La conciencia y la ley. Cuestiones fiolosóficas

Autor:Paul Ricoeur
Páginas:191-201

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El presente estudio nació del rechazo inicial al dilema aparentemente insoluble que opondría la ley, en cuanto inmutable, universal, constrictiva, objetiva, y la conciencia, supuestamente variable, circunstancial, espontánea y subjetiva por excelencia.

El dilema queda fijado, en cierto modo, cuando lo ponemos bajo la custodia malévola de categorías mutuamente excluyentes tales como el dogmatismo y el situacionismo.

El problema no consiste sólo en refutar este aparente dilema, sino en construir un modelo plausible de correlación entre los términos de una alternativa paralizante. Para sustraernos a este aparente dilema, propongo distinguir varios niveles donde la ley y la conciencia se complementarían, en cada oportunidad y de diferente manera, en la constitución progresiva de la expresión moral.

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I

En un primer nivel que podemos considerar fundamental, pondré del lado de la ley la más elemental discriminación entre el bien y el mal, y del lado de la conciencia el surgimiento de una conciencia personal constituida por su relación con esta discriminación primaria. En este nivel fundamental, quizá no convenga hablar de ley en el sentido fuerte de obligación moral ni de conciencia en el sentido de acatamiento del deber. En un sentido más aristotélico que kantiano, adoptaré, siguiendo a mi amigo Charles Taylor en Sources of the Self,1 la expresión "evaluaciones fuertes", entendiendo por ello las evaluaciones más estables de la conciencia común que, por su estructura binaria, expresan cada cual a su modo aquello que acabamos de denominar discriminación entre el bien y el mal; en este sentido la experiencia moral común dispone de un vocabulario de extraordinaria riqueza que otorga a la pareja de lo bueno y lo malo una considerable cantidad de variantes. Pensemos tan sólo en pares de términos tales como honorable y vergonzoso, digno e indigno, admirable y abominable, sublime e infame, deleitable y repulsivo, noble y vil, exquisito y abyecto, sin olvidar la pareja venerable/injustificable de Jean Nabert. Hay que partir de esta rica paleta para desplegar las implicaciones de la expresión evaluación fuerte.

El término evaluación expresa el hecho de que la vida humana no es moralmente neutra sino que, estando sometida a examen, según el precepto socrático, se presta a una discriminación básica entre aquello que es aprobado como mejor y aquello que es reprobado como peor. Si el término ley no conviene a este nivel elemental, al menos en el sentido estricto que acabamos de mencionar, las evaluaciones fuertes presentan una serie de características que nos ponen en el camino del sentido normativo asociado con la idea de ley. Aparte del trabajo reflexivo de discriminación expresado por la variedad de predicados evaluativos que hemos enumerado, debemos tener en cuenta todo aquello que Taylor pone bajo el título de articulación, aPage 193 saber el intento de ordenar las evaluaciones fuertes, a las cuales la heterogeneidad cualitativa de los bienes buscados por su interposición impone cierta dispersión; a este trabajo de coordinación se añaden los intentos de jerarquización que permiten hablar, con Charles Taylor, de bienes de rango superior, de hypergoods: en estos intentos vemos las diversas tipologías de virtudes y vicios que ocupaban el lugar que conocemos en los tratados de moral de los antiguos, los medievales e incluso los moralistas de la época clásica. Estas clasificaciones servían para marcar/señalar el nivel intermedio de la reflexión moral, a medio camino entre las evaluaciones fuertes tomadas en su dispersión espontánea y el propósito unificador del buen vivir, a saber, el deseo de una vida lograda, que constituya en cierto modo la línea de fuga en el horizonte de las evaluaciones fuertes.

He ahí lo que pongo desde un principio en el polo de la ley. ¿Qué pondré en el polo de la conciencia? También aquí seguiré la sugerencia de Charles Taylor, uniendo la idea del sí-mismo (selj) con la idea del bien (good). Esta correlación expresa el hecho de que la pregunta "¿Quién?" (¿quién soy yo?), que preside toda búsqueda de identidad personal, encuentra un esbozo de respuesta en las modalidades de adhesión por las cuales respondernos a la solicitación de evaluaciones fuertes. En este sentido, podríamos correlacionar con diferentes variantes de la discriminación del bien y del mal maneras de orientarse en lo que Charles Taylor denomina el espacio moral, maneras de sostenerse en el instante y de mantenerse en la duración.

En cuanto ser moral, yo soy el que se orienta, se sostiene y se mantiene en el espacio moral; y la conciencia, al menos en este primer nivel, no es otra cosa que esta orientación, este sostén y este mantenimiento.

El análisis que sugiero aquí, en una línea que podríamos llamar neoaristotélica, atestigua hasta qué punto la pregunta "¿Qué debo hacer?" viene segunda respecto de la más elemental pregunta acerca de cómo desearía llevar mi vida. Digamos, para concluir este primer punto, que la polaridad de donde deriva la polaridad ley/ conciencia se puede resumir en los términos de la pareja evaluaciones fuertes-adhesión fuerte.

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II

Pasemos al segundo nivel. Al revelar el sentido de la obligación moral y su doble negativo, la prohibición, la ley alcanza el status normativo que le reconoce el uso común. Para el análisis que propongo, sacaré partido del hecho de que el término ley alude indiferentemente al registro del derecho y al de la moralidad. Luego veremos hasta qué punto la comprensión de este lazo entre lo ético y lo jurídico es necesaria para una justa apreciación del papel de la conciencia en este nivel. Propongo pues que abordemos la problemática de la norma por el lado...

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