Evaluación de los comportamientos sexuales de riesgo en hombres y mujeres universitarios

Autor:Blanca Margarita Rivera Icedo/Katherine Mungarav Padilla/Manuel Alejandro Valencia Vidrio/René Leobardo Vázquez Montijo
Páginas:83-102
 
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Introducción

En México, de acuerdo con el Centro Nacional para la Prevención y Control del sida (CENSIDA), de 112 830 casos de sida registrados hasta junio de 2007, un elevado porcentaje, poco más de 90%, fueron transmitidos sexualmente (CENSIDA, 2007); en pocas palabras, de haberse adoptado en su momento las medidas preventivas pertinentes se pudieron evitar. Si por otro lado se estima que hay alrededor de 190 mil personas viviendo con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) —en su gran mayoría desconociendo su condición de portadores—, en las

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actuales circunstancias no nos queda sino preguntarnos por qué las campañas de prevención oficiales que se han instrumentando en nuestro país en los últimos 10 años han fallado, esto es, por qué no han cumplido con los propósitos para los que fueron diseñadas.

Si bien es cierto reconocemos que se trata de una pregunta compleja y cuya respuesta amerita del análisis exhaustivo de las dimensiones implicadas en el problema de la infección por VIH —biológicas, psicológicas y sociales—, sin temor a equivocarnos podemos asegurar que lo anterior se debe en buena medida a dos hechos: al todavía vigente predominio de una visión medicalizada que se tiene del problema y, en consecuencia, a que no se valora la importancia de las dimensiones psicológica y social, más allá de la caracterización simplista con la que se les suele representar en la forma de conocimientos, actitudes y creencias, por un lado, e indicadores como la edad, el género, el estado civil y el estatus socioeconómico, por el otro (i.e., Micher y Silva, 1997; Nieto e Izazola, 1999; Villaseñor et al., 2003).

En el caso concreto de lo psicológico, por principio de cuentas hay que aclarar que éste es algo más que conocimientos, actitudes y creencias.2 En tal sentido, en-tender por qué las personas se comportan como lo hacen supone hacer frente a múltiples retos que exigen apoyarse en modelos teóricos parsimoniosos que guíen tanto el discurso como la práctica de investigación. Ahora bien, ¿sobre la base de qué argumentos aseguramos categóricamente que hay que ir más allá de esas variables?

• Primero, se trata de elementos que en sus modelos de origen —creencias en salud, acción razonada y autoeficacia, principalmente— se conciben como facultades especiales que tienen su asiento en algún lugar de una estructura llamada “mente”, que de acuerdo con Ribes (2000) permite a una persona construirse una imagen o representación del mundo a la que responderá. Abunda el autor que la evidencia de que dichas facultades existen es validándolas mediante las características del comportamiento, ya sea como correlaciones entre comportamientos distintos o como operación sobre el ambiente; el comportamiento, por lo tanto, no constituye sino la operación terminal de las operaciones de la mente, y a su vez se torna en indicador de la naturaleza de la mente y de la correspondencia entre su estructura y sus funciones. En la teoría de la acción razonada de Ajzen y Fishbein (1980) y Fishbein y Azjen (1975), por ejemplo, siguiendo una secuencia causal hacia atrás, un comportamiento específico, usar preservativo al momento de tener una relación sexual con penetración, sirve para validar la su-

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puesta existencia de diferentes operaciones mentales, de las cuales se da fe a través de indicadores verbales: la intención que se tuvo para usarlo, que a su vez es indicador de que se tuvo una actitud favorable hacia su uso, que a su vez es manifestación de que se tuvo una creencia particular sobre el preservativo y su uso.
• Segundo, que aun cuando se asegura se dispone de pruebas empíricas que avalan la existencia de tales operaciones mentales y que unas u otras predicen ese comportamiento —a veces son las intenciones, en otras las actitudes o las creencias, y en otras tantas dos o más de ellas (Albarracín et al., 2000; Alba-rracín et al., 2001; Kelly y Kalichman, 1998; Lameiras et al., 2004; Saldívar y Cedillo, 2006; Sutton, McVey y Glanz, 1999)—, en años recientes se ha podido constatar que cuando variables como los conocimientos y creencias se les analiza junto con los motivos, las competencias funcionales y la situación interactiva donde las personas se comportan, en ninguno de los casos las primeras se han constituido en predictores del comportamiento uso de preservativo (Mo-reno et al., 2003; Piña, 2004a y 2004b; Robles y Moreno, 2000; Robles, Piña, Frías et al., 2006; Robles, Piña y Moreno, 2006). Dicho en otras palabras, su papel simple y sencillamente se vuelve irrelevante.

