El código aplazado. Resistencias europeas a la elaboración y a la difusión del modelo codificador

Autor:Pio Caroni
Páginas:205-248
 
ÍNDICE
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Meno male che andavano incontro al giorno. Al suo paese non amavano le ore che andavano incontro alia notte. Lo dicevano sulle mulattiere, su lunghe strade. "Se parti col buio e arrivi nel podere all'alba, non é lon-tano. É lontano quando non arrivi mai nel tuo".

Francesco Biamonti, Attesa sul mare, Torino 1994, p. 91.

I Introducción
1. Pasar página ¿pero cómo?

En realidad, la Europa del XIX también pasó página en el ámbito jurídico, y sobre todo respecto al sistema de fuentes. Pasó del sistema del derecho común al de la codificación. Pronto se convirtió, en este ámbito, en medida y símbolo de la modernidad, y todavía remite, tanto al jurista como al historiador que aspiran gustosos a ocuparse exclusivamente de ella, a un contexto social, político y cultural del que solo es posible extraer significados o al menos sugerencias para determinar el sentido y el alcance de la transición.

Incluso si admitimos generalmente que esta transición no fue simultánea, pues cada Estado ha tenido su propia historia e incluso una historia jurídica propia que explica por sí sola los tiempos y las modalidades del cambio, nos gusta sin embargo pensar que, cuando ocurrió de un modo concreto, fue rápida, radical e incluso fulminante. Y lo supone-

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mos tanto más fácilmente cuanto más instintivamente proyectamos en el tiempo histórico la incompatibilidad conceptual de los dos sistemas. Dado que se hallaban en posiciones literalmente inconciliables e implicaban opciones excluyentes, deducimos de ello que no admitían ni mediaciones ni compromisos. Probablemente por este motivo consideramos que se sucederían en el tiempo con la misma exclusividad fulminante que, de un día para otro, sorprendió al viejo sistema, anuló incluso su legado cultural y, finalmente, pudo difundir con tranquilidad el código1.

Las investigaciones realizadas a lo largo de estos últimos años han desmentido de forma decisiva este panorama2. Ahora sabemos gracias a ellas que solo unos pocos Estados pasaron realmente página de un día para otro, a todo correr. Los otros, la mayoría, lo hicieron en cambio de un modo menos precipitado, diría más bien que prudente. Necesitaron con frecuencia de mucho tiempo para reflexionar, para decidir qué camino emprender, para valorar y sopesar cuánto se perdía con este cambio y qué oportunidades ofrecía el nuevo sistema. La transición se extendió, lógicamente, a lo largo de un ciclo de proporciones considerables jalonado de interrupciones y recaídas, como lo demuestran por lo demás episodios y estrategias sobre los que trataré de reflexionar en esta investigación.

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Analizando precisamente los numerosos sucesos provocados o sufridos por el código desde su promulgación hasta su implantación definitiva (si alguna vez se produjo), se ha propuesto recientemente distinguir de forma perentoria entre dos historias de la codificación: la anterior y la posterior a su entrada en vigor3. La primera sería la historia de la codificación, es decir del código in statu nascendi, relacionada con la elaboración (que es siempre al mismo tiempo una operación dogmática y jurídico-política) del conjunto unitario de leyes luego destinado a convertirse en el epicentro del nuevo sistema de fuentes en nombre del monopolio estatal. La segunda sería, en cambio, la historia del código, el concluido y promulgado, en su lento desplegarse y expandirse, más o menos conforme a los programas previstos (o incluso solo intuidos) por el legislador. No percibida y quizá ignorada durante mucho tiempo en virtud de la teoría que prefería creer en una transición rápida y definitiva, hoy se nos muestra como una tierra virgen e inexplorada que habremos de roturar y cultivar antes de apreciar su importancia.

2. La "tercera" historia de la codificación

Incluso admitiendo que esta nueva distinción -de la que estoy firmemente convencido- contribuya a valorar discursos y ámbitos hasta ahora en la sombra, queda no obstante un hecho: que no agota las situaciones y las experiencias ligadas en cierto modo al cambio del que me estoy ocupando. Parece, pues, que existe una tercera historia más allá de las dos recién mencionadas, que se aleja, paradójicamente, allí donde la «guerra por la codificación» es ganada por quienes luchan contra el nuevo sistema y, de este modo, le impiden echar raíces. Es esta la historia sobre la que me han propuesto reflexionar los amigos que han decidido y realizado este estupendo encuentro, aun sabiendo, me parece entender, que hasta ahora yo solo la había apuntado o, quizá peor aún, infravalorado. Solo por darle inmediatamente un nombre, que puede gustar pero que es también problemático, propongo llamarla la historia del código aplazado.

