ARNAULD, Antoine; La Justicia a los Pies del Rey, 1608

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Para los Parlamentos de Francia. (1560-1619)

[23] Pero, ¿por qué tanto odio y tanta furia contra aquellos [24] que no han hecho nada malo en contra de vuestra majestad? ¿Por qué tantos rigores y tan rudos y apremiantes perjuicios contra aquellos que siempre han obedecido, emprendido acciones de fidelidad y cuidado el fallo de sus juicios? ¿Acaso el rechazar alguna vez vuestros edictos, el retrasar largo tiempo su verificación, es el

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encender las antorchas de la sedición?¿No están las dulces y humildes enmiendas sólo en la boca?¿Son para disputaros el poder? Y ¿no es con todo el respeto y reverencia que os [25] comunican su importancia?¿Son para combatir vuestra voluntad que veneran religiosamente?¿No es con las rodillas en la tierra, con el corazón humilde que os piden que le plazca a V.M. tener compasión de vuestros pobres súbditos, aliviar sus miserias, recuperarles de su dolor y coronar vuestros triunfos de las esperadas dulzuras, efecto de vuestras grandes victorias? [...]

[28] Vuestra soberana Majestad, cuyo poder se compara casi [29] con la voluntad absoluta, no como la del emperador Carlos V quien admirando que los reyes de las Flores de Lis pudieran todo lo que quisieran, osó decir al rey Francisco que daba órdenes a las bestias. Gran sol de nuestros días más felices, que más soberanamente que los más soberanos poderes, tiene el reino de un imperio floreciente. Usted, poder real, en quien todos los rasgos de la soberanía se encuentran unidos, es usted quien ha convertido en agrios estos dulces y recompensado...

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