¿Tiene alguna vigencia el pensamiento político democrático de John Stuart Mill?

Autor:J. D. Ruiz Resa
Páginas:9 - 16

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En 1806, es decir, hace ya más de doscientos años, nació John Stuart Mill. Su padre, al que podríamos calificar como filósofo radical utilitarista, lo sometió a un programa educativo que hizo de él una especie de niño prodigio. Este niño prodigio desarrolló una intensa labor intelectual, sin descuidar su actividad profesional privada, e incluso participó en la vida política de su tiempo. A pesar de la diversidad de temas que abordó y de los ámbitos por los que se interesó, John Stuart Mill nos legó un conjunto de reflexiones sobre la democracia, que no puede ignorarse si se desea conocer algunas de las claves de la evolución de este sistema político en los últimos ciento cincuenta años. Al fin y al cabo, no puede ser una mera casualidad que haya pasado a la historia de la filosofía política por sus aportaciones a la llamada democracia liberal, de las que hasta la socialdemocracia sacó provecho.

Siendo, por tanto, uno de los más conspicuos representantes de la democracia liberal, Mill estaba de acuerdo con limitar la participación popular en la esfera pública con una concepción aristocrática de la política, que no oligárquica. Tal era el leitmotiv de este modelo de democracia que, criticable o no, ha sido pervertido en las actuales democracias, que cambiaron la aristocracia intelectual en la que Mill pensaba por la oligarquía que hoy, por ejemplo, representan los propietarios de la información, o por los cuadros dirigentes de los partidos políticos:Page 10en tales casos, nos topamos, por lo general, con individuos no demasiado sobresalientes, o no al menos en el ámbito de inteligencia y virtud al que Mill se refería.

Pero, al mismo tiempo que Mill reivindicaba el protagonismo de ese tipo de élite, y esta es la gran paradoja de su legado, sus escritos políticos contienen el germen de una concepción inclusiva y expansiva de la democracia, que invita a todos los individuos a interesarse por los asuntos públicos. La reivindicación de la extensión del sufragio, la defensa del sistema proporcional de representación política, la demanda de un espacio para la participación política y la representación de las mino-rías así como de otros grupos subrepresentados, como, por ejemplo, las mujeres, se conjugan siempre en su obra con la confianza en aquellas individualidades fuera de lo común, en quienes Mill deposita, en última instancia, el mando del gobierno democrático, si es que se aspira a que este no se pervierta. Y tal circunstancia hace que la obra de Mill no sólo no se agote en su tiempo, sino que aporte, además, reflexiones ineludibles sobre algunos de los problemas a los que hoy también se enfrentan las democracias actuales.

Se trata de problemas que Mill supo ver en las democracias incipientes del siglo XIX, es decir, cuando aún se estaban consolidando los Estados nacionales y cuando el capitalismo colonialista se extendía por todo el planeta. Probablemente, son las dificultades que emanan de una organización democrática de los grupos humanos que, a nivel económico —el que representa el sistema capitalista— obliga a la igualdad jurídica y tiende a la inexistencia de fronteras, pero que, a nivel político, responde al diseño compartimentado de los Estados-nación, el cual resulta insuficiente para dar respuesta a todos los retos del continuo devenir de mercancías y de personas, exigido ya entonces por la economía al gobierno de las sociedades humanas. Sin embargo, la misma democracia moderna lleva inherente una promesa de universalización, característica precisamente del liberalismo y del racionalismo ilustrado que la informan, lo que obliga a extender sus límites, para incluir a más individuos en la participación política.

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Semejante extensión se presenta como una...

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