¿De qué habrá de ocuparse? De muchas cuestiones, por lo demás dispares:

- de la elaboración de los proyectos de codificación que quedaron como tales y, sobre todo, de la búsqueda de los motivos que determinaron finalmente su rechazo;

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- de la discusión pública sobre el controvertido tema de la codificación y en primer lugar, también aquí, de los argumentos puestos sobre la mesa por parte de los opositores, así como de la influencia que tuvieron sobre los interlocutores;

- finalmente, incluso de las estrategias que adoptaron los enemigos del código para retrasar su aplicación o neutralizar sus efectos más drásticos.

Como decía, son episodios diferentes. Y sin embargo tienen algo en común: en efecto, en todos resuena -unas veces nítidamente, otras de forma discordante- el eco del viejo mundo que aún se rebela contra el trastorno que supone (o impone) la codificación. Todos remiten inevitablemente al concepto de resistencia y existen por causas que atienden -como solo nosotros podemos saber- a lo que también se perdió por el camino y no llegó aparentemente a ningún lugar. Por consiguiente, todos estos episodios recuerdan los miedos, los temores, las perplejidades e incluso la resignación de los vencidos. Si hoy nos interpelan tan insistentemente, hasta el punto de obligarnos a recuperarlos y a proponerlos de nuevo a nuestra distraída atención, no es tanto por la simpatía que ocasionalmente podremos demostrar por ellos, por los vencidos, cuanto por la fascinación -discreta pero irresistible- que emana también de esta "catedral sumergida": bloqueada, derribada, eliminada y luego desaparecida sin remedio4. Sin olvidar que, no obstante, volver a sacarla a la superficie y tenerla en cuenta puede ser incluso útil e instructivo: se descubre en especial el precio "político" que el legislador debía pagar a menudo para hacer pasar su propio proyecto. Sean pues bienvenidos los numerosos e incómodos interrogantes que surgen de estos episodios, comoquiera que

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los interpretemos: para aclarar las causas del fracaso sistemático de los proyectos del siglo XVIII, para averiguar los motivos de las reticencias del XIX o para medir el impacto de la expansión del modelo codificador en el tejido social, solo por citar algunos ejemplos.

3. La perspectiva de los protagonistas

El terreno que el tema nos obliga a pisar tiene un claro riesgo. Por eso es recorrido con prudencia. Una prudencia inspirada en el hecho de que los protagonistas de nuestras historias, los críticos, los opositores y los disidentes que citaré en breve son contemporáneos, testigos pues que viven en primera persona la aventura codificadora, demuestran su desconcierto e intentan obstaculizarla o defenderse de ella como pueden. Si sus reflexiones y sus preferencias difieren tal vez considerablemente de las nuestras, por motivos que no deberían inducirnos a considerarlas más astutas o clarividentes; si se nos obliga a medir el eco provocado por su oposición, deberemos descubrir más bien la lógica subyacente tras sus reflexiones, deberemos movernos al hilo de su cultura y de su experiencia, así como de su manera de imaginar el posible futuro de un sistema que conocían solo superficialmente pero que ya odiaban con fuerza y con pasión. Y tampoco nos está permitido olvidar que todas sus opiniones (como, por lo demás, también las de los partidarios del código) fueron, en cierto sentido, hipotéticas, es decir formuladas con la ayuda de textos abstractos y programáticos, como lo eran necesariamente cada una de las reglas del código. Resultaría fácil -pero históricamente imperdonable- demostrar su falsedad tomando como fundamento los significados concretos adoptados sucesivamente por aquellas normas durante años y decenios de aplicación práctica. Aun pudiendo desmentir claramente las previsiones, no deben llevarnos a modificar o a corregir la perspectiva a la que debemos atenernos y que solo puede ser la de los protagonistas5.

4. El archipiélago

Dicho esto, ha llegado finalmente el momento de centrar estas situaciones y estos acontecimientos. Y luego, también de discutirlos uno a uno antes de aventurar un comentario conclusivo. Quien tratase, para empezar,

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de abarcarlos todos con una rápida ojeada recurriría instintivamente a la metáfora del archipiélago: como quien dice, a un grupo más o menos disperso de realidades históricas caracterizadas por una tendencia...

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