Sin embargo, con todo y las ventajas que presuponemos derivan del modelo psicológico de salud biológica de Ribes (1990a) en el que se han justificado esas últimas investigaciones, estamos convencidos que todavía es mucho el camino que hay que recorrer. En efecto, en esos trabajos se han estudiado tres de las principales variables incluidas en el modelo, aunque hasta el momento no se había logrado integrar en un estudio la totalidad de variables que lo conforman, las cuales también incluyen la situación social donde acaece una interacción sexual —circunstancia social, lugar o lugares, personas significativas y comportamientos socialmente esperados— y los estados biológicos momentáneos previos a la interacción, que se muestran en la figura 1, que sintetiza la versión gráfica del modelo psicológico para la prevención de las enfermedades de Piña (2008).

Se trata, siguiendo la lógica de su antecesor, de un modelo interactivo y funcional en el que se ha propuesto la redefinición de algunas de esas variables y sobre todo su reordenamiento, con el objeto de imprimirle un sentido de validez interna (coherencia) y externa (congruencia) a las categorías analíticas que representan a esas variables y que guardan un vínculo estrecho entre sí.3 Tal es el caso, por ejemplo, de

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los estilos interactivos e historia de competencias, así como de los motivos, dentro de la fase del pasado.

Los primeros hacen referencia a los modos consistentes de interacción en situaciones en las que no se prescribe o establece un criterio acerca de cómo hay que comportarse; constituyen, de acuerdo con Ribes (1990b, 2005), el “perfil” funcional que una persona muestra en una misma situación social en momentos distantes, o bien, en dos circunstancias de la misma situación en momentos próximos. Por su parte, los motivos suponen la elección o preferencia por objetos, eventos o personas en una situación interactiva con consecuencias socialmente valoradas (Ribes, 1990c). Siguiendo a Ribes (2005), el de motivos es un concepto que se aplica a las circunstancias en las que el actuar de cierta forma se considera oportuno y pertinente, siempre y cuando una persona quiera hacer las cosas. Ambos, estilos interactivos y motivos, siendo palabras disposicionales, no deben entenderse como ocurrencias particulares, sino como conjuntos o colecciones de ocurrencias (Ryle, 1949).

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Si en la evaluación del problema de la infección por VIH se considerara la variable estilos interactivos, caso del estilo tendencia al riesgo, lo que se tendría sería lo siguiente. Una persona, al margen de la situación en la que se encuentre, se comporta de manera arriesgada, en el sentido de que ante dos posibles opciones de respuesta opta con cierta consistencia por aquella cuyos valores de probabilidad y magnitud de la consecuencia son mayores en el momento —i.e., gratificación de placer sexual en una relación vs. la no gratificación al posponer o evitar un encuentro sexual (Doval, Viladrich y Riba, 1998, 1999; Ribes y Sánchez, 1992). De acuerdo con el modelo, es posible que dicho estilo afecte de manera directa tanto a los motivos —en la forma de elección o preferencia— que subyacen a los comportamientos de prevención o de riesgo como al desempeño competencial, éste como parte de la fase del presente (Hernández, Santacreu y Rubio, 1999; Santacreu, 2005; Santacreu, Rubio y Hernández, 2004).

Algo similiar se tiene en esta fase con los factores disposicionales biológicos y sociales, que son especialmente importantes por dos razones:

• Primera, recientemente se ha encontrado que una variable crítica que predice los comportamientos de riesgo, particularmente los que tienen que ver con el uso inconsistente del preservativo, es la de los estados biológicos momentáneos en sus modalidades de excitación/inhibición y consumo de sustancias como alcohol o drogas (Bryan, Ray y Cooper, 2007; Ceballos y Campo-Arias, 2005, 2007; Cook y Duncan, 2005; Deren et al., 2003; Markos, 2005; Sly et al., 1997; Stein et al., 2005).

• Segunda, como bien se sabe, ninguna interacción ocurre en el vacío; es decir, cuando se habla de una interacción sexual, ésta sólo tiene sentido cuando se le analiza entre dos o más personas en una circunstancia social, un lugar y un tiempo particulares (Díaz González et al., 2005; Rodríguez et al., 2000; Shrieer, Goodman y Emans, 1999).

Por tanto, el que una persona en una determinada situación ponga en práctica sus recursos competenciales en términos de saber acerca de las cosas y saberlas hacer de forma eficiente —competencias presentes— porque así lo ha hecho antes, dependerá de si variables como los estilos interactivos o motivos, así como ciertos eventos disposicionales biológicos o sociales, modulan su desempeño y el posterior ejercicio de los comportamientos instrumentales de riesgo o de prevención.

A partir de lo expuesto y con base en la versión del modelo psicológico para la prevención de las enfermedades de Piña (2008) se planteó el presente trabajo, cuyo objetivo fue probar si los motivos, los estados biológicos y las situaciones socia-

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les se constituían en predictores de los comportamientos relaciones con múltiples parejas y uso de preservativo a lo largo de la vida sexual activa en una muestra de estudiantes universitarios de uno y...

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