alfabeto, cultura- como en el plano histórico -expansionismo, colonialismo, imperialismo. Percibido como una frontera entre dos mundos irreconciliables, el Mediterráneo es escenario de continuas rupturas y recomposiciones. Se ha dicho que la frontera es tierra de correrías, con un estatuto jurídico-internacional indeciso por naturaleza, propicio á las disputas y a una oscilación continua entre la guerra y la paz, principalmente cuando más allá viven infieles con los que no cabe en principio una convivencia plenaria19.

Se inician, pues, en este momento unas relaciones entre el Islam y Occidente que históricamente quedan marcadas por el contacto y la confrontación. Esta última puede ser representada por cinco etapas 20:

- El Islam conquistador del siglo VIH.

- La época de las Cruzadas.

- El dominio del Imperio Otomano.

- La colonización del mundo musulmán por Occidente en los siglos XIX y XX.

- La descolonización, el subdesarrollo y los flujos migratorios.

Imperios y Estados

El proceso de formación de los Estados actuales demuestra, con la excepción de España, Francia y Portugal, que en el Mediterráneo su constitución data como muy pronto -caso de Italia- de poco más de un siglo. Las dos postguerras mundiales son los períodos de arranque de la independencia y configuración territorial y política de los restantes, aunque restan todavía una serie de casos conflictivos.

Turquía es el sucesor del poder otomano. Egipto y Marruecos nuñea dejaron de representar centros de poder autónomo, así como Grecia y Serbia nunca llegaron a estar completamente asimiladas al imperio otomano. AlgoPage 29 parecido puede afirmarse de Damasco como centro cultural y político árabe en la zona del Próximo Oriente. En cambio, las repúblicas surgidas de la Antigua Yugoslavia, Argelia, Libia, Chipre, Malta, Jordania, Líbano, Palestina e Israel, así como Albania se resienten de fuertes problemas en cuanto a la cohesión de su población y su territorio, así como de frecuentes tensiones en sus relaciones de vecindad.

La formación de los actuales Estados sigue reflejando las dificultades que derivan de la constatación de una diferente naturaleza respecto de las grandes unidades imperiales que les precedieron. Así, hay que tener en cuenta que "desde Roma a los otomanos, los imperios más prestigiosos se han mostrado menos exigentes que los más débiles de los Estados modernos: una sumisión pasiva, el homenaje político y religioso a un soberano lejano, el pago regular del impuesto y más raramente el envío de hombres para la guerra, poca cosa"21.

La conflictividad latente y, con frecuencia, manifiesta en la región deriva principalmente de problemas acerca del estatuto de las minorías culturales o religiosas, de las reivindicaciones territoriales o la delimitación de espacios marítimos y de aspectos relacionados con la seguridad, como son la proliferación de armamentos, el terrorismo, el tráfico de armas, drogas y otras actividades ilícitas, así como la delincuencia transnacional organizada a la que están asociados. Con frecuencia en los estallidos de crisis se solapan varios de estos elementos como componentes de escaladas de tensión. En este contexto debe acogerse la afirmación de que la región mediterránea es el punto de intersección de líneas de conflicto y de convergencia de todo el sistema internacional22.

El factor religioso

El islamismo surgido en los años ochenta caracteriza a los movimientos políticos radicales cuyo objetivo es el establecimiento de un Estado islámico como alternativa al Estado moderno de tipo occidental. Se distingue del fun-Page 30damentalismo que le ha precedido en que éste tenía por objetivo el establecimiento de una política social reformista y un proyecto esencialmente internacional y misionero 23a, mientras que el islamismo presenta una fuerte dimensión política, instrumentalizando la religión como ideología política en el acceso al poder del Estado. Movimientos de corte similar pueden observarse en el ámbito de influencia de otras religiones. Su carácter híbrido entre la crítica del tradicionalismo religioso y la resistencia a una cierta modernidad contradice la linealidad atribuida al desarrollo económico y social24.

Hace tres decenios Rosalyn HIGGINS afirmaba que el problema de la religión en el Derecho internacional ha cambiado en el siglo XX: el Derecho internacional, que había proporcionado un puente entre naciones hostiles de diferente...